Los fósiles no se limitan a los huesos de dinosaurios; también pueden ser hojas, huellas, astas, plumas o escamas. Su formación depende de una combinación de factores físicos, químicos y geológicos.

Este espécimen de Orobates pabsti, un reptil mamífero herbívoro del período prehistórico, se exhibió en abril de 2016 en el Museo Filético de Jena, Alemania.
¿Qué es un fósil?
Un fósil es el rastro, extremadamente antiguo, de vida pasada. Aunque al pensar en fósiles nos vienen a la mente ammonites o huesos de dinosaurio, prácticamente cualquier material orgánico puede fosilizarse: huesos, hojas, huellas, madera, plumas, escamas y conchas.
Sin embargo, la fosilización requiere condiciones muy específicas. La mayoría de los organismos muertos son devorados rápidamente por carroñeros y desaparecen sin dejar rastro. Sólo cuando el cadáver queda sepultado inmediatamente bajo arena, lodo u otros sedimentos, queda protegido de los consumidores. El oxígeno descompone los tejidos blandos, dejando únicamente los componentes duros que pueden convertirse en fósiles.
Condiciones necesarias para que se forme un fósil
1. Profundidad y presión. Si el resto del organismo no queda lo suficientemente enterrado, puede ser reexpuesto y dispersado, lo que impide la fosilización. Cuando, tras millones de años, el cadáver está cubierto por numerosas capas de sedimento, aumenta la presión y el peso. El agua rica en minerales se infiltra en los poros de los tejidos duros, provocando una transformación química: el hueso se mineraliza y se convierte en piedra, proceso conocido como fosilización o petrificación.
2. Equilibrio entre enterramiento y exposición. Si el fósil sigue descendiendo, el calor y la presión extremos pueden destruirlo. Por el contrario, movimientos tectónicos pueden elevarlo de nuevo a la superficie, donde puede ser descubierto por paleontólogos.
Fósiles de hojas, medusas y otros organismos blandos
¿Cómo se conservan fósiles que no provienen de huesos ni conchas? En el caso de los helechos, por ejemplo, no se conservan las hojas como tal, sino impresiones en el barro que dejaron al caer. Con el tiempo, la presión y los procesos químicos solidifican esa capa de barro, que se transforma en roca mostrando la forma de la hoja.
Los fósiles de partes blandas (medusas, órganos internos, contenido estomacal) son extremadamente raros. Para que se conserven, el organismo debe quedar enterrado rápidamente en un entorno anóxico, sin oxígeno que lo degrade. Estas excepciones ofrecen una ventana única al pasado, revelando detalles de la anatomía y la ecología de especies extintas.
Fósiles que no son rocas
Existen rastros de vida que también se consideran fósiles aunque no hayan experimentado la petrificación típica. Ejemplos son los mamuts conservados en el permafrost siberiano o los insectos atrapados en ámbar. Estos hallazgos aportan valiosa información sobre la evolución de las especies.
Por Marina Lena