La bomba atómica, o A‑bomb, es sin duda una de las invenciones más terroríficas de la historia. Su creación fue posible gracias a los avances en la comprensión del átomo a principios del siglo XX. En 1945, Estados Unidos la utilizó para poner fin a la Segunda Guerra Mundial, marcando el drama humano más espectacular jamás registrado. Las imágenes de las explosiones generadas por el equipo liderado por J. Robert Oppenheimer siguen siendo símbolos aterradores de un posible holocausto planetario con solo pulsar un botón.
Átomo y fisión nuclear
En 1907 Ernest Rutherford descubrió que el átomo está mayormente vacío y posee un núcleo diminuto y extremadamente denso. Ocho años después, en 1919, logró la primera transformación nuclear al convertir nitrógeno en oxígeno, inaugurando la era de las reacciones nucleares.
En 1939 los químicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann observaron que el núcleo del uranio podía dividirse en fragmentos mucho más pequeños, liberando una enorme cantidad de energía: la fisión nuclear. Los fragmentos resultantes pueden inducir la fisión de otros núcleos, generando una reacción en cadena, fenómeno que el físico francés Frédéric Joliot también estudió.
Estos descubrimientos mostraron que era posible aprovechar la energía contenida en átomos para crear armas basadas en materiales fisionables como el uranio‑235 o el plutonio‑239. Sin embargo, al estallar la Segunda Guerra Mundial, aún faltaba mucho para convertir esa idea en realidad.
Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica
Todo cambió el 2 de agosto de 1939, cuando Albert Einstein envió una carta al presidente Franklin D. Roosevelt alertándole sobre los avances nucleares de la Alemania nazi. El mensaje impulsó un aumento significativo del presupuesto destinado a investigación.

En total secreto, surgió el Proyecto Manhattan, dirigido por el físico Robert Oppenheimer y el general Leslie Groves. Participaron científicos de renombre como Enrico Fermi, Richard Feynman, Edward Teller, John von Neumann y Harold Urey. En 1945 el proyecto empleó a más de 130 000 personas, convirtiéndose en el mayor esfuerzo científico de la historia.
El fruto de esa maquinaria fue la primera bomba de plutonio, apodada "Gadget", probada el 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México. Con una potencia de 22 kt, la bomba utilizó la energía liberada por la transformación de núcleos atómicos, a diferencia de las explosiones químicas tradicionales.
Hiroshima y Nagasaki: el preludio del holocausto nuclear
Tras el éxito de la prueba, se fabricaron dos bombas operativas: una de uranio (Little Boy) y otra de plutonio (Fat Man). El 6 de agosto de 1945, la Enola Gay lanzó Little Boy sobre Hiroshima; el 9 de agosto, Fat Man devastó Nagasaki. Las explosiones obligaron al emperador japonés a rendirse, poniendo fin a la guerra.
En Hiroshima murieron instantáneamente unas 75 000 personas; el número total llegó a alrededor de 250 000 en las semanas siguientes y la ciudad quedó completamente arrasada. El horror quedó inmortalizado en la película Hiroshima, mon amour, recordándonos que la humanidad había desarrollado el arma más eficaz para su propia destrucción.
Los nazis y la carrera nuclear

Mientras tanto, la Alemania nazi dirigió sus recursos hacia otras armas avanzadas: los cohetes V1 y V2, prototipos de platillos voladores, los primeros aviones a reacción como el He 178 y el Messerschmitt Me 262, e incluso el submarino de sigilo U‑480. Aunque la fisión nuclear estaba bajo estudio, los nazis no apostaron seriamente por ella; incluso si Hitler hubiera invertido recursos, es probable que Estados Unidos hubiera desarrollado la bomba primero.
Sin embargo, la mera posibilidad de que los nazis hubieran poseído una bomba atómica resulta escalofriante: ciudades como Londres o Moscú podrían haber sido borradas del mapa, y el destino de Europa y del mundo habría tomado un rumbo aún más sombrío, tal como imagina Philip K. Dick en The Man in the High Castle.
La bomba de hidrógeno "H"
Tras la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría impulsó una nueva carrera armamentista. El 29 de agosto de 1949 la Unión Soviética detonó su propia bomba de plutonio, rompiendo el monopolio estadounidense. El presidente Harry Truman autorizó el desarrollo de la bomba de fusión, pero Oppenheimer, horrorizado por el poder destructivo, se opuso firmemente.
El 1 de noviembre de 1952, en el atolón Bikini, se probó la primera bomba de hidrógeno, conocida como "Ivy Mike". Con una potencia mil veces mayor que la de las primeras bombas atómicas, su capacidad destructiva superó con creces las estimaciones de los científicos liderados por Edward Teller. Más adelante, el H‑bomb permitió crear armas de dimensiones reducidas, como proyectiles de artillería nuclear y misiles portátiles.
Los arsenales actuales incluyen bombas con rendimientos entre 8 y 40 veces superiores a los de Little Boy y Fat Man, que destruyeron Hiroshima y Nagasaki.
Proliferación nuclear y disuasión
Convertida en el arma suprema, la bomba atómica atrajo a la mayoría de las grandes potencias. Reino Unido fabricó su primera bomba viable en 1957; China (1967) y Francia (1968) siguieron con bombas termonucleares de varios megatones. India, Pakistán, Israel, Corea del Norte y, probablemente, Irán, se han unido al club de potencias nucleares.
Aunque nunca se han usado en combate después de 1945 (solo se han probado), las armas nucleares se convirtieron en instrumentos estratégicos y tácticos: pueden lanzarse desde aviones, misiles, cañones y submarinos. La posesión masiva de estas armas garantiza la "destrucción mutua asegurada", una doctrina de equilibrio del terror que cada bando procura mantener.
Casi imposibles de interceptar y capaces de aniquilar cualquier capital, las bombas atómicas se han convertido en la herramienta de disuasión por excelencia. Es un paradoxal pero real hecho que su proliferación ha evitado, en muchos casos, conflictos mayores, aunque siempre existe el riesgo de que su uso desaparezca la especie humana.
Para profundizar
- "The Atomic Bomb: The Strategy of Terror" de Samy Cohen. Galimmard, 1995.
- "Why Hiroshima? The decision to use the atomic bomb" de Barthélémy Courmont. The Harmattan, 2007.
- "The Heisenberg Mystery: Nazi Germany and the Atomic Bomb" de Thomas Powers. Albin Michel, 1993.