
En 1814, al enterarse de la llegada de los ejércitos enemigos a París, Napoleón comprendió el destino que le aguardaba. Por Paul Delaroche. 1840. Museo del Ejército, París.
I. El mito que nació con su muerte
«Vivo se le escapó el mundo, muerto lo posee». Esa frase de Chateaubriand, extraída de Mémoires d'outre-tombe, resume cómo, al día siguiente de su fallecimiento, sus contemporáneos descubrieron la magnitud del fenómeno que encarnaba el caído emperador. Lo curioso es que estas palabras fueron escritas por uno de sus más acérrimos adversarios, autor en 1814 de De Buonaparte et des Bourbons, un panfleto que alimentó la llamada «leyenda negra» de Napoleón. Así, incluso sus críticos, sin querer, contribuyeron a forjar el mito de un Napoleón universal.
Tras los Cien Días, la policía rastreó cualquier manifestación de apoyo al depuesto emperador: comentarios subversivos, artesanos que fabricaban pipa, pañuelos o cualquier objeto con su efigie. Las conspiraciones monárquicas que incluían a nostálgicos del Imperio fueron sofocadas; cuatro sargentos arrestados en La Rochelle fueron fusilados en la Place de Grève, poco más de un año después de la muerte de Napoleón. Su sombra siguió sobre Europa.
Tras la caída definitiva del Imperio en 1815 y el retorno de los Borbones, la represión contra los nostálgicos del Imperio se volvió virulenta.
El anuncio de su muerte, el 5 de mayo de 1821 en Santa Elena, sorprendió a la opinión pública. Sus seguidores, convencidos de su inmortalidad, se negaron a aceptarlo. Algunos llegaron a afirmar haberlo visto con vida. La idea de un «Napoleón viviente», casi divino, alimentó teorías de resurrección semejantes a las que circulaban sobre Luis XVII. Como bien señaló Chateaubriand, Napoleón nunca estuvo más vivo que después de su muerte.
II. La pluma en lugar de la espada
En vida, Napoleón ya cultivaba su propia leyenda, obsesionado con dejar una huella perdurable. Desde la primera campaña italiana multiplicó relatos escritos y visuales de sus hazañas. Como emperador, amplificó esa exaltación a través del Bulletin de la Grande Armée, de la columna de Vendôme y del arco de triunfo del Carrusel, símbolos de la campaña victoriosa de 1805. Sus cartas a Joséphine, enviadas desde Elba, decían: «Voy a sustituir la espada por la pluma», y a los soldados en Fontainebleau: «¡Quiero escribir sobre las grandes cosas que hemos hecho juntos!»
En Santa Elena, repasó sus campañas, intentó comprender la resistencia española, el papel del «Invierno General» en Rusia y la obstinación de Wellington en Waterloo. Allí encontró a su cronista, el conde Las Cases, que plasmó sus recuerdos en el Mémorial de Sainte-Hélène (1823), obra que mezcló anécdotas cotidianas con los momentos cumbre de su vida, presentándolo como un precursor liberal y visionario de una Europa unificada.
III. Un héroe literario
La leyenda no se habría construido sin la participación de sus antiguos adversarios. Lamartine la comparó con Cristo, Vigny la equiparó a Moisés, y Victor Hugo exaltó la columna de Vendôme. Desde Stendhal hasta Balzac, la figura napoleónica estuvo en el corazón de sus obras. Los veteranos del ejército, unos 1,5 millones que regresaron a sus hogares tras la abdicación, contaban sus experiencias, a menudo magnificando los logros y minimizando los sufrimientos. Balzac, en El médico de provincia, muestra cómo el paso por las filas napoleónicas se convirtió en un elemento esencial de la propia leyenda.
Bajo la Monarquía de Julio, el peso político del bonapartismo era débil, pero la memoria del Imperio como símbolo de la grandeza francesa seguía viva.
