Los deístas de finales del siglo XVIII y principios del XIX concebían a Dios como el creador del universo, pero sin intervenir activamente en su funcionamiento.
Un Dios no personal
Rechazaban la idea de un Dios personal que se comunicara con la humanidad mediante revelaciones o milagros. Para ellos, el cosmos se regía por leyes naturales que podían descubrirse mediante la razón y la observación.
Vida después de la muerte
Negaban la existencia de una vida posterior; consideraban que la existencia humana terminaba con la muerte. La única “inmortalidad” posible era la fama y el reconocimiento que se obtenían al aportar de manera significativa a la sociedad.
Contexto histórico
El deísmo se convirtió en una corriente filosófica influyente entre intelectuales y políticos de la Ilustración, tanto en Europa como en los Estados Unidos. Entre sus exponentes más destacados se encuentran Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y Voltaire.