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El gato de nueve colas y el burro español: el castigo corporal en los ejércitos

“El ejército está formado mayormente por tipos ociosos. Sin la vigilancia constante del comandante, esta máquina se desintegra rápidamente”, afirmó Federico el Grande. Con esa preocupación por la disciplina, el rey filósofo convirtió a sus soldados en temerosos de sus oficiales, más que del enemigo.

Federico es recordado por su rigor militar, pero no fue el único en aplicar castigos corporales. Según el historiador John Lynn, la doctrina de la época consideraba al soldado "entrenado pero no confiable", sea voluntario o recluta, y se le trataba como posible desertor.

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Los modelos de disciplina romana y sus severos castigos dejaron una huella profunda en la posteridad.

Para evitar la deserción, la disciplina se reforzaba con entrenamiento rígido y castigos ejemplares. El duque de Wellington decía: "No sé cómo podría existir un ejército sin disciplina"; Napoleón, por su parte, aseguraba que "nadie recuerda tanto una sanción como el castigo corporal".

Un modelo a seguir

Los historiadores militares atribuyen el surgimiento de la disciplina estricta (incluido el castigo corporal) a los cambios del campo de batalla moderno, donde la infantería pasó a ser la fuerza dominante. La investigadora Elżbieta Olzacka explica que la eficacia de la infantería no dependía tanto de armas avanzadas, sino de una nueva organización del combate, ejemplificada por los soldados suizos de alta montaña, que rompieron el monopolio de la caballería con armas tan simples como la alabarda.

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Niccolò Machiavelli, ya en el Renacimiento, defendía la restauración de la antigua organización militar, pues sin ella la infantería resultaba "totalmente inútil".

Los comandantes de las legiones romanas tenían poder de vida o muerte sobre sus tropas. Las ejecuciones sumarias con espada o hacha eran comunes, y la flagelación a menudo se usaba como alternativa a la pena capital para delitos graves como la deserción, el espionaje o el hurto.

El látigo a los rebeldes

Además de multas, degradaciones o la privación de raciones, los legionarios podían ser azotados por insubordinación, cobardía o conducta indecorosa. El historiador griego Polibio describe que se castigaba con fusta a quien robara en el campamento, mintiera bajo juramento o repitiera tres veces la misma falta.

El instrumento más temido era el flagrum, una fusta con varias correas y ganchos que desgarraba la carne. Los desertores capturados eran condenados al fustuarium: una paliza con mazos frente a la unidad, seguida de la expulsión o la lapidación.

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La temida decimación

Para castigar a una cohorte rebelde, los romanos practicaban la decimatio. La unidad se dividía en grupos de diez; de cada grupo, uno era seleccionado al azar y ejecutado, normalmente decapitado o golpeado hasta la muerte por sus compañeros. La medida se aplicaba sin importar rango o reputación.

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Contrario a la creencia popular, la decimación era rara, pues su uso excesivo minaba la moral del ejército. Sin embargo, el emperador Maximiano llevó la práctica al extremo: la legión tebana, compuesta por coptos egipcios, fue decimada dos veces consecutivas, acabando con los 6.600 soldados.

La Marina Real y el gato de nueve colas

La Marina Británica siempre se distinguió por su disciplina férrea. Desde el siglo XVII, los reglamentos enumeraban los delitos y sus penas, que se anunciaban semanalmente a toda la tripulación.

El gato de nueve colas y el burro español: el castigo corporal en los ejércitos

Mientras la muerte se reservaba para crímenes graves, la flagelación era la sanción habitual para faltas menores. El castigo más temido era el "gato de nueve colas", una fusta de nueve cuerdas enceradas con nudos que desgarraban la piel, a veces acompañada de un baño de agua de mar para "limpiar" las heridas.

En casos extremos, la sentencia incluía la "flagelación alrededor de la flota": el número de latigazos se dividía entre los buques del puerto y el condenado era llevado en una pequeña barcaza a cada nave para recibir la parte correspondiente, bajo la supervisión de un cirujano.

Castigos en la Guerra Civil estadounidense

Al estallar la guerra, tanto la Unión como la Confederación carecían de ejércitos profesionales. La mayoría de los soldados eran voluntarios o conscriptos, poco habituados a la dureza militar.

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Los delitos más frecuentes eran insubordinación, simulación de enfermedad, negligencia, deserción y cobardía. Aunque la flagelación había sido abolida, seguían empleándose penas humillantes como el "silenciamiento": el condenado debía sentarse con las rodillas al pecho, manos atadas a los tobillos y una barra de madera entre los codos y las rodillas, impidiendo cualquier movimiento.

Otra sanción era cargar una pesada balanza de madera sobre la cabeza y recorrer el campamento hasta colapsar por agotamiento. También se obligaba a los infractores a arrastrar una bola de cañón atada a la pierna, a permanecer de pie sobre un barril durante horas o a ser atados a la rueda de un cañón en posición incómoda.

El burro español

Según la investigadora Tahlia Y. Burton, la marca de hierro caliente (usualmente en la frente) servía más como estigma que como castigo físico, pues señalaba la letra inicial del delito cometido, recordando a los soldados la práctica del marcado de ganado del Viejo Oeste.

El tormento más elaborado era el "burro español" o "mula de madera". El condenado se sentaba sobre el borde estrecho de una tabla o caja triangular, elevada de modo que sus pies no tocaban el suelo. Sobre sus pies se colocaba peso adicional y la tabla estaba dentada, provocando graves lesiones perineales; sólo la pérdida del conocimiento evitaba consecuencias aún peores.

Para crímenes de mayor gravedad, como la deserción, la pena era la ejecución por fusilamiento, aunque durante la Guerra Civil se registraron menos de 200 fusilamientos, indicando una cierta reticencia a emplear la pena capital.