Si la historia nos ha enseñado algo, es que la humanidad puede trabajar de forma constante y razonable por la paz futura. El mejor ejemplo fueron las rutas de la seda, recorridas hace siglos por mercaderes que intercambiaban bienes exóticos y raros. Hoy siguen existiendo, pero para comprenderlas es necesario primero entender su origen.
Las primeras civilizaciones surgieron en Asia. Las ciudades más antiguas que conocemos se establecieron en Mesopotamia, a orillas de los ríos Tigris y Éufrates, y en el valle del Indo. Allí las condiciones eran idóneas: el acceso al agua garantizaba una vida saludable y permitía cultivar fértiles campos ribereños. Por eso muchos creen que la humanidad nació en Mesopotamia, cuyo nombre significa literalmente “tierra entre los ríos”.
Sin embargo, la mera fuerza no bastaba para que los estados sobrevivieran; también hacía falta una organización eficiente. Los gobernantes comprendían la importancia del orden y la ley, por lo que surgieron los primeros códigos, como el Código de Hammurabi, redactado hace 4 000 años bajo el mandato del rey de Babilonia. Se construyeron carreteras que facilitaban el transporte de mercancías a cientos de kilómetros, se reguló la calidad de los productos y se establecieron sistemas tributarios justos y bien gestionados.
La rueda de la fortuna en la Antigüedad
El mayor imperio de la época fue el persa, que se extendía desde el Mediterráneo hasta el Himalaya. Ciudades como Persépolis, Pasargada y Suza albergaban magníficos edificios que demostraban la riqueza de sus habitantes y el poder de sus monarcas. Los persas adoptaban con entusiasmo las costumbres, la ropa y la comida de los pueblos conquistados, combinando lujo con una constante sed de aprendizaje.
Esta expansión provocó los conflictos greco‑persas, con batallas legendarias como Maratón, Termópilas y Salamina, donde las polis griegas defendieron su independencia. Finalmente, los griegos repelieron la invasión persa, pero la rueda del destino volvió a girar.
Alejandro Magno, considerado por muchos el mejor comandante militar de la historia
Tras derrotar a los persas en Asia Menor y Egipto, Alejandro, rey de Macedonia, arrasó la enorme armada persa en Gaugamela (actual Irak). A partir de ese triunfo, emprendió una marcha extraordinaria por el corazón del imperio persa, fundando ciudades, construyendo carreteras y erigiendo fortalezas. Su política de buen trato a los pueblos conquistados –“la lealtad de ellos garantiza la estabilidad del imperio”– le permitió crear un territorio que se extendió en todas direcciones hasta su muerte, a los 33 años, en el 323 a.C.
La caravana sigue su camino
Las conquistas de Alejandro profundizaron los contactos entre Oriente y Occidente. El intercambio de mercancías, personas y creencias –religión, literatura, educación– se aceleró notablemente. Los gobernantes de la India llegaron a emitir órdenes en varios idiomas, entre ellos griego y arameo, para ser comprendidos por todas las clases y culturas. Así, las rutas de la seda se llenaron de mercaderes, viajeros, predicadores y maestros.
En el otro extremo, la dinastía Han, fundada alrededor del 200 a.C. por el emperador Gaozu y la emperatriz Lü Zhi, expandió su territorio hacia el oeste. El historiador chino Sima Qian empezó a recopilar información sobre los pueblos más allá del desierto y las montañas que limitaban la China antigua, describiendo mercados en Asia Central donde se comerciaban gemas, perlas, especias y alimentos exóticos como pepinos, pistachos y melocotones, cuyo precio justificaba el largo y peligroso trayecto.
Sima Qian, el legendario historiador chino, documentó el mundo más allá del desierto
Los bienes se transportaban en caravanas de camellos; los restos óseos hallados en los desiertos de China occidental testimonian los duros riesgos: calor extremo, falta de agua y tormentas de arena. La seda, tejido delicado producido a partir de los capullos del gusano de seda que se alimenta de hojas de morera, se convirtió en uno de los productos más valiosos, no solo por su simbolismo de riqueza y estatus, sino también como medio de pago.
Las nuevas rutas de la seda
En septiembre de 2013, durante un discurso en Astana (hoy Nur‑Sultan), el presidente chino Xi Jinping recordó que durante más de 2 000 años las poblaciones de la franja que une Oriente y Occidente han coexistido, cooperado y prosperado pese a sus diferencias raciales, religiosas y culturales. Anunció entonces el ambicioso plan de crear una "Franja Económica de la Ruta de la Seda", cuyo objetivo es fortalecer los lazos comerciales y crear nuevas conexiones.
El proyecto, conocido como "Una Franja, una Ruta", ya está en marcha. Miles de millones de dólares se invierten en carreteras, puentes, ferrocarriles de alta velocidad, puertos, aeropuertos y oleoductos, no solo en Asia sino también en África y Europa. Se presta especial atención a los países cuyas riquezas naturales –petróleo, gas, aluminio, cobre y uranio– forman parte de la estrategia de desarrollo chino.
Esta inmensa escala de inversiones influye en las economías de otras naciones y se sustenta en los profundos cambios de los últimos tres decenios en el comercio mundial. Asia ha crecido de forma explosiva desde 1990; propietarios de clubes de fútbol como el Paris Saint‑Germain, Chelsea o Manchester City provienen del Golfo Pérsico, Rusia y China. Cadenas de retail, hoteles y parques temáticos –Sainsbury's, Hilton, Disneyland– también cuentan con accionistas mayoritarios del Oriente en expansión.
Extracto del libro de Peter Frankopan “Rutas de la seda. Nueva historia del mundo”, publicado por Editorial Wilga.
Desde el Golfo Pérsico hasta la costa del Pacífico chino, surgen galerías de arte, universidades y escuelas como setas. Asia se enriquece a paso de galopante y ciudades como Dubái, Doha, Kuala Lumpur, Shanghái y Nur‑Sultan, reminiscentes de oasis de las antiguas rutas, rebosan vida y optimismo.
«Una Franja, una Ruta»
Los países situados entre la cuenca del Mediterráneo oriental y la costa del Pacífico buscan mejorar sus relaciones mutuas. A través de instituciones como la Organización de Cooperación de Shanghai, el Consejo de Cooperación de Estados de habla turca y la Unión Económica Euroasiática, y participando en el programa "Una Franja, una Ruta", fortalecen sus lazos y eliminan barreras comerciales, tal como hacían los viajeros de la ruta original.
No obstante, el desarrollo asiático enfrenta numerosos obstáculos. Las inversiones de gran escala no siempre son fáciles de ejecutar, sobre todo cuando deben adaptarse al ritmo vertiginoso de los cambios globales.
Las reacciones negativas a la globalización, especialmente en EE. UU. y Europa, generan barreras arancelarias y proteccionismo. En el propio Oriente, la cooperación se ve entorpecida por tensiones –por ejemplo, entre Pakistán e India o entre Irán y Arabia Saudí– y por la amenaza de organizaciones como ISIS y Al‑Qaida, que fomentan la discordia. Además, las nuevas tecnologías pueden ser un arma de doble filo, al difundir información y opiniones a una velocidad sin precedentes.
En conclusión, la historia nos muestra que la humanidad es capaz de trabajar persistentemente por la paz. La estabilidad es la base para la prosperidad, la tolerancia y un futuro donde cada persona pueda desarrollarse. En las dos primeras décadas del siglo XXI, con la crisis aún latente, analizar el pasado resulta más crucial que nunca.
Fuente
Extracto del libro de Peter Frankopan “Rutas de la seda. Nueva historia del mundo”, publicado por Editorial Wilga.