La tortura forma parte de la visión moderna de la Edad Media, pero pocos recuerdan que tras el tormento seguía una fase de tratamiento.
El cirujano italiano Guillermo de Saliceto (William of Saliceto) escribió el tratado De las heridas de los torturados por azotes y colgaduras, donde describía numerosos casos de rehabilitación tras diferentes tipos de tortura. Desde el punto de vista médico existían soluciones, aunque la atención se dirigía más a los juristas que a los médicos.
“Mientras los médicos intentaban diagnosticar e interpretar el dolor, los jueces, formados en el derecho romano, buscaban justificaciones legales para la tortura”. — Esther Cohen
El “spa” medieval
Guillermo de Saliceto fue pionero en higiene: recomendaba baños frecuentes para recién nacidos y una mejor limpieza a las embarazadas. Rechazó la teoría de Galeno de que la supuración indicaba curación y, gracias a su discípulo Lanfranco de Milán, sus métodos se difundieron también en Francia. En sus obras dedicó amplio espacio a la atención de los torturados.
Para comprender la situación de las víctimas, es útil conocer los métodos de tortura más habituales en la época.
Según Piers Michella, la Inquisición empleaba azotes, estiramientos y quemaduras. La suspensión consistía en atar los pies con peso y elevar al reo por una cuerda en los muñecos, provocando dislocaciones de hombros al soltarlo bruscamente.
El rompimiento de círculos (la “rueda”) era otro método muy extendido.
Guillermo también describió tratamientos para quienes habían sido golpeados en la planta de los pies: “Envuelva al paciente en piel de caballo aún tibia, luego ofrézcale baños relajantes y una dieta baja en grasas”.
Guy de Chauliac, conocido como el “padre de la cirugía”, retomó la idea y añadió la aplicación de estiércol de caballo fresco, una práctica que, aunque extraña, buscaba aliviar el trauma sin empeorarlo.
El verdugo, un médico inesperado
Muchos verdugos poseían conocimientos anatómicos superiores a los de muchos médicos de la época. Sus “curaciones” no buscaban la recuperación completa, sino mantener al reo con vida para seguir torturándolo.
Sin embargo, su saber era tan valorado que existían normativas que regulaban sus intervenciones. Como relata Nathan Belofsky:
“Al igual que los médicos, los verdugos necesitaban permisos. Algunos juraban no haber matado y se les prohibía trabajar con judíos; Federico el Grande exigía exámenes escritos para sus curanderos”.
Cuando la medicina dirigía la tortura
En algunos casos, los propios médicos recomendaban la tortura como tratamiento, sobre todo cuando se sospechaba posesión demoníaca. Tras detectar “estigmas diabólicos” en el cuerpo, el paciente era enviado a la cámara de tortura, donde confesaba bajo el sufrimiento.
Incluso los verdugos curaban a víctimas de tortura, aunque sus métodos eran rudimentarios.
En esa época no existía una comprensión de la enfermedad mental o la epilepsia. El famoso Ambrosio Pare diagnosticó posesión en un paciente epiléptico y defendió la ejecución de brujas.
¿Los mismos médicos que ordenaban la tortura para “curar” la posesión atendían luego a los pacientes “recuperados”? Probablemente sí, pero carecían de tratamientos efectivos para las secuelas físicas y psicológicas, que siguen siendo un desafío para la medicina contemporánea. Aun cuando la comunidad internacional condena la tortura, organizaciones como Amnistía Internacional denuncian su uso en varios países.
Bibliografía
- Belofsky, N., How Was Treated in the Past. RM Publishing, Varsovia, 2014.
- Mitchell, P., The Torture of Military Captives in the Crusades to the Medieval Middle East. University of London, 2006.
- Cohen, E., The Modulated Scream: Pain in Late Medieval Culture. University of Chicago Press, 2009.