Introducción
El cambio entre los siglos IV y V d.C. no solo marcó el fin de la Antigüedad y el inicio de la Edad Media, sino también el comienzo del interés cristiano por la masturbación. En los primeros siglos después de Cristo la Iglesia se ocupaba de problemas más urgentes (persecuciones, supervivencia, etc.), pero una vez estabilizada, sus pensadores comenzaron a debatir una cuestión que sigue persiste hoy.

Los primeros denunciantes
San Juan Casiano (d. 435) sostenía que los sueños eróticos, las reflexiones nocturnas y la masturbación eran señales de lujuria que podían obstaculizar incluso al monje más devoto. San César de Arles (siglos V‑VI) compartía esta opinión, y Guiberto de Nogent (siglos XI‑XII) llevó el discurso al extremo.
El “sacrificio al diablo”
Guiberto relató una historia moralizante sobre un monje incrédulo que, tras buscar conocimientos de magia negra, acudió a un judío que le presentó al propio Satanás. El demonio exigía como ofrenda… su propio semen: «Espárcelo sobre mí y luego pruébalo; así me adorarás», según el relato. Esta anécdota se convirtió en advertencia desde los púlpitos, presentando la masturbación como un acto de glorificación satánica.

Contrario a la creencia popular, la desnudez no estaba tan censurada en la Edad Media como pensamos hoy.
Penitencias y castigos
San Columbano (siglo VI) recomendaba, en su penitencial, al menos dos años de ayuno estricto para los pecadores de este acto, al mismo nivel que el bestialismo.
¿Un pecado cardinal?
Tres siglos después, el arzobispo de Reims, Guy de Roye, afirmó que la masturbación era un pecado tan grave que sólo el obispo podía perdonarlo como excepción. Sin embargo, fuera de los monasterios la práctica no se consideraba un problema serio.
Ni la autoridad secular la perseguía, ni la mayoría de los autores de penitenciales la condenaban severamente.
Paenitentiale Bigotianum (siglo IX) proponía sólo un ayuno de tres semanas para los clérigos que se entregaran a la masturbación; el Old English Penitential sugería un ayuno de veinte días.

Algunos objetos medievales, como broches con representaciones fálicas, demuestran que la temática no era tabú. (Foto: Journal of Archaeology in the Low Countries).
Las penas eran similares para hombres y mujeres, salvo cuando se utilizaban artificios. Burchard de Worms (siglos X‑XI) recomendaba una penitencia de un año (si se hacía en solitario) o tres años (si había cómplices) para la masturbación femenina con objetos artificiales.
Los estudios modernos señalan que la masturbación se consideraba el pecado sexual menos grave, y muchos se preguntaban si merecía confesión o penitencia.
¿Y si todos lo hacen?
Al final del siglo XIV, Jean Gerson dedicó un tratado completo al tema. Por un lado, lo veía como un problema importante; por otro, reconocía que la mayoría de los niños comenzaban a masturbarse entre los tres y cinco años, y que la práctica se volvía una costumbre difícil de romper.
La solución medieval incluía buena compañía, oración frecuente, ayuno y autoflagelación. Gerson también sugería escupir en el suelo mientras se recitaba una fórmula para alejar al demonio, intentando que la lujuria se disipara temporalmente.

Ilustraciones como el “Decretum Gratiani” (Italia, 1340‑1345) mostraban cómo la Iglesia intentaba regular estos comportamientos.