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Esterilización de… ¡oídos! Así evitaban los antiguos los embarazos no deseados

Preparados vegetales, precondones de intestinos de oveja, perforaciones de extremidades, sujeciones genitales y, por último, incisiones en los oídos. Ya en la Antigüedad se buscaban soluciones al problema del embarazo no deseado. ¿Encontraron algún método eficaz?

Hace dos mil años Areteo de Capadocia sostenía que el hombre que conservaba su semilla era más fuerte y valiente, como un atleta antes de la competición. Las mujeres, salvo las sacerdotisas consagradas a la virginidad, eran tratadas como máquinas de procreación. En esa época la abstinencia era la principal medida preventiva.

En casos extremos se practicaban la clitoridectomía o la circuncisión femenina para “reducir su vigor”. Algunos médicos recomendaban la infibulación: en los hombres se perforaba el pene y se colocaba una pequeña abrazadera; en las mujeres se realizaba un procedimiento similar en los genitales. ¡Incluso se usaban férulas anales!

Se inventaron cubiertas de cuero y crin de caballo. El poeta latino Marcial, del siglo I‑II d.C., en un epigrama se burlaba de una dama que llevaba un velo de este tipo y aconsejaba que usara también una “máscara”. En otro verso menciona a una esclava “infibulada” en el baño. Estas medidas se aplicaban principalmente a sirvientes y esclavas, pero no exclusivamente.

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Hoy asociamos la circuncisión a un rito religioso judío, pero los griegos y romanos también la practicaban como método anticonceptivo.

Si la abstinencia resultaba extraña, ¿qué otros métodos menos drásticos utilizaban? El médico y filósofo griego Sorano de Éfeso conocía el ciclo menstrual y aconsejaba tener relaciones en los días “seguros”. También recomendaba la intermitencia sexual y, curiosamente, que la mujer estornudara y se agachara después del coito para expulsar el esperma. Otros recurrían a amuletos, ramos de peonías bajo la cama o a “gusanos de la cabeza de una araña peluda”, según algunos expertos de la época.

Hierbas y preparados vegetales

Los tratados de médicos griegos y romanos describen decocciones de ruda, sauce blanco y menta de campo, así como pociones de granada (según la leyenda, Perséfone las usaba para evitar el embarazo). Se colocaban bayas de enebro trituradas junto a la vagina. La ferula (apio‑eneldo) en dosis pequeñas impedía la concepción y en dosis altas provocaba abortos tempranos.

Las semillas de zanahoria silvestre se empleaban como una especie de “píldora del día después”. Estudios modernos confirman que los terpenoides de estas semillas pueden dificultar la implantación del embrión e inhibir la progesterona.

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Dioscórides, médico y botánico griego del siglo I d.C., compiló un tratado de cinco volúmenes sobre hierbas, considerado la obra más importante de la época.

El remedio vegetal más famoso era el silfio, descrito por Dioscórides. Era una planta africana de flores amarillas y tallo largo. Monedas de Cirenaica (Libia) la representan con una mujer señalando su vientre, indicando su uso anticonceptivo. Su popularidad provocó su extinción; ya en tiempos de Julio César se almacenaban varios cientos de kilogramos como tesoro estatal. Hoy se debate si el silfio era en realidad una variedad de hinojo, tal vez relacionada con la ferula.

No solo hierbas

Algunas mujeres griegas y romanas usaban preparados más agresivos. Hipócrates afirmaba que una mujer no quedaría embarazada durante un año tras beber un “cuenco” de sulfato de cobre. También se aplicaba una pomada de blanco de plomo en la vagina, aunque hoy sabemos que era mortal.

Se empleaban sustancias pegajosas antes del coito: aceite de oliva frío con vinagre, miel, resina de cedro con vino, jugo de bálsamo, alumbre húmedo, entre otros. Los ácidos podían tener efecto espermicida. También se utilizaban anillos vaginales de lana empapada en corteza de pino o zumaque y vino, que se retiraban unas horas después del acto sexual.

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Cuando la contracepción fallaba y ya había embarazo, los médicos antiguos recurrían al aborto mediante extractos vegetales, tiras de papiro insertadas en el útero, o provocando estrés físico (ejercicio intenso, cargas pesadas, baños calientes, masajes vigorosos). Como último recurso, se practicaban abortos mecánicos.

Controversia del aborto

En la Antigüedad el aborto no se consideraba moralmente reprobable. Aunque legisladores como Licurgo en Esparta o Solón en Atenas lo criticaban, lo toleraban. Platón recomendaba que, en ciertos casos, “ni una sola fruta de ese coito viera la luz”. Aristóteles lo aceptaba mientras el feto no se moviera.

Filipo V de Macedonia, preocupado por la despoblación, prohibió tanto el aborto como la anticoncepción y el abandono de niños, logrando un aumento del 50 % en la población masculina en treinta años. En Roma, según la tradición, Rómulo prohibió el aborto y permitía al marido abandonar a su esposa si usaba pociones venenosas. Sin embargo, solo en el siglo III d.C. los emperadores Septimio Severo y Caracalla emitieron decretos específicos contra el aborto.

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Estas leyes no buscaban proteger la vida del feto, sino el derecho del padre a descendencia. Incluso bajo el cristianismo imperial, la legislación anti‑abortiva siguió siendo escasa; se hallan inscripciones paganas que prohíben el uso de abortivos en templos.

La “esterilización” de los oídos

Los hombres también tenían sus propios métodos. Inspirados en la creencia pitagórica de que la “semilla” era una gota cerebral que descendía por la cabeza y los oídos hasta el pene, algunos filósofos propusieron incisiones alrededor de los oídos para cortar ese camino y evitar la fertilidad. Aunque su eficacia es dudosa, muestra la amplitud de ideas que circulaban.

Además, se utilizaban precondones hechos de intestinos o vejigas de oveja, siguiendo el ejemplo de los egipcios y la leyenda del rey Minos, que se protegía de escorpiones y serpientes que supuestamente salían de su miembro.

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En la antigüedad la anticoncepción era un asunto de ambos sexos. Los hombres no solo usaban prototipos de condón, sino que también recurrían a “esterilizaciones” tan extremas como la castración o, según algunos relatos, las incisiones en los oídos.

Conclusión

Los antiguos griegos y romanos emplearon una amplia gama de métodos, desde hierbas y pociones hasta mutilaciones y técnicas quirúrgicas, para evitar o interrumpir embarazos. Aunque muchos resultaban ineficaces o peligrosos, revelan una constante preocupación por el control de la fertilidad que sigue alimentando el debate actual entre defensores del pro‑life y el pro‑choice.

Como señala la historiadora Krystyna Stebnicka, los relatos de Tertuliano sobre el uso de sondas de bronce para abortar demuestran que los instrumentos disponibles eran tan rudimentarios como los de cualquier ginecólogo de la época.