Más allá de la famosa derrota en la Selva de Teutoburgo, Roma libró numerosas guerras contra los pueblos que la historiografía posterior llamó germanos. ¿Cuál era el objetivo a largo plazo de estas campañas? A diferencia de una conquista planificada, la política romana parecía más bien una serie de expediciones de represalia, un paralelismo que algunos comparan con la intervención de EE. UU. en Irak.
El gran trauma
El primer registro de los teutones aparece en la obra del geógrafo griego Posidonio (c. 135‑51 a.C.), quien describía su costumbre de desayunar carne asada acompañada de vino y leche sin mezclar. Para los mediterráneos, esa forma de comer revelaba la supuesta barbarie del norte: solo los «bárbaros de los confines del mundo» bebían su vino puro.
En esa época Roma ya había tenido graves enfrentamientos con los cimbrios y los teutones, dos pueblos de origen germánico que, alrededor del 120 a.C., descendieron hacia el sur amenazando la Galia romana. Las legiones romanas sufrieron varias derrotas antes de que el cónsul Gayo Mario, en 102‑101 a.C., pusiera fin a sus incursiones. La expresión furor Teutonicus quedó grabada en la memoria romana como símbolo de la ferocidad germánica.
César y los germanos
En el siglo I a.C. el nombre «germano» comenzó a usarse para designar a los habitantes del norte de Europa. Julio César, durante sus Guerras de la Galia (58‑50 a.C.), describió al príncipe germano Ariovisto como un ambicioso tirano que había establecido asentamientos a la izquierda del Rin, amenazando la seguridad de los pueblos galos.
El conflicto culminó en la batalla de Vosgos (septiembre de 58 a.C.), donde las legiones romanas aniquilaron a los teutones; según Plutarco, unos 80.000 germanos perdieron la vida. Tras esa victoria César pudo concentrarse en someter a las tribus galas.
Sin embargo, el Rin no detuvo las incursiones germánicas. En 55 a.C. los usípetes y los tenctes cruzaron el río y se establecieron en territorio gallego. César los derrotó con una demostración de fuerza, aunque el político Cayo Cayo el Jovén lo acusó de criminalidad y pidió su extradición a los germanos.
Molesto por la facilidad con la que las tribus del norte desafiaban la autoridad romana, César decidió llevar la guerra a su propio territorio. En una expedición de 18 días cruzó el Rin, pero los germanos se retiraron a los bosques sin ofrecer resistencia. Un segundo intento en 53 a.C. también resultó infructuoso.
Campañas bajo Augusto
Consciente de los riesgos, Augusto delegó la tarea a su hijastro Nerón Claudio Druso en el 12 a.C., ordenándole neutralizar a las tribus más agresivas. Los historiadores romanos tienden a describir esas campañas como victorias rotundas, pero la realidad era más compleja: los germanos frecuentemente se rendían, recibían tierras nuevas o enviaban rehenes a Roma, sin que el imperio lograra una ocupación permanente.
El historiador Cassio Dión, del siglo III, resume la situación: después de veinte años de lucha, Roma controlaba sólo «las partes que había logrado someter», no la totalidad de Germania. Los densos bosques, las malas carreteras y la organización tribal dispersa dificultaban cualquier intento de colonización masiva.
La catástrofe de la Selva de Teutoburgo (9 d.C.)
El 9 de septiembre del 9 d.C. tres legiones comandadas por Publio Quinto Varo fueron aniquiladas por una emboscada germana en la Selva de Teutoburgo. El acontecimiento provocó una gran conmoción en Roma, similar al temor que siguió a los atentados del 11 de septiembre en el mundo contemporáneo.
El emperador Augusto, sorprendido, ordenó la expulsión de todos los galos y germanos residentes en la capital y reforzó la guardia de la ciudad. El poeta Ovidio, exiliado en la costa del Mar Negro, aludió al desastre en sus Tristia, confirmando la gravedad del golpe.
Germanico y la venganza romana
El hijo de Druso, Nerón Claudio Germánico, recibió el encargo de vengar la derrota. Según Tácito, entre los años 14 y 16 d.C. sus campañas lograron varios éxitos, aunque también cometió errores tácticos que costaron muchas vidas. En 16 una tormenta destruyó gran parte de su flota en el mar de Wadden y, aunque recuperó dos de las tres insignias perdidas bajo Varo, fue relevado por el emperador Tiberio.
Germanico incluso visitó el campo de batalla de Teutoburgo; al regresar sus tropas fueron emboscadas nuevamente, pero el general Aulo Caecina logró conducirlas a salvo a sus campamentos.
Conclusiones
Desde el 12 a.C. los romanos intentaron crear una zona de seguridad en el norte mediante la supresión de las tribus más rebeldes, pero la geografía inhóspita y la falta de recursos económicos justificaron la decisión de no intentar una conquista total. La lección que extraen los historiadores es que intentar dominar un territorio lejano y difícil de controlar implica riesgos desproporcionados, una reflexión que sigue resonando en los debates sobre intervenciones militares contemporáneas.
Ver también
- De la orilla a la zanja
- Los batavos rebeldes