Una de las mayores tragedias internacionales de la historia fue la desaparición del Estado polaco a finales del siglo XVIII, consecuencia de tres particiones realizadas por sus potencias vecinas: Prusia, Austria y Rusia. En aquel entonces Polonia era un reino extenso y rico, pero su sistema político, dominado por la nobleza y con un monarca débil, provocaba constantes conflictos internos.
Primera partición (1772)
El proceso comenzó cuando el rey de Prusia, Federico II, pactó con la zarina rusa Catalina II la invasión conjunta de Polonia. El pretexto oficial fue la supuesta persecución de los cristianos de la Iglesia Ortodoxa Griega. Austria, también interesada, se unió al acuerdo. Como resultado, Prusia se quedó con territorios al oeste de la Vístula, Austria adquirió la región de Galicia y Rusia tomó tierras al este, a orillas de los ríos Dniéster, Neman y Berezina.
Segunda partición (1793)
Tras la Revolución Francesa, el espíritu de libertad llegó a Polonia. El general Tadeusz Kościuszko, veterano de la guerra de independencia estadounidense, encabezó un levantamiento en 1794 con unos 8 000 voluntarios. Rusia y Prusia lo acusaron de “jacobino rojo” y, tras derrotar a sus guerrilleros, procedieron a la segunda partición. Prusia se anexó gran parte del territorio occidental y Rusia el de la zona oriental.
Tercera partición (1795)
El último intento de resistencia polaca fue sofocado en 1795. Rusia y Prusia solicitaron nuevamente la colaboración de Austria para atacar Polonia desde tres frentes. Tras intensos combates, Prusia tomó Varsovia, Austria se quedó con provincias al norte de Galicia y Rusia ocupó Lituania y los territorios hasta el río Niemen. Con ello Polonia dejó de existir como Estado independiente hasta su restauración en 1918.