Un equipo del Instituto Max Planck de Alemania ha destacado, en un estudio publicado en Nature Human Behaviour, el abanico de tecnologías biomoleculares y "omics" que permiten a los arqueólogos reconstruir los olores del pasado. En entrevista con Science and the Future, la investigadora Barbara Huber explicó cómo estas herramientas están abriendo una nueva dimensión sensorial en la historia.

En el fresco se observa a una mujer vertiendo perfume en una vasija, una escena que ilustra la importancia de los aromas en la vida cotidiana del siglo I d.C.
¿Los olores del pasado eran más intensos?
Science et Avenir: ¿En la antigüedad los olores eran más marcados que hoy?
Barbara Huber: No podemos responder con certeza porque la evidencia olfativa es escasa. Tendemos a imaginar un mundo sin duchas, pasta de dientes ni sistemas de alcantarillado, donde los desechos y el incienso dominaban el aire. Sin embargo, alrededor del 46 % de la población mundial todavía carece de alcantarillado, y el uso de incienso sigue siendo cotidiano en muchas culturas. Por eso, comparar épocas desde el punto de vista olfativo resulta poco relevante.
El valor de los olores para entender el pasado
El olfato influye directamente en el sistema límbico, la zona cerebral vinculada a emociones, memoria y cognición. Los olores pueden alertar sobre riesgos, modificar conductas y reforzar recuerdos. Por ello, expediciones, guerras y rutas comerciales a menudo giraban en torno a materiales aromáticos como especias e incienso. Analizar esta dimensión sensorial aporta información sobre rituales, perfumería, higiene, alimentación, comercio, jerarquías sociales e identidad de grupos.
Herramientas disponibles para los arqueólogos
Metabolitos secundarios: compuestos que dan aroma a las plantas. Se extraen de residuos orgánicos y se identifican mediante espectrometría de masas y cromatografía.
Lípidos antiguos: grasas y aceites insolubles en agua que se recuperan de fragmentos cerámicos y sedimentos, analizados por cromatografía de gases.
Proteínas antiguas: halladas en cálculo dental, tejidos o restos alimentarios. Se digieren en péptidos y se identifican con espectrometría y bases de datos proteómicas.
ADN antiguo: extraído de dientes, plantas o tejidos momificados, permite rastrear especies y prácticas agrícolas.
Métodos "omics": genomía, metabolómica y proteómica analizan de forma global y no dirigida los biomoléculas presentes en una muestra.
Bioinformática: indispensable para manejar el enorme volumen de datos generado por los enfoques "omics".
Estado actual de la reconstrucción olfativa
La evidencia material directa es limitada; la mayoría de los estudios se basan en textos escritos o representaciones visuales, cuyo vocabulario de plantas aromáticas a menudo es ambiguo o ha cambiado con el tiempo. Esto dificulta la identificación precisa de los olores descritos en fuentes cuneiformes o egipcias.

Diagrama que muestra cómo se estudian los olores antiguos mediante técnicas biomoleculares. Créditos: Barbara Huber/Max Planck Institute.
¿Vale la pena seguir buscando fragancias perdidas?
No. La arqueología de los sentidos está en auge y cada vez más se recuperan moléculas raras almacenadas en “archivos olfativos” como quemadores de incienso, frascos de perfume, vasijas de cocina o incluso el cálculo dental y restos momificados. La clave está en combinar datos biomoleculares con textos antiguos, representaciones artísticas y contexto arqueológico para crear paisajes olfativos integrales.
¿Su estudio busca motivar a otros arqueólogos? Sí. Es una llamada a incorporar la detección de sustancias aromáticas en los protocolos de excavación. El consorcio Odeuropa y grupos como el de Caro Verbeek ya trabajan en la recreación de fragancias, lo que abre una nueva vía para comprender la evolución cultural y social de la humanidad.