¿Consejos legales para cualquier ocasión? ¿Regulaciones absurdas y sanciones inimaginables? Los habitantes de la Inglaterra medieval lo sabían todo… y mucho más.
Los llamados “siglos oscuros” no fueron tan oscuros en cuanto a la meticulosidad legal. En Europa occidental se redactaron códigos que regulaban hasta los aspectos más triviales de la vida cotidiana. Cada ciudad, condado o shire tenía sus propias normas, a menudo radicalmente distintas entre sí, pero todas compartían una obsesión por imponer orden en el caos típico de la época.
Un ejemplo paradigmático son los Worcester Circuit Statutes, citados extensamente en el nuevo libro de Ian Mortimer En la ciudad, fuera de ella y en el monasterio: cómo sobrevivir en la Inglaterra medieval. Según esas leyes, el grano sólo podía comprarse en verano “antes de la campana de las 11” y en invierno “antes de la campana de las 12”. Además, estaba prohibido estacionar caballos en la plaza principal.
El despiece de animales sólo podía realizarse en un punto designado sobre el puente, y estaba prohibido arrojar excrementos desde ese mismo puente. El lavado de ropa también estaba restringido a un lugar concreto. No se permitía “soltar los cerdos”, para no molestar a los vecinos, y la libertad de expresión estaba limitada: “ningún ciudadano podrá criticar a los consejeros, al chambelán o al juez de la ciudad”.
Estas normas pueden parecer detalladas, pero aún no alcanzan lo verdaderamente extravagante que veremos a continuación.

I. Pan sin levadura y queso
En la Edad Media existían pruebas de culpabilidad tan crueles como caminar sobre hierro candente; si la víctima se quemaba, se consideraba culpable. Sin embargo, también había pruebas mucho más inocentes y hoy en día desconocidas, como la llamada “prueba del pan y el queso”. Consistía en obligar al acusado a tragar un trozo de pan de cebada sin levadura y un queso de oveja elaborado en mayo. Si lograba ingerirlo durante la misa, era declarado inocente.

II. Lavar las ovejas del señor
El autor Nathan Belofsky, en The Book of Strange and Curious Legal Oddities, relata un caso del siglo XIII registrado en los archivos judiciales ingleses. En él, todos los habitantes de una abadía fueron castigados por “no lavar las ovejas del señor”. Los detalles del proceso y la justificación legal se han perdido, pero la anécdota ilustra la extraña preocupación por el cuidado del ganado ajeno.

III. Prohibido robar huevos de cisne
Según ordenanzas reales de los siglos XIV y XV, ningún habitante de Inglaterra podía “robar huevos de halcón, de milano o de cisne del nido”. También estaba prohibido poseer trampas si no se era dueño del bosque. Además, se vedaba vender carpas que “no fueran buenas en su interior ni en los bordes del recipiente”.
En resumen: una combinación de normas sanitarias, ecologistas y de protección forestal.

IV. No usar almohadas de cabra
Alrededor de 1485, el rey Enrique VII decretó que sólo el monarca podía decidir sobre los materiales de los lechos de sus súbditos. En toda Inglaterra, las almohadas debían rellenarse “únicamente con plumas secas y rotas, no con hierba ni con ningún otro material”. Los colchones, por su parte, no podían contener crines de caballo, ciervo, cabra o hierba, pues “emanaban un olor desagradable al calentarse con el cuerpo humano”.

V. Prohibido jugar al tenis
Ian Mortimer señala en su libro que en Worcester estaba estrictamente prohibido participar en ciertos juegos “peligrosos y degenerativos”. No se trataba de carreras de caballos ni de cartas, sino de tenis. La normativa decía: “Nadie jugará al tenis en el ayuntamiento”. Curiosamente, la prohibición se extendió a condados vecinos como Warwickshire, mientras que en Rye, Sussex, sí se permitía jugar, pero solo el día de Navidad.

VI. No comer ballenas
El jurista del siglo XIII Henry de Bracton anotó que “la cabeza de toda ballena pertenece al rey y la cola a la reina”. Esta regla se codificó bajo el reinado de Eduardo II (1307‑1327) y, sorprendentemente, sigue vigente. Según la norma, cualquier ballena capturada cerca de las costas del reino o varada en la orilla pasa a ser propiedad del monarca. La misma disposición se aplica a delfines y a esturiones.
Bibliografía
- Nathan Belofsky, The Book of Strange and Curious Legal Oddities, Penguin, 2010.
- William Blackstone, Commentaries on the Laws of England, vol. I, Clarendon Press, 1765.
- Christopher Daniell, Death and Burial in Medieval England 1066‑1555, Routledge, 2005.
- Ian Mortimer, En la ciudad, fuera de ella y en el monasterio: cómo sobrevivir en la Inglaterra medieval, Astra Publishing House, 2017.
- Kerry Segrave, Lie Detectors: A Social History, McFarland & Company, 2003.