IV. El legado bajo la Monarquía de Julio
El régimen de Luis Felipe reincorporó a muchos antiguos oficiales del Imperio en el ejército y la administración. Restauró la estatua de Napoleón en la columna de Vendôme (1833), inauguró el Arco de Triunfo de la Estrella (1836) y fundó el Museo de la Historia de Francia en Versalles (1837), que dedica un amplio espacio a las guerras napoleónicas. La apoteosis llegó con el regreso de sus cenizas en 1840, en medio de una crisis diplomática sobre Egipto que avivó la anglofobia. El 15 de diciembre, una multitud de más de un millón acompañó el traslado del ataúd por el Sena hasta los Inválidos.
V. El sobrino al poder
El intento de golpe de Luis Napoleón Bonaparte en Boulogne (1840) fracasó; fue encarcelado en Fort Ham, donde escribió La extinción del pauperismo. Escapó en 1846 disfrazado de obrero y regresó a Francia en 1848, donde fue elegido diputado y, posteriormente, presidente de la República el 20 de diciembre de ese año. Sin experiencia previa, pero con un dominio de varias lenguas y un profundo conocimiento de Europa, encarnó la leyenda napoleónica en acción.
Como emperador, Luis Napoleón utilizó el legado de su tío, creando en 1857 la medalla de Santa Elena para honrar a los últimos grognards. Sin embargo, buscó distanciarse de la sombra tutelar. La ceremonia de traslado de los restos a los Inválidos (1861) fue discreta; el centenario de su nacimiento (1869) se celebró modestamente. La oposición de Victor Hugo a «Napoleón el Pequeño» también sirvió, paradójicamente, a reforzar la figura del abuelo como símbolo de grandeza.
Si Luis Napoleón personificó la leyenda en 1848, con el tiempo se alejó del espectro de su tío.
VI. Napoleón en la memoria mundial
Tras la Primera Guerra Mundial, el 1921 se gestó una forma de reconciliación alrededor de su tumba. En 1969, el presidente Georges Pompidou lo utilizó como prefiguración de una Europa unida. Aún controversial, Napoleón sigue siendo una de las figuras históricas más populares de Francia y del mundo. Hoy, más que su gloria militar, lo que fascina es la obra institucional que dejó y cuyo legado sigue vigente.
VII. Fascinación rusa
El brillante festejo del bicentenario de la Batalla de Borodino, con la presencia de Vladimir Putin, recordó la importancia que los rusos otorgan a la Guerra Patriótica de 1812. A diferencia de España, Rusia no guarda rencor contra Napoleón; al contrario, lo admira como un rival que elevó su propio valor militar. Escritores como Pushkin, Lermontov, Dostoievski y, sobre todo, Tolstoi (aunque crítico) mantuvieron viva su figura en la literatura rusa.
VIII. El regreso de las cenizas
Adolphe Thiers, ministro en 1840, convenció a Luis Felipe de solicitar a Inglaterra la devolución de los restos napoleónicos. Inglaterra accedió bajo la condición de que el episodio no alimentara la anglofobia. El príncipe de Joinville encabezó la expedición a bordo de la Belle Poule. El 15 de diciembre de 1840, el ataúd cruzó el Sena ante una multitud estimada en un millón, demostrando que la memoria de Napoleón seguía intacta.
IX. El bonapartismo y su legado
El bonapartismo no nació como partido, sino como intento de crear consenso entre antiguos adversarios («ni boina roja ni tacón rojo»). En 1848, el apoyo de legitimistas, socialistas y republicanos conservadores permitió a Luis Napoleón alcanzar la presidencia. Durante el Segundo Imperio, sin embargo, no se fomentó un movimiento bonapartista propio. Fue bajo la Tercera República, a finales del siglo XIX, cuando surgió un auténtico partido bonapartista, intentando unir a los nostálgicos del Imperio con los defensores de regímenes autoritarios. Con el tiempo, la falta de herederos dinámicos y la fragmentación interna provocaron su declive, aunque los descendientes de Napoleón han mantenido viva la memoria del fundador de la dinastía.
Para profundizar
Napoleón, el último romano. Del culto a la personalidad a la deificación del emperador, J.-O. Boudon, Les Belles Lettres, 2021.