Gisella Perl (c. 1900‑1988), ginecóloga judía, arriesgó su vida para proteger a cientos de mujeres en Auschwitz, realizando miles de abortos clandestinos.
Advertencia: este artículo describe torturas, abusos extremos y experimentos realizados sobre prisioneras embarazadas en Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Puede resultar difícil de leer.
Deportación

Gisella nació alrededor de 1900 en Sighetu Marmației, entonces parte de Hungría y hoy Rumanía. Desde joven mostró una gran inteligencia y un deseo férreo de estudiar medicina, a pesar de la oposición de su padre, quien temía que la educación la alejara de la fe. Convenció a su familia y se graduó como ginecóloga, casándose con un cirujano y formando una familia con dos hijos.
En 1940, tras la segunda anexión de Transilvania por Hungría, la ciudad quedó bajo control húngaro aliado de la Alemania nazi. En marzo de 1944 los alemanes invadieron Hungría y, entre el 16 y el 22 de mayo, las autoridades húngaras deportaron a los 13 000 judíos del gueto de Sighetu Marmației a Auschwitz. Gisella logró ocultar a su pequeña hija, pero ella, su esposo, su hijo y el resto de la familia fueron enviados al campo.
Auschwitz
Tras un agotador viaje de ocho días, Gisella y sus seres queridos fueron recibidos en Auschwitz y separados en diferentes barracones. Debido a su reputación como ginecóloga, los nazis la asignaron al hospital del campo femenino bajo la supervisión del infame Dr. Josef Mengele. Con recursos escasos, intentó aliviar el sufrimiento de las internas ofreciendo compasión, palabras de consuelo y oraciones.
Inicialmente su tarea consistía en analizar muestras de sangre de los prisioneros para el ejército alemán, lo que le permitió observar de primera mano el trato brutal que recibían. Mengele, al descubrir que era ginecóloga, la obligó a informar de cualquier embarazo, pues planeaba trasladar a esas mujeres a un “campo especializado”.
Gisella fue testigo de la violencia contra las embarazadas y de los horrendos experimentos, incluidas vivisecciones, que Mengele realizaba sin anestesia ni higiene. Para evitar que esas mujeres y sus bebés fueran asesinados, tomó la decisión de practicar abortos clandestinos, pese a sus principios médicos y su fe. Se estima que realizó alrededor de 3 000 abortos durante su permanencia en Auschwitz. Cuando el embarazo estaba avanzado, el parto prematuro terminaba con la muerte casi inmediata del recién nacido. Como ella misma dijo: «Nadie sabrá lo que significó para mí destruir esos bebés, pero si no lo hubiera hecho, madre e hijo habrían sido cruelmente asesinados».
Liberación
Cuando los alemanes evacuaron Auschwitz, Gisella fue trasladada a Bergen‑Belsen. En abril de 1945, al ser liberado el campo por los Aliados, asistía a una prisionera en trabajo de parto. Permaneció en Bergen‑Belsen hasta el otoño, esperando noticias de su familia. Finalmente supo que su esposo había sido golpeado hasta la muerte poco después de llegar al campo y que su hijo había muerto en las cámaras de gas. Desesperada, intentó suicidarse.
“Dios, me debes una vida”
Tras recuperarse en Francia, emigró a Estados Unidos en 1947. Acusada de haber colaborado con los nazis, defendió su inocencia con testimonios de antiguas compañeras de prisión. En junio de 1948 publicó I Was a Doctor in Auschwitz, relatando su experiencia. El libro llamó la atención de Eleanor Roosevelt, quien la animó a volver a la medicina.
De regreso a Nueva York, retomó su práctica como ginecóloga. Cada vez que entraba en una sala de partos repetía una oración: «Dios, me debes una vida, un bebé vivo».
Tras varios años en Nueva York, cumplió la promesa hecha a su esposo de vivir en Israel. Reunida con su hija Gabriella Krauss Blattman, a quien había logrado esconder antes de la redada, se estableció en Herzliya. Gisella vivió allí con su hija hasta su fallecimiento en 1988.