Accidente infantil
Vigilar a un niño de siete años es complicado, y más si lleva bicicleta. En el caso de Henry, el accidente dejó una lesión craneal que marcaría su vida. Existen dos versiones: una en la que el propio Henry se cayó y se golpeó la cabeza, y otra en la que fue atropellado por un ciclista. Lo que ocurrió provocó episodios de epilepsia parcial que, con el tiempo, evolucionaron a crisis más graves.
En la infancia, la epilepsia parcial se caracterizaba por mantener la conciencia, aunque acompañada de alucinaciones, déjà vu, trastornos del habla y percepciones espaciales erróneas. Cada episodio duraba menos de dos minutos y, curiosamente, Henry los recordaba con gran detalle.
Con la edad, las crisis se intensificaron. A los 16 años ya experimentaba convulsiones con pérdida de conciencia y contracciones musculares. Los anticonvulsivantes le permitieron terminar la escuela y trabajar en una línea de montaje, pero a los 27 años la enfermedad lo obligó a buscar un tratamiento definitivo.
Cirugía experimental
En la década de 1950, las opciones terapéuticas para la epilepsia eran escasas. El Dr. William Beecher Scoville proponía una cirugía experimental que consistía en extirpar las áreas del cerebro donde se originaban las crisis. Hasta entonces, sus pacientes sufrían de esquizofrenia o psicosis, por lo que desconocía los efectos en una persona sana.
El 1 de septiembre de 1953, Henry aceptó la operación. Se le extirparon aproximadamente 8 cm de tejido cerebral del hipocampo, la amígdala y la corteza entorrinal, estructuras clave para la memoria.
Hoy en día la técnica se realiza con láser y precisión milimétrica, pero en aquella época la cirugía era una apuesta a ciegas.
Consecuencias de la intervención
La cirugía redujo drásticamente la frecuencia de las crisis epilépticas, pero tuvo un costo inesperado: Henry perdió gran parte de los recuerdos de los dos años previos a la operación, y en algunos casos recuerdos de hasta 11 años atrás. Los recuerdos de la infancia permanecieron intactos.
Además, quedó incapaz de crear nuevos recuerdos declarativos. Cada día lo vivía como si fuera la primera vez; el personal tenía que presentarse nuevamente y, tras leer un periódico, lo volvía a leer minutos después. Tampoco reconocía su propio rostro en fotografías ni notaba el envejecimiento.
El enigmático paciente H.M.
Durante el resto de su vida, Henry vivió en un centro de cuidados donde fue objeto de innumerables estudios. Para proteger su identidad, los investigadores lo citaron como “paciente H.M.”; sus datos personales solo se divulgaron tras su muerte en 2008.
Los experimentos revelaron la diferencia entre memoria explícita (hechos y episodios) y memoria implícita (procedimientos). Aunque H.M. no recordaba lo que había hecho el día anterior, aprendía nuevas habilidades sin dificultad y mantenía sus capacidades intelectuales generales.
Vida sin memoria explícita
Quienes trabajaron con él lo describieron como un hombre educado pero a menudo confundido, que buscaba constantemente referencias para orientarse en el tiempo. Disfrutaba de crucigramas y podía resolverlos, siempre que la información requerida estuviera almacenada antes de la cirugía.
Un test consistía en formar una estrella a partir de puntos reflejados en un espejo. Con cada intento, Henry mejoraba, aunque siempre parecía hacerlo por primera vez.
El caso de H.M. impulsó la investigación de Suzanne Corkin y de muchos otros neurocientíficos, sentando las bases para estudios sobre el Alzheimer, los métodos de aprendizaje y la recuperación de recuerdos perdidos.
Tras su fallecimiento, se conservó su cerebro para la ciencia, ofreciendo una valiosa herramienta para comprender la arquitectura de la memoria humana.