Desde junio de 1940, cuando los tanques alemanes aplastaron la resistencia francesa al otro lado del Canal de la Mancha, los británicos, conscientes de la potencia de la Wehrmacht, empezaron a buscar métodos no convencionales para enfrentar al poderoso enemigo. Uno de esos métodos fue la ilusión: el arte del camuflaje y el engaño llevado a un nivel nunca antes visto. Bajo el patrocinio de Churchill, se creó una unidad única compuesta por artistas gráficos, pintores e ilusionistas, dirigida por un director de cine. Su misión: confundir a Hitler, y el impacto de su trabajo superó todas las expectativas.
El grupo estaba al mando de Geoffrey Barkas, un director que había combatido en la Primera Guerra Mundial, incluso en el Somme, donde recibió varias condecoraciones. Entre sus colaboradores estaba el ilusionista Jasper Maskelyne, famoso antes de la guerra por tragarse objetos afilados como navajas. Sus trucos, sin embargo, resultaron ser mucho más valiosos que el espectáculo: podrían inclinar la balanza de campañas completas. En 1940 la Sección Experimental de Camuflaje se trasladó al norte de África.
La guerra en África
En septiembre de 1940 Italia, aliada de Hitler, atacó Egipto, una posesión británica. Tras un comienzo prometedor, en diciembre los Aliados lanzaron una contraofensiva que capturó a miles de soldados italianos y les permitió tomar Tobruk, Bengasi y Bardia. El Reich no podía permitir tal revés, pues el control del norte de África y del Canal de Suez era clave para acceder a los campos petrolíferos del Oriente Medio. Así, bajo una orden directa de Hitler, el Deutsches Afrikakorps, comandado por Erwin Rommel, llegó a África en febrero de 1941.
Tanque Sherman de madera usado como señuelo.
Ratas mágicas en Tobruk
En ese momento ya existía una unidad de ilusionistas en el continente. Mientras Barkas operaba desde El Cairo, uno de sus hombres, el cineasta Peter Proud, quedó prisionero en la fortaleza de Tobruk. A sus 28 años, Proud ya había trabajado en producciones de Alfred Hitchcock.
Sin perder tiempo, Proud ordenó la construcción de una gigantesca maqueta que falsificaba la topografía real. Consistía en una pantalla vertical de 15 m de altura por 800 m de longitud, sobre la que se proyectaban imágenes diseñadas para despistar a los alemanes. Además, extendió una lona en el suelo con contornos falsos visibles desde el aire, creando una ilusión tridimensional. El engaño funcionó: los alemanes dispararon miles de proyectiles contra la maqueta en pocos días, e incluso aviones la bombardearon.
Proud también fabricó un segundo modelo con figuras de soldados hechas de palos, paja y sacos. Su aporte más decisivo fue salvar la planta desalinizadora de Tobruk, haciéndola pasar por una ruina. Los bombarderos alemanes, al ver la “ruina” bien disimulada, evitaron atacar el objetivo real.
Los engaños a veces deciden la victoria.
Alexandria móvil
Mientras Proud trabajaba en Tobruk, Barkas y su equipo estaban en El Cairo. En junio de 1941 recibieron su primera misión ambiciosa: proteger el puerto de Alejandría de los bombardeos alemanes.
La idea más disparatada resultó ser la ganadora: “mover” todo el puerto. Jasper Maskelyne propuso construir una réplica completa del puerto hecha de madera y cartón, de modo que los alemanes pudieran bombardear un objetivo ficticio sin dañar el real. La ubicación era perfecta: a solo 1,5 km del lago salado Buhayrat al‑Maqrūṭ, cuya costa imitaba la forma de la bahía de Alejandría.
Soldados y especialistas de la sección de camuflaje recrearon meticulosamente edificios portuarios, muelles falsos y barcos de madera. Incluso se instalaron cañones de mentira para atraer bombardeos. El engaño funcionó; los pilotos alemanes, tras dudar, se lanzaron al ataque y lanzaron toneladas de bombas sobre la zona ficticia. En el puerto real se simuló el daño colocando escombros y láminas con cráteres pintados, de modo que los aviones de reconocimiento creyeran que la ciudad estaba devastada.
Ejército fantasma
El logro más impresionante de los ilusionistas no fue el puerto móvil, sino los “sunshields”: cubiertas falsas que convertían, en cuestión de minutos, un tanque en un camión a los ojos de los aviones alemanes.
En julio de 1942, cuando Rommel había infligido graves pérdidas a los británicos, el único obstáculo para avanzar hacia Alejandría y El Cairo era la gran estación ferroviaria de El Alamein. Para entonces la sección de camuflaje había crecido de 40 a más de 140 miembros y se convirtió en una unidad completa que participaba en todas las planificaciones. Barkas mandó trasladar todas las maquetas y dispositivos de engaño a El Alamein, haciendo que las fuerzas británicas parecieran mucho más numerosas.
La primera batalla de El Alamein terminó en un estancamiento. Para la segunda fase, la operación “Bertram” creó un falso cauce de tubería, almacenes de suministros y tanques de madera sobre camiones, convenciendo a los alemanes de que el ataque principal se produciría allí.
Los alemanes fueron engañados por una ilusión de tanque.
Al mismo tiempo, se construyó una base disfrazada (“Martello”) en el sector norte del frente. Se entregaron allí municiones, suministros y tanques reales que, bajo la oscuridad, se camuflaron como camiones. Cuando los tanques llegaban a la base, se convertían nuevamente en vehículos de combate; en su posición original, se dejaban sus réplicas. Así, a los ojos alemanes, la fuerza británica nunca disminuía.
El teatro del Día D
La victoria en El Alamein marcó el punto de inflexión en África, y los historiadores coinciden en que la contribución de los ilusionistas fue decisiva.
Al final de la guerra, los alemanes fueron nuevamente engañados, esta vez en el sur de Inglaterra. En 1944 se creó el llamado “FUSAG” (First United States Army Group) con 150 000 soldados ficticios hechos de madera, cartón y modelos a escala. El objetivo era convencer a Hitler de que la invasión aliada tendría lugar en Calais, a cientos de kilómetros del verdadero desembarco en Normandía. Maskelyne diseñó tanques de goma ligeros que completaban la ilusión.
Miles de estos tanques fantasma se dispersaron por los campos del sur de Inglaterra. El escenario era tan elaborado que incluía cuarteles, casinos y aeropuertos ficticios, e incluso fue visitado por el rey Jorge VI y el general Eisenhower, bajo la compañía del propio Patton.
El engaño funcionó a la perfección. El 6 de junio de 1944, al amanecer, más de 130 000 soldados desembarcaron en cinco playas de Normandía. Los alemanes, convencidos de que el verdadero ataque se produciría en el Pas‑de‑Calais, concentraron la mayor parte de sus fuerzas allí, permitiendo que la operación de los Aliados fuera un éxito rotundo.