Hace mil años el embarazo era todo un reto. No existían parteras, la medicina apenas empezaba y predominaban las supersticiones. Conoce la realidad de las condiciones bajo las que las extraordinarias mujeres que fundaron Polonia daban a luz.
Ducessa Oda Dytrykówna, segunda esposa de Mieszko, es recordada sobre todo por su gran disputa con Boleslao el Valiente. Sin embargo, la vida de Oda no se limitó a la política, las conspiraciones y las guerras civiles; también fue madre.
Tuvo tres hijos varones y al menos una hija. Sus embarazos se sucedían cada dos o tres años, es decir, casi siempre estaba embarazada, dando a luz o intentando concebir. La maternidad dominó su existencia a orillas del río Warta hasta la muerte de su esposo.
(In)seguridad del parto
Por supuesto, los embarazos frecuentes conllevaban peligros. No obstante, no hay que demonizar los partos medievales: la mortalidad no era tan alta como se suele imaginar. Durante el puerperio entre el diez y el quince por ciento de las mujeres morían, pero esas tragedias casi nunca afectaban a duquesas y nobles.
El nacimiento de Juan el Bautista según una miniatura del siglo XIV. Obsérvese la sonrisa de la madre recién parida y la de su doncella…
Los historiadores han recopilado datos de la dinastía carolingia, revisando el destino de cada esposa, hija, concubina o amante real. Resultó que ninguna —absolutamente ninguna— perdió la vida durante el parto.
En la Gran Polonia, Dobrawa tuvo que enfrentarse a los riesgos del alumbramiento, pero su sucesora vivió en condiciones más civilizadas. A diferencia de las campesinas, las mujeres de alta nobleza contaban con cuartos limpios, la ayuda de sirvientes y damas de la corte, y una dieta variada y nutritiva.
Investigaciones recientes indican que la alimentación era el factor decisivo, ya que la mayor causa de mortalidad materna medieval era la deficiencia de hierro y la hemorragia.
El poder de la superstición
Existían innumerables supersticiones y rituales vinculados al embarazo. Por ejemplo, para confirmar que una mujer estaba encinta se observaban antojos extraños, no tanto los habituales como pepinillos encurtidos, sino deseos de carbón o tierra.
Las damas que deseaban comer barro en secreto eran alimentadas con habas dulces. También estaba prohibido hablar cerca de la embarazada sobre alimentos a los que ella no tuviera acceso; el deseo frustrado podía provocar un aborto.
Los expertos medievales afirmaban saber predecir el sexo del bebé. Si el pecho derecho se agrandaba más que el izquierdo, significaba que sería un hijo; al revés, una hija.
Así imaginaba un pintor checo de la época barroca un nacimiento cortesano del siglo X.
Ritos y bendiciones eclesiásticas
No sabemos si Oda examinaba sus pechos para adivinar si tendría un príncipe o una princesa, pero podemos reconstruir cómo fueron sus siguientes partos.
Tras la puerta cerrada del dormitorio de la duquesa se reunían cortesanos y criadas. En la Edad Media era costumbre dar a luz rodeada de un amplio grupo de allegados; no se consideraba un acto íntimo. Después del parto se comentaba ampliamente y surgían rumores. Los hombres —incluso el propio príncipe— no estaban admitidos, al igual que cualquier especialista.
En el siglo X aún no existía la profesión de partera y la ginecología apenas rozaba la medicina. Aunque circulaban ilustrados manuales sobre cómo manejar una posición fetal anómala, era dudoso que llegaran a Poznań.
Quien apoyaba a Oda en esos momentos difíciles era probablemente una herbalista local con conocimientos de encantamientos. En Alemania, pese a siglos de tradición cristiana, la situación era similar, aunque la curandera practicaba una brujería germánica.
Las mujeres empleaban apoyos mágicos con la tácita aprobación de la Iglesia; muchos hechizos y recetas tradicionales se conservan en los libros monásticos.
Oscuridad y calor
Oda estaba rodeada de amuletos especiales; quizás le dieron una manzana o un trozo de queso bajo un hechizo para facilitar el parto. Una acompañante probablemente esparció semillas de cilantro a sus pies, pues se creía que atraían al feto hacia el exterior.
Si el alumbramiento se retrasaba, la duquesa podía tomar un baño de hierbas o beber una infusión especial. También se recomendaba caminar alrededor del dormitorio para estimular al niño. Esponjas, vendajes y recipientes con agua tibia estaban preparados, sea que el parto ocurriera de noche o al mediodía.
El ritmo apagado del nacimiento
Según los textos de la época, la mujer embarazada necesitaba oscuridad y calor; la baja temperatura y la luz podían provocar complicaciones. Sin embargo, el silencio no era aconsejable; al contrario, se alentaba el ruido.
¿Parto en compañía numerosa? Era la norma en la Edad Media.
Mientras se preparaba el nacimiento, Oda escuchaba cantos provenientes de la habitación contigua. El capellán y los cortesanos entonaban oraciones especiales, entre ellas el "Peperit", una letanía medieval dedicada al parto que recordaba a las madres bíblicas.
"Anna peperit con Samuel… Elisabeth con Iohann… Anna peperit con Mariam, Maria peperit con Christum…" resonaba en ecos apagados durante media hora o más.
Fuentes
El artículo se basa en la literatura y los materiales recopilados por la autora para el libro "Iron Ladies. The Women Who Built Poland".
- Marianne Elsakkers, In Pain You Shall Bear Children (Gen 3:16). Medieval Prayers for a Safe Delivery, en Women and Miracles Stories. A Multidisciplinary Exploration, ed. Anne‑Marie Korte, Leiden 2001.
- M.H. Green, Childbirth and Infancy, en Dictionary of the Middle Ages. Supplement I, ed. W.C. Jordan, New York 2004.
- M.H. Green, "Cliff Notes" on the Circulation of the Gynecological Texts of Soranus and Muscio in the Middle Ages, 31 de julio de 2015.
- Paula M. Rieder, Pregnancy and Childbirth. Christian Women, en Women and Gender in Medieval Europe. An Encyclopedia, ed. M. Schaus, New York 2006.
- Suzanne Fonay Wemple, Women in Frankish Society. Marriage and the Cloister, 500 to 900, Philadelphia 1981.
- Bonnie Wheeler, Medieval Mothering, New York 1996.
- Dorota Żoładź‑Strzelczyk, Nursing and feeding of infants in medieval Poland, en Nihil superfluum esse, eds. J. Strzelczyk, J. Dobosz, Poznań 2000.