El Imperio Romano de Oriente, también llamado Imperio Bizantino, nace en el 395 d.C. cuando el emperador Teodosio divide el Imperio romano en dos mitades: Oriente y Occidente. A diferencia del Imperio romano de Occidente, que cayó ante los pueblos germánicos en 476 d.C., el Bizantino logra sobrevivir a esas amenazas y perdura durante casi mil años, hasta la conquista otomana de su capital, Constantinopla, en 1453.
Durante ese milenio, los bizantinos –un mosaico de pueblos– fusionaron la cultura griega y romana, los rasgos religiosos del cristianismo y del paganismo, y costumbres occidentales y orientales. Así preservaron y reinterpretaron el legado de la Antigüedad. Aunque su lengua era el griego, se autodenominaban romanos, pues se consideraban herederos del antiguo imperio. Por eso, Constantinopla también se conocía como la nueva Roma.
1. Constantinopla
Hoy la ciudad se llama Estambul. Fue fundada por el emperador Constantino en el 330 d.C. sobre la antigua ciudad griega de Bizancio. En apenas seis años, el monarca la transformó en una metrópolis del mismo tamaño y esplendor que Roma, y la rebautizó como Constantinopla.
Situada entre el Mar Negro y el Mar de Mármara, la ciudad estaba rodeada de agua y se convirtió en el paso obligado para comerciantes que cruzaban entre Asia y Europa. Hasta el siglo XIII, fue una de las urbes más pobladas del mundo, solo igualada por Bagdad.
Para protegerla de los ataques, el emperador Teodosio II mandó erigir una muralla triple de unos 12 m de altura en el siglo V. La fortificación, de aproximadamente 19 km de longitud y 96 torres, permitía a los soldados bizantinos vigilar el horizonte y repeler a los invasores.
2. La historia de un gran imperio
Tras la caída del Imperio romano de Occidente, los gobernantes bizantinos anhelaban recuperar la supremacía mediterránea que su predecesor había disfrutado. Uno de los más ambiciosos fue el emperador Justiniano I, quien intentó restaurar la grandeza del viejo imperio.
2.1 Justiniano I
Justiniano, sobrino del emperador Justin, ascendió al trono en 527 d.C. De origen humilde, recibió una excelente formación militar desde joven. En el momento de su coronación, el imperio comprendía la península balcánica, Asia Menor, Siria, Palestina y Egipto.
Justiniano creía que el mundo cristiano debía estar unido bajo una única autoridad política: el emperador bizantino. Con el apoyo de los generales Belisario y Narsés, reconquistó los territorios vándalos del norte de África, Córcega, Cerdeña y las Islas Baleares; sometió a la Italia ostrogoda y Sicilia, y ocupó parte del suroeste de la Hispania visigoda.
Posteriormente, emprendió una profunda reforma del Estado bizantino. Reorganizó la administración central en Constantinopla, que supervisaba a los funcionarios provinciales, y ordenó la recopilación y codificación de las leyes romanas. Para ello, encargó al jurista Triboniano la elaboración del Código de Justiniano, que recoge todas las constituciones desde la época de Adriano.
Además, mejoró la gestión de las finanzas públicas y la recaudación de impuestos, lo que permitió una administración civil y militar más eficaz. Justiniano murió en 565 d.C., marcando el fin de una de las épocas más brillantes de la historia bizantina.
2.2 Los sucesores de Justiniano
Poco después de su muerte, los bizantinos perdieron los territorios conquistados en Europa Occidental y se vieron amenazados por avars, eslavos y búlgaros que intentaban penetrar en los Balcanes. Al mismo tiempo, los persas avanzaban en las provincias orientales, aunque fueron reemplazados en el siglo VII por los árabes, que se convirtieron en el adversario más temible al ocupar Siria, Palestina y el norte de África. El imperio quedó reducido a Grecia, Asia Menor y el sur de Italia.
En el siglo XI, la situación empeoró cuando los turcos selyúcidas tomaron Asia Menor. Estos acontecimientos iniciaron el declive de Bizancio, que culminó en 1453 con la conquista otomana de Constantinopla.
3. Organización política del Imperio Bizantino
A diferencia de las monarquías germánicas, Bizancio disponía de una estructura política sólida. Era una monarquía teocrática en la que el emperador, llamado basileus, se consideraba el delegado de Dios en la Tierra, con carácter sagrado. Por ello, era jefe de la Iglesia y podía nombrar a los patriarcas.
El basileus ostentaba el poder absoluto: era el máximo dirigente de la administración y del ejército. Para ejercer su autoridad, contaba con tres pilares:
- La burocracia civil, compuesta por funcionarios profesionales de la administración pública.
- El ejército, numeroso y multicultural; en las fronteras, la defensa se complementaba con los stratiotes, campesinos soldados que recibían tierras como pago.
- La Iglesia bizantina, que, a diferencia de Occidente, estaba subordinada al emperador, un fenómeno conocido como caesaro‑papismo.
4. Religión en el Imperio Bizantino
La sociedad bizantina era profundamente religiosa; la vida cotidiana estaba impregnada de creencias. Los conflictos teológicos a menudo se transformaban en problemas políticos.
Uno de los debates más intensos fue el monofisismo, que sostenía que Cristo tenía una única naturaleza divina, contrapuesto a la doctrina ortodoxa de la doble naturaleza (humana y divina). El monofisismo, popular en Siria y Egipto, alimentó movimientos separatistas que facilitaron la conquista árabe.
En el siglo VIII surgió la iconoclasia. Los iconoclastas consideraban que las imágenes religiosas fomentaban la superstición y buscaban disminuir el poder económico y social de los monjes. Algunos emperadores apoyaron esta corriente, lo que provocó tensiones con el Papa de Roma, que la rechazaba.
El enfrentamiento culminó en el cisma de Oriente de 1054, que separó al cristianismo occidental, bajo la autoridad del Papa, del cristianismo oriental, liderado por el Patriarca de Constantinopla y conocido como la Iglesia Ortodoxa Griega.
5. Economía del Imperio Bizantino
Durante mil años, Bizancio fue uno de los centros económicos más importantes de la Edad Media. Su economía era mayormente agraria; las grandes latifundias estaban en manos de la Iglesia y la aristocracia, aunque también existían pequeños propietarios que, con el tiempo, fueron absorbidos por los grandes dominios.
El comercio y la artesanía no fueron descuidados. Bizancio desarrolló un intenso comercio internacional. En sus mercados se encontraban productos provenientes de China, Persia, España y otras regiones lejanas. Los artesanos bizantinos producían objetos de alta calidad que se exportaban ampliamente.
La moneda bizantina, el solidus (también llamado «bezante»), fue aceptada en los mercados de toda Europa y Oriente hasta el siglo XI, convirtiéndose en una divisa internacional.
6. Una cultura de síntesis
La cultura bizantina representó una admirable síntesis de elementos grecorromanos, orientales y cristianos. Los clásicos fueron estudiados en escuelas y universidades de Atenas y Constantinopla, así como en monasterios como los de Monte Athos.
En arquitectura, los bizantinos sobresalieron por la belleza de sus iglesias, caracterizadas por cúpulas sobre pechinas y planos en cruz griega. Los mejores ejemplos son la Hagia Sofía en Constantinopla y la Basílica de San Marcos en Venecia. Los interiores estaban decorados con mosaicos de colores vivos que cubrían ábsides y cúpulas.
La escultura bizantina se destacó por los delicados relieves en marfil, apreciados en toda Europa.
7. El declive del Imperio Bizantino
La invasión de los turcos selyúcidas en el siglo XI privó a Bizancio de su zona más rica: Asia Menor. A partir de entonces, el imperio sufrió una lenta pero profunda crisis agraria y comercial.
La negligencia naval y la competencia de ciudades-estado como Génova y Venecia redujeron drásticamente el tráfico mercante. La debilitada base económica obligó al Estado a ceder territorios a potencias vecinas.
Finalmente, en 1453, los otomanos tomaron Constantinopla, dejando al imperio reducido a su propia capital. Ese acontecimiento marcó el fin de mil años de historia bizantina.