Historia antigua

El Islam y Mahoma

El Islam en la península arábiga preislámica

La mayor parte del territorio de la península arábiga estaba cubierto por desiertos inmensos y escasas oasis. La excepción era la franja costera sur, hoy Yemen, donde los monzones del Océano Índico permitían la agricultura permanente. En el resto de la península predominaba una sociedad nómada y pastoril. Los habitantes nómadas, conocidos como beduinos (del árabe badawi, «habitante del desierto»), se organizaban en tribus lideradas por un sayyid elegido y regidas por la sunna, conjunto de costumbres transmitidas oralmente.

Junto a los beduinos, los comerciantes de caravanas recorrían el desierto, estableciendo contactos con civilizaciones externas y con otras religiones. Tanto beduinos como comerciantes tenían el monopolio del porte de armas, lo que les confería una posición dominante frente a campesinos y artesanos.

Fragmentación política

Antes del Islam, Arabia estaba completamente desintegrada; cada tribu gobernaba su territorio con autonomía y respetaba la independencia de las demás.

Mohammed (Mahoma)

Mahoma nació alrededor del año 570 d.C. en La Meca, perteneciendo a una rama secundaria de la influyente tribu de Quraysh, custodios del santuario de La Meca. En aquel santuario se veneraba la piedra negra y varios dioses, entre ellos Hubal, que llegó a ser llamado simplemente Alá. La información sobre su vida proviene principalmente de los relatos de al‑Tabarí, historiador del siglo IX‑X.

La Meca era un importante centro comercial y religioso: durante el mes de peregrinación, tribus de toda Arabia se reunían para rendir culto a sus dioses, comerciar y competir en concursos de poesía.

Mahoma trabajó como conductor de camellos y comerciante hasta que se casó con Khadija, una viuda adinerada que le permitió dedicarse a la meditación y a la reflexión religiosa.

La Noche del Destino

En la noche entre el 26 y 27 de Ramadán del año 610 d.C., mientras meditaba solo en el desierto, Mahoma recibió la primera revelación del arcángel Jibril (Gabriel), quien le encomendó ser mensajero del único Dios, Alá. Esa noche, conocida como Laylat al‑Qadr (Noche del Destino), marca el nacimiento del Islam.

Al comenzar a predicar la supremacía de Alá, Mahoma se ganó enemigos entre los beduinos y comerciantes que temían perder sus privilegios. Tras un intento de asesinato, Mahoma y sus seguidores emigraron el 16 de julio de 622 d.C. a la oasis de Yatrib, que pasó a llamarse Medina ("Madinat‑al‑Nabi", la Ciudad del Profeta). Este éxodo, la Hégira, marca el año cero del calendario islámico.

Medina y el liderazgo de Mahoma

En Medina Mahoma ejerció autoridad política, religiosa, militar y judicial, consolidando la idea de que el poder terrenal era una expresión de la voluntad divina, un principio esencial del Islam que rechaza el Estado laico.

Durante siete años, Mahoma dirigió la comunidad, enfrentándose a los mecánicos en una serie de batallas que culminaron en 629 d.C. con la toma pacífica de La Meca, tras la cual los quraysh aceptaron el Islam y se unieron a la Umma (comunidad musulmana). La mayoría de las tribus de la península pronto se incorporaron al nuevo orden islámico.

Mahoma falleció en 632 d.C. sin haber establecido un mecanismo claro de sucesión, lo que dejó al mundo islámico en una profunda incertidumbre.

El Califato

El término árabe khalífa (“vicario de Dios”) se utilizó para designar al sucesor de Mahoma, cuyo papel no era revelar nuevas revelaciones sino preservar la unidad de la Umma y su fidelidad a las enseñanzas divinas.

Tras la muerte de Mahoma surgieron disputas sucesorias que dividieron a la comunidad en dos grandes corrientes: suníes y chiíes. Los chiíes apoyaron a Alí, primo y yerno de Mahoma, mientras que los suníes eligieron a Abu Bakr como primer califa, seguido de Omar, Uthman y finalmente Alí.

Abu Bakr (2 años) combatió el politeísmo restante. Omar (634‑644) expandió el territorio islámico a regiones persas y bizantinas debilitadas. Uthman, de la dinastía Omeya, consolidó la expansión y ordenó la recopilación escrita del Corán. Fue asesinado en 656 d.C., lo que provocó nuevas tensiones.

Tras la muerte de Alí, el califato pasó a ser hereditario dentro de la familia Omeya, trasladándose la capital a Damasco y estableciéndose una monarquía absoluta que dividió el imperio en cinco vice‑reinos gobernados por príncipes califales.

Expansión y legado

Durante el dominio omeya, los pueblos subyugados disfrutaron de prosperidad; los árabes introdujeron avances culturales, no exigieron conversión al Islam, sino un tributo fiscal. Se fundaron servicios postales, se acuñó la primera moneda árabe y el árabe se convirtió en lengua oficial.

La expansión continuó hasta la derrota ante los francos, que dio paso a la dinastía Abasí. Los abasíes trasladaron la capital a Bagdad y llevaron la conquista hasta el sur de Italia y la India. Su éxito se debió a la movilidad de la caballería ligera y a la estrategia de “carreras de largo alcance”.

La destrucción de Bagdad por los mongoles en 1258 d.C. marcó una catástrofe percibida como una verdadera “apocalipsis”. Aunque el título califal pasó brevemente a los mamelucos y luego a los otomanos, nunca se recreó un califato universal.

Conclusión histórica

El impulso islámico llegó a Europa por dos frentes; en el occidente se disipó espontáneamente, mientras que el Imperio Bizantino (Roma Oriental) frenó la expansión durante siglos, evitando una “islamitización” completa del continente.