El juego ejercía una fascinación constante entre los romanos de cualquier clase social. Era muy popular entre los ricos, que a menudo jugaban de noche bajo la severa mirada de las estatuas de sus ancestros. Se ganaban o perdían fortunas inmensas mientras los esclavos permanecían inmóviles y olvidados, según decía el satírico Juvenal (Sátires, I. 93‑95). Incluso los emperadores se entregaban a él: Augusto apostaba frecuentemente, aunque en pequeñas cantidades (Suetonio, Augusto, 71); Nerón apostaba sumas de al menos 400 000 sestercios, suficiente para conferir el rango de caballero (Suetonio, Nerón, 30); Claudio, tan fanático, llegó a escribir un libro sobre el tema (Suetonio, Claudio, 33). En el extremo opuesto, los obreros jugaban a los dados incluso cuando el tiempo les impedía trabajar al aire libre. El juego también era el último placer de los ancianos y de las prostitutas acomodadas que sabían apostar bien. Incluso los niños, que jugaban a la suerte con frutos secos como premios, practicaban habilidades que más tarde aplicarían al juego con dinero.
Esta fascinación quedó reflejada en numerosos lugares donde los romanos jugaban. Se han encontrado tableros grabados en todo tipo de espacios públicos, sobre todo en foros y basílicas, e incluso en la casa de las Vestales. Los campamentos militares también albergan abundantes grafitis de este tipo. En el ámbito doméstico, el juego seguía a la comida, ofreciendo una relajación ideal después de la cena. Para la gente común, las tabernas eran el espacio inmediato para apostar; muchas tenían salas traseras con mesas y sillas –solo los ricos se reclinaban– que servían tanto para comer como para jugar. De hecho, el juego constituía una de las principales fuentes de ingreso de la taberna, pues reunía en un solo lugar comida caliente, bebida, apuestas y prostitución. Los propios tableros a menudo incluían márgenes con frases ingeniosas, como:
SPERNE LUCRUM / VERSAT MENTES / INSANE CUPID
«Rechaza la riqueza, la codicia insana corrompe la mente»
Juegos populares
Existían muchos modos de juego. La opción más elemental era el sorteo, como hacían los soldados al dividir la ropa de Jesús después de la crucifixión (Juan, 19:23‑24). Otro juego muy simple se llamaba micatio, una especie primitiva de "piedra‑papel‑tijera". En cada ronda, los dos jugadores mostraban una mano y anunciaban cuántos dedos esperaban que se mostraran en total; el verdadero honesto era quien podía jugar micatio incluso en la oscuridad. Juegos más complejos incluían el duodecim scripta (similar al backgammon actual), el latrunculi (próximo al ajedrez) y la tabula, que se jugaba en tableros comunes en las tabernas. Lamentablemente, sus reglas no han sobrevivido y, de todos modos, es improbable que existieran normas uniformes en todo el Imperio. Los huesos de los dedos de los animales (tali) también se usaban para apostar. Cada hueso tenía cuatro caras con puntuaciones distintas: 1 = cara plana (canis, “el perro”), 3 = lado convexo, 4 = lado cóncavo y 6 = lado curvo (sine, “el anciano”). Se lanzaban cuatro a la vez; en un caso famoso, un jugador apostó 16 sestercios a tres perros o a un seis y ganó todo al obtener una "Venus" (un hueso de cada cara). Las probabilidades de sacar una Venus se estiman en torno a 26 a 1, lo que indica que el ganador debía haber obtenido una gran suma.
Las carreras del circo y los juegos gladiatorios también ofrecían oportunidades de apuestas espectaculares. Los apostadores disponían de abundante información para evaluar las posibilidades de cada competidor. Los programas de la arena incluían listas de estadísticas de cada luchador, al estilo de los carteles de caballos del circo. Rumores y comentarios sobre aurigas o la genealogía de los caballos se conservan en escritos contemporáneos; antes de cada fiesta, el cotilleo se transformaba en apuestas. Ammiano Marcelino describe con claridad la pasión de la plebe romana en el siglo IV:
«Todo lo que viven lo gastan en vino, dados, juegos, placeres y espectáculos. Para ellos, su templo, su hogar, su asamblea y la esperanza de todos sus deseos es el Circus Maximus. Se les ve en plazas, callejones, avenidas y puntos de encuentro formando grupos donde discuten sus diferencias y defienden a unos o a otros… juran una y otra vez que el Estado no sobrevivirá si su auriga favorito no parte primero y no toma curvas arriesgadas con sus ominosos caballos» (Amm., XXVIII. 4.29‑30).
En el circo, las apuestas se realizaban sobre las cuatro escuelas de corredores (azul, verde, rojo y blanco). No hay evidencia escrita que explique las fórmulas exactas, pero lo más probable es que los apostadores apostaran con sus compañeros de asiento, lo que explica la asociación popular de colores (azules y rojos contra verdes y blancos), facilitando apuestas cara a cara sin combinaciones complejas.
Vida al azar
¿Por qué el juego era tan popular entre la gente común? Podría entenderse como una práctica útil para desarrollar habilidades y actitudes aplicables a la vida diaria. El juego resaltaba la importancia del dinero en la comunidad y reflejaba la incertidumbre y volatilidad cotidianas. Al mismo tiempo, subrayaba la relevancia del estatus: un buen jugador podía ganar sumas considerables y mejorar su posición social. Suetonio describe a Calígula como el típico plebeyo ambicioso y agresivo, siempre listo para hacer trampas (Suetonio, Calígula, 41). Además, el juego enseñaba a asumir riesgos y tomar decisiones bajo presión, habilidades esenciales en una sociedad donde la pobreza acechaba y los ingresos dependían de cosechas o del favor arbitrario de los poderosos.
Los juegos requerían el dominio de un gran volumen de información numérica, lo que constituía un buen entrenamiento para manejar deudas personales comunes entre las clases bajas. También fomentaban tácticas de relación interpersonal: vigilar al vecino para evitar estafas, afirmar y defender el propio estatus, incluso de forma agresiva. El Digest menciona repetidamente la violencia asociada al juego, aunque, como señala Ammiano, los jugadores mantenían un sentido de camaradería (XXVIII.4.21). En síntesis, el juego enseñaba al romano común a manejar dinero, riesgo y personas.
La popularidad del juego entre las clases populares también refleja lo que la suerte representaba en sus vidas. Los huesos de los dedos se usaban como oráculos. Una columna oracular encontrada en el foro de Kremma, en Pisidia (Turquía), contenía respuestas para 56 posibles tiradas de cinco huesos. Cada tirada tenía nombre: por ejemplo, al obtener 10 (equivalente al timón de Tyche, diosa de la fortuna) se aconsejaba esperar, pues el momento no era propicio; al obtener 22, la respuesta indicaba que “no te preocupes, el momento aún no está maduro; si haces esfuerzos inútiles, perseguirás un objetivo inalcanzable. Relájate y tendrás éxito”.
Un proverbio romano decía: «Hay que dominar la buena fortuna o ella nos dominará». Lo que vemos en las apuestas y en los dados oraculares es la creencia de que la suerte no era imparable, sino manipulable. Esta visión permitía espacio para la esperanza y la intervención individual, ofreciendo a los plebeyos la posibilidad de mejorar su suerte en lugar de resignarse a un destino totalmente aleatorio. Claro, se requerían conocimientos, habilidades, experiencia, valentía y astucia, pero la oportunidad existía, permitiendo al romano promedio sobrevivir en un entorno plagado de riesgos.
Restricciones y legislación
A pesar de su enorme difusión, el juego recibió la más fuerte condena moral. Los jugadores se mencionaban junto a adúlteros y otros viciosos, y se decía que cuanto más ingenioso era el apostador, mayor su perversidad. En ocasiones, el juego se vinculaba a amenazas al Estado: los conspiradores de Catilina fueron descritos como ludi (“jugadores”), y la famosa frase de Julio César al cruzar el Rubicón –«Alea iacta est»– quedó como símbolo de riesgo político. Los emperadores también dieron ejemplos de degeneración: Domiciano jugaba a los dados por la mañana, y Calígula lo hacía incluso mientras la corte lloraba a su hermana, llegando a hacer trampas (Suetonio, Domiciano, 21; Calígula, 41; Séneca, Diálogos, XI.17.5).
El desprecio moral se reflejaba en la legislación. La Lex Random, probablemente de 204 a.C., fue el primer intento de prohibir el juego; le siguieron la Lex Talaria, que prohibía los dados salvo durante las comidas o la Saturnalia, con sanciones que iban de cuatro veces la apuesta a la exiliación. Sin embargo, la aplicación de estas leyes parece haber sido mínima; los ediles supervisaban las tabernas, pero la gran cantidad de tableros hallados indica que la prohibición no se tomó en serio. Dos leyes republicanas permitían apostar en competiciones virtuosas (Virtutis causa), autorizando las apuestas en el circo y el anfiteatro, aunque las deudas de juego eran legalmente irrecuperables. Los pretores tampoco solían actuar contra los dueños de casas de juego cuando estas sufrían asaltos o daños.
¿Por qué entonces la élite repudiaba el juego mientras muchos de sus miembros lo disfrutaban? Parte de la respuesta radica en la intención de proteger su estatus. El juego podía generar movilidad social sin considerar ni el trabajo ni el nacimiento, amenazando la jerarquía tradicional. Además, estaba ligado a la cultura urbana de la taberna, que la élite consideraba el reflejo de todo lo que estaba mal en las clases bajas: falta de disciplina y ocio “inteligente”.
La realidad era distinta. La atracción del juego no era sólo un síntoma de ociosidad plebeya; era un tema políticamente aceptable que ofrecía estimulación intelectual y emoción. La mayoría de las partidas se realizaban a pequeña escala, sin poner en riesgo la posición social de los participantes. No se sabe cuánto apostaba el romano medio, pero cualquier cifra, por pequeña que fuera, representaba una forma de dinero rápido que dominaba la vida cotidiana: una buena semana seguida de una mala, y así sucesivamente. Es probable que la élite comprendiera la amenaza que suponía el juego, pero no aplicara las leyes con rigor, utilizándolas más como declaraciones públicas para enfatizar que apostar no era el camino correcto para el éxito.
Bibliografía
- Horsfall, N. (2003): The Culture of the Roman Plebs, Bristol: Classical Press.
- Purcell, N. (1995): “Literate Games: Roman urban society and the game of alea”, Oxford: Past & Present, 147, pp. 3‑37.
- Toner, J. (1995): Leisure and Ancient Rome, Cambridge: Polity Press.
- Toner, J. (2009): Popular Culture in Ancient Rome, Cambridge: Polity Press. Traducido al español como Sixty Million Romans: the culture of the people in ancient Rome, 2012, Barcelona: Crítica.