Un estudio arqueológico reciente ha demostrado que los extraños conos cónicos que aparecen en los relieves de varios monumentos egipcios no eran meros adornos iconográficos. El hallazgo de estos objetos en dos esqueletos permite aclarar, al menos en parte, su significado.
Dos figuras del túmulo TT255, de la dinastía XVIII, en la ribera oeste de Luxor, aparecen con un "cono de cabeza".
Desde el Nuevo Reino (alrededor de 1549 a.C.) los artesanos representaban pequeños conos de colores crema sobre peinados de hombres y mujeres en templos y tumbas. Durante mucho tiempo se pensó que se trataba de bloques aromáticos que se fundían sobre el cabello como nieve al sol, o bien de símbolos semejantes a halos o lenguas de fuego en la iconografía religiosa.
Facsímil de una decoración del túmulo de dos escultores de Tebas, reinado de Amenhotep II, c. 1450 a.C. © Josse / Leemage / AFP
Sin embargo, las excavaciones en el sitio de el‑Amarna, la efímera ciudad dedicada al dios sol Atón fundada por el controvertido faraón Akhenatón (Amenhotep IV), revelaron por primera vez la existencia real de estos conos y acercaron una explicación basada en la ciencia.
El descubrimiento se basó en el análisis de dos esqueletos de unos 3300 años de antigüedad, aún portadores de este misterioso tocado. Los resultados fueron publicados por la arqueóloga Anna Stevens, de la Universidad Monash (Melbourne, Australia), en la revista Antiquity.
Uno de los dos esqueletos hallados en Amarna, todavía con restos del cono de cabeza. © Amarna Project
El primer cuerpo, el de una mujer joven de entre 20 y 30 años, se encontró en 2010; el segundo, descubierto cinco años después, corresponde a un adolescente de 15‑20 años. Ambos estaban envueltos en esteras y enterrados directamente en la arena. Un espectrómetro de rayos X (XRF) permitió analizar sin destruir los conos, que miden aproximadamente 10 cm de ancho en la base y 8 cm de alto. Los objetos estaban muy deteriorados y presentaban agujeros, probablemente causados por insectos necrófagos.
No son grasa animal, perfume ni resina
Los análisis demostraron que los conos estaban hechos de cera de abeja y no contenían grasa animal, perfume, resina, incienso ni mirra, como se había sugerido anteriormente. La hipótesis es que, al fundirse sobre la cabeza del portador, el cono contribuía a la purificación del individuo antes de participar en ritos funerarios. Además, no se halló rastro de “derrame” en el cabello analizado, que el desierto había conservado bastante bien.
Estos resultados también descartan la idea de que los conos fueran exclusivos de la élite. Los esqueletos pertenecían a personas de origen modesto, enterradas en un enorme cementerio de unas 700 tumbas destinado a los trabajadores que construían y mantenían la ciudad. No obstante, el significado exacto de los tocados sigue sin conocerse. "Quizá estén relacionados con ideas de purificación, fertilidad y resurrección", sugieren los autores del artículo. Así, aunque su existencia queda probada, el enigma persiste.
Dos figuras con conos de cabeza en uno de los murales de la ciudad de Akhenatón. © Amarna Project
Amarna, la ciudad de Akhenatón
En el año 5 de su reinado, Akhenatón (Amenhotep IV), el famoso faraón hereje que ascendió al trono en 1346 a.C., ordenó la construcción de una nueva capital para marcar su ruptura con el antiguo orden. Tell el‑Amarna se ubica en medio del desierto, a 300 km de Tebas, la capital religiosa anterior. En apenas 15 años, el gobernante de la dinastía XVIII creó un vasto complejo de palacios, templos y santuarios dedicados a Atón, el dios sol único que intentó imponer para eclipsar a los dioses tradicionales.