historia historica

Judíos melancólicos, eslavos flemáticos y alemanes sanguíneos

Los estereotipos nacionales o étnicos –por ejemplo, que los alemanes son serios y los ingleses fríos– existen desde hace siglos. Contrario a la creencia popular, no son un invento del nacionalismo del siglo XIX; su origen es mucho más antiguo, y parece remontarse al