Introducción
En la Antigüedad romana "hacer el bien" era una estrategia rentable. Quienes podían financiar un teatro, un baño público o un banquete con su propio dinero obtenían prestigio y respeto, recursos imprescindibles para acceder a cargos políticos. Como esas posiciones estaban reservadas a los hombres, parece lógico pensar que los benefactores eran exclusivamente varones. Sin embargo, en varias ciudades del Imperio entre el 10 % y el 20 % de los benefactores eran mujeres. ¿Tenían motivaciones distintas a las de sus homólogos masculinos?
El caso de Junia Rustica
Una inscripción encontrada en la base de una estatua de la ciudad romana de Cartima (actual Cártama, cerca de Málaga) relata las donaciones de Junia Rustica, hija de Décimo, sacerdotisa perpetua y primera de Cartima. La inscripción indica que ella restauró las columnatas públicas, donó terrenos para un balneario, pagó los impuestos que la ciudad debía a Roma, colocó una estatua de bronce de Marte en el foro, construyó columnatas y una piscina en el balneario, regaló un banquete y juegos públicos, y dedicó varias esculturas, incluida una de su esposo, todo a costa de su propio patrimonio.
Aunque la estatua original se ha perdido, el texto muestra que Junia Rustica era una mujer extremadamente adinerada que utilizó su fortuna para embellecer su ciudad. El consejo municipal, responsable del espacio público, la recompensó erigiendo estatuas en su honor y en el de su hijo, siguiendo la tradición de la matrona romana que buscaba la máxima visibilidad pública.
El matrimonio romano y la autonomía femenina
En el derecho romano, tras la muerte del padre, las mujeres podían ser sui iuris (con plena capacidad jurídica). La legislación de Augusto (27 a.C.–14 d.C.) amplió este derecho a las mujeres que habían tenido tres o más hijos, liberándolas de la tutela masculina. Gracias a estas normas y a la herencia, una parte importante de la riqueza familiar quedaba en manos de mujeres, que podían disponer de ella libremente. Este contexto facilitó la aparición de benefactoras en las ciudades provinciales.
Tipos de donaciones
Las mujeres benefactoras no se diferenciaban sustancialmente de los hombres en cuanto al coste o la forma de sus donaciones. Patrocinaron baños, teatros, anfiteatros, acueductos, mercados y, sobre todo, templos. En sus distribuciones de alimentos o banquetes, incluían con mayor frecuencia a mujeres y niñas como beneficiarias. Un ejemplo es Fabia Agrippina, senadora, que legó un millón de sestercios a Ostia para financiar asignaciones mensuales a cien niñas de la ciudad.
Percepción antigua y moderna
Autores antiguos también mostraron escaso aprecio por las benefactrices. Plinio el Joven, en una carta, describe a Ummidia Quadratilla (79 años) como una mujer de fuerte constitución y buena educación, pero critica su afición a los juegos de damas y al pantomima, actividades que consideraba poco dignas para una mujer prominente. No obstante, la propia Ummidia había financiado un templo, un anfiteatro y la reconstrucción del teatro de su ciudad natal, Casinum, y había organizado un gran banquete para senado, pueblo y mujeres, ganándose el título de princeps femina de la comunidad.
¿Altruismo o interés propio?
La evidencia epigráfica sugiere que, al igual que los hombres, las mujeres buscaban principalmente el honor personal y la inmortalidad. La promesa pública (pollicitatio) de una obra benéfica colocaba al donante en el centro de la atención ciudadana y a menudo se acompañaba de tributos como estatuas o banquetes de dedicación. Por ejemplo, Annia Aelia Restituta prometió construir un teatro en Calama (África del Norte) y el consejo municipal erigió cinco estatuas en su honor.
Algunos benefactores incluso condicionaban la entrega de su donación a la realización de una estatua, demostrando que la búsqueda de prestigio público era una motivación real, también entre las mujeres.
Honor familiar y prestigio colectivo
El beneficio no solo elevaba la reputación personal, sino también la de la familia. Benefactoras como Mineia, en Paestum, colocó seis estatuas en la basílica que donó, representándose a sí misma junto a su esposo, hijos y hermanos. Así, la distinción moderna entre honor individual y prestigio familiar resulta engañosa: ambos se reforzaban mutuamente.
Para las mujeres de rango senatorial que vivían gran parte de su vida en Roma, el honor en una ciudad provincial podía ser menos relevante que la devoción religiosa, la obligación moral de favorecer su ciudad natal o la tradición familiar de generosidad. En algunos casos, la generosidad también respondía a necesidades personales, como la boda de Aemilia Pudentilla, viuda de Oea (África del Norte), que organizó una celebración para evitar la presión de la comunidad que esperaban una distribución de dinero.
Autopromoción fuera de la élite
Incluso mujeres fuera de la élite buscaron la inmortalidad a través de la beneficencia. Cassia Victoria, sacerdotisa de los Augustales (una asociación de libertos ricos), financió el vestíbulo de mármol de su templo en Miseno y mandó colocar retratos colosales de ella y su esposo en la fachada, imitando los retratos imperiales. Esta forma extrema de autopromoción puede interpretarse como una demostración de lealtad al emperador mediante la asociación simbólica con la familia imperial, sin abandonar el ideal tradicional de la matrona.
Conclusión
Con un 10 %‑20 % de las inscripciones dedicadas a benefactores, las mujeres jugaron un papel estructural en la vida urbana del Imperio. Sus donaciones no se limitaron a pequeños regalos; financiaron edificios que transformaron la faz de sus ciudades y aseguraron honor público para ellas y sus familias. En la práctica, la matrona romana combinó la virtud doméstica con la responsabilidad cívica, dejando un legado que todavía podemos leer en la piedra.
Emily Hemelrijk, profesora de Historia Antigua en la Universidad de Ámsterdam, explora este tema en su próximo libro Hidden Lives‑Public Personae, que se publicará a finales de noviembre de 2015.