Contexto histórico
En mayo del año 260 d.C., las legiones romanas bajo el mando del emperador Valeriano se enfrentaron al ejército sasánida de Sapor I, que ya había conquistado Antioquía y avanzaba sin mucha oposición por Mesopotamia hacia el interior de Anatolia.
Según inscripciones sasánidas, el ejército romano contaba con aproximadamente 70 000 soldados; otros cronistas reducen esa cifra a la mitad o menos. Por su parte, George Rawlinson sitúa al ejército de Sapor entre 30 000 y 60 000 hombres.
La derrota en Edessa
El choque tuvo lugar en Edessa (actual Şanlıurfa, sureste de Turquía), donde las legiones fueron derrotadas y el emperador Valeriano capturado. Las fuentes difieren: algunos afirman que fue hecho prisionero durante la batalla, otros sostienen que se entregó voluntariamente por temor a una revuelta, mientras que hay quien dice que murió en lugar de ser capturado.
Lo que sí coincide la mayoría de los autores es que un número considerable de legionarios quedó prisionero y fue trasladado a Persia, ya sea a Gundeshapur (ciudad fundada por Sapor I en el suroeste de la actual Irán) o a Bishapur (situada un poco más al este, también fundada por Sapor). Los historiadores creen que fueron empleados como mano de obra en la construcción de ambas ciudades.
Construcción del puente y la presa
Muy cerca de esas urbes se hallaba la capital de verano de Sapor, llamada Shushtar. La zona era un importante centro agrícola y los persas deseaban erigir una serie de obras hidráulicas, entre ellas un puente y una presa que también servirían para crear un foso alrededor de la ciudad, convirtiéndola en una isla en medio del río Karún.
Según los historiadores musulmanes al‑Tabarí y al‑Masudí (siglos IX y X), Sapor utilizó a los soldados y ingenieros romanos capturados en Edessa para ejecutar la obra, convirtiéndola en el puente romano más oriental del mundo. El puente, de 550 m de longitud, se conocía como Band‑e Kaisar (“el puente del César”), y hoy los iraníes lo llaman Shadorvan.
La parte superior de la presa estaba cruzada por una calzada sostenida por al menos cuarenta arcos. Sus pilares, de unos 6 m de grosor, eran rectangulares y estaban protegidos en la parte superior por tapajuntas puntiagudos. Los pilares y cimientos estaban revestidos con bloques de arenisca cortados y unidos mediante mortero y abrazaderas de hierro, y su interior se rellenó con hormigón romano.
Resulta llamativo que los arcos que sostenían la calzada sean puntiagudos en lugar de semicirculares, como era habitual en la arquitectura romana. Esto se debe a que el puente fue reparado y reconstruido varias veces a lo largo de la historia, y esos arcos datan de la época musulmana.
Aunque el puente sufrió múltiples reformas, la estructura general romana se mantuvo y siguió en uso hasta el siglo XIX. De hecho, la integración del puente en la presa se convirtió en una práctica habitual de la ingeniería hidráulica iraní hasta aproximadamente el año 1000 d.C. Hoy, la parte central de la construcción se ha sumergido bajo las aguas del río.