Nadie necesita convencer de que en cada museo existen colecciones valoradas en cientos de miles, millones e incluso miles de millones (en cualquier moneda). No es de extrañar que galerías de arte, con sus joyas, resulten tentadoras para ladrones y criminales. Lo sorprendente es la seguridad insuficiente que rodea obras famosas, permitiendo robos tan audaces.
Uno de los primeros atracos documentados en la historia del arte fue la captura del tríptico «El Juicio Final» de Hans Memling. Fue asaltado por piratas polacos, concretamente la tripulación del karaka llamado Piotr, de Gdańsk. El barco, al mando del marinero gdański Paweł Beneke, fue asaltado en 1473 durante el transporte de la obra a Italia. El cuadro nunca tuvo la intención de decorar paredes polacas, pero el tríptico sigue formando parte de la colección del Museo Nacional de Gdańsk, convirtiéndose en su mayor ornamento cultural. Nadie parece presionar para devolverlo a Italia.
Mientras la facilidad con la que se robaban pinturas hace seis siglos puede resultar comprensible, resulta increíble que robos semejantes sigan siendo posibles hoy, a pesar de los avanzados sistemas de seguridad. Al repasar los casos más famosos, se percibe que muchas de estas operaciones no fueron especialmente complicadas.
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Un salto atrevido tras el cual solo quedan marcos vacíos
El robo del Museo Isabella Stewart Gardner en Boston es considerado el mayor hurto de obras de arte. Ocurrió la noche del 18 de marzo de 1990. Dos hombres disfrazados de policías llegaron alegando haber recibido una denuncia de alteración del orden. Entraron sin resistencia, ataron y vendieron a los dos guardias de turno y los encerraron en el sótano. Una vez despejada la zona, se dedicaron a saquear.
Los ladrones se tomaron más de una hora para cortar los lienzos de sus marcos y se llevaron trece objetos, entre ellos pinturas de Vermeer, Manet, Degas y Rembrandt, además de un boceto y un jarrón chino de la dinastía Shang, y una bandera napoleónica en forma de águila. El valor total de lo robado se estima en unos 500 millones de dólares. Hasta hoy, nada ha sido recuperado; en su lugar quedan marcos vacíos que recuerdan el asalto, y el museo ofrece diez millones de dólares por cualquier información.
Los responsables nunca fueron capturados, aunque el FBI lleva investigando más de veinte años. Las pistas llegaron incluso a la mafia italiana y al IRA, pero resultaron ser callejones sin salida. Este caso sigue siendo uno de los misterios más irresolubles del mundo del arte.
¡A la gloria de la Patria!
Según algunos, las obras más famosas deberían permanecer en sus museos de origen. Así lo creía el italiano Vincenzo Peruggia, empleado del Louvre a principios del siglo XX. Con acceso directo a las salas, vio la icónica Mona Lisa y decidió “devolverla” a Italia.
Sabía que el Louvre cerraba los lunes, así que se ocultó el domingo 20 de agosto de 1911. Al día siguiente, se puso el delantal de trabajo, se acercó al salón donde colgaba la pintura y la arrancó del marco, ocultándola bajo su delantal. Salió sin ser detectado y durante más de un día el personal creyó que la obra estaba en un estudio de fotografía o conservación. Peruggia la guardó en una maleta bajo su cama y permaneció oculta durante dos años.
En 1913, Peruggia regresó a Italia y entregó la obra al anticuario Alfred Geri, quien la mostró al director de los Uffizi, Giovanni Poggi. Tras confirmar la autenticidad, la autoridad notificó a la policía. Peruggia pasó sólo siete meses en prisión, alegando que su acto fue un gesto patriótico para devolver la Mona Lisa a la patria, y casi se convirtió en un héroe nacional.
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Robo noble como lección
Se calcula que se pierden varios miles de millones de libras en obras de arte cada año, muchas de ellas nunca recuperadas o destruidas. El robo no siempre proviene de amantes del arte; a veces es por dinero, a veces por acuerdos mafiosos, y a veces los ladrones quieren demostrar lo deficiente que es la seguridad de los museos.
Ese fue el caso del atraco perpetrado en abril de 2003 contra la Whitworth Art Gallery de Manchester, donde se sustrajeron pinturas de Pablo Picasso, Vincent van Gogh y Paul Gauguin. Los cuadros fueron hallados tres días después en un baño público cercano, cubierto de grafitis, y la prensa británica lo apodó “Loovre”. Al recuperarse, los robos llevaban una nota que decía: “La intención no era robar, sino concienciar sobre la inseguridad del museo”. Fue una lección descarada, aunque difícil de negar la validez del reclamo.