Su función es infame y su personalidad perturbadora… Marginados de la sociedad, los verdugos han formado, durante siglos, auténticas dinastías que transmiten su oficio de padre a hijo.

Asistentes del “verdugo de París” colocando a Eugen Weidmann, acusado de asesinar a cinco personas, en la guillotina antes de su ejecución pública el 17 de junio de 1939 en Versalles.
Este artículo proviene de la revista Sciences et Avenir hors‑série n.º 194 « Crimes et Châtiments », julio‑agosto 2018.
La pena de muerte como espectáculo permanente de violencia fatal
En el siglo XIV, las sentencias de muerte, todavía escasas, empezaron a sustituir al escarnio, los castigos corporales y el destierro para un número creciente de delitos. Al no existir un código penal ni una escala de penas, los jueces podían elegir la sanción que consideraran más justa. La rápida expansión de las ciudades provocó un aumento de la violencia, lo que obligó a los magistrados a enviar mensajes de firmeza.
«Escenificada, puesta en palabras, ejecutada: la pena capital ofrecía, bajo el principio de ejemplaridad judicial, el espectáculo permanente de la violencia mortal», explica Pascal Bastien, profesor de historia europea moderna en la Universidad de Quebec, Montreal.
Cuanto más se condena, más se necesita ejecutar. Para ello se recurre a un profesional cuyo trabajo consiste en trasladar la responsabilidad del acto al magistrado. El verdugo, como Saad Al‑Beshí, se limita a obedecer la “justicia inmanente”, tal como él invoca a Dios.
El verdugo en Europa: un oficio con nombre propio
Extrañamente, la figura del verdugo apareció simultáneamente en toda Europa, ya fuera bajo un sistema acusatorio (jurado popular) como en los países anglosajones, o inquisitivo (competencia de los jueces) como en Francia. Sólo en nuestro país adquirió un nombre concreto, cuya etimología sigue en debate: podría derivar de stuff (tormento), de sellier (sastre de sillas) o del apellido de los primeros titulares, Borel.
Los historiadores encuentran escasos registros de los primeros nombramientos. Si bien se conserva la lista de los verdugos de París desde Estevenot hasta Marcel Chevalier (1976‑1981), desconocemos la profesión previa requerida. En casos excepcionales, la oficina se ofrecía a un convicto como pena alternativa; un famoso fallo de la corte de Burdeos (13 abril 1674) obligó a un tal Dupré a servir como verdugo perpetuo en lugar de ser enviado a galeras.
Dinastías de verdugos: el caso de los Sansón
Las familias de verdugos vivían en los márgenes de la ciudad; la marginalidad favoreció la creación de dinastías. Cuando un hijo sucedía a su padre, no solo se aseguraba la continuidad del oficio, sino también la garantía de que el cargo estaría en manos de un ejecutor experimentado.
Así nació la familia Sansón. Entre 1688 y 1847, seis generaciones ejecutaron a la mayor parte de los condenados en París, capital del Tribunal de Apelación. El último de la línea, Henri‑Clément Sansón (1840‑1847), tuvo que empeñar su propia guillotina por 3 800 francos para pagar deudas; al día siguiente recibió la orden de despido y se retiró al campo.
Los Sansón dejaron constancia de su historia en el libro Siete generaciones de verdugos (1862), una valiosa crónica de la profesión.
El verdugo y la Revolución Francesa
Durante el siglo XVIII, la pena de muerte se multiplicó con la urbanización del reino. En París se proclamaba que «el villano debía ser ahorcado y el noble decapitado». Charles‑Henri Sansón, que heredó el cargo a los 15 años, ejecutó a Robert‑François Damiens (asesino del rey Luis XV, 1757) con una tortura que incluía quemaduras de mano, pinzamiento de pezones y desmembramiento.
En 1766 tuvo que decapitar a Thomas Arthur de Lally‑Tollendal; su golpe fue torpe y su padre tuvo que intervenir para completar la decapitación.
Con la llegada de la guillotina, fruto de la colaboración entre el médico Guillotin, el herrero Schmidt, el médico real Louis y los propios verdugos, la ejecución se volvió más “humana”. Charles‑Henri describió en sus memorias los problemas técnicos de la espada, como la fatiga del filo, que motivaron la creación de la máquina.
Entre el 14 julio 1789 y el 21 octubre 1796, Sansón ejecutó 2 548 hombres y 370 mujeres en París. Murió en su cama en 1806.
Del terror a la prisión
Tras la Revolución, el Primer Imperio introdujo la prisión como principal medida punitiva. Michel Foucault, en Vigilar y castigar (1975), mostró cómo el castigo pasó de afectar el cuerpo al atacar la mente mediante la privación de la libertad. Sin embargo, la pena de muerte coexistió con la cárcel durante unos 180 años, defendida por sus partidarios como medida ejemplar.
Los últimos verdugos en Francia y el mundo
Marcel Chevalier, último verdugo francés, perteneció a la misma tradición familiar que los Sansón. Tras asistir a André Obrecht, se convirtió en su sucesor en 1976 y ejecutó a Hamida Djandoubi el 10 septiembre 1977, el último condenado a muerte en Francia.
En Estados Unidos, un estudio de 2005 sobre cincuenta verdugos de Luisiana mostró que la mayoría se exculpaba mediante argumentos morales y sociales, considerándose a sí mismos “innocentes” pese a su papel en la ejecución.
Este artículo proviene de la revista Sciences et Avenir hors‑série n.º 194 « Crimes et Châtiments », julio‑agosto 2018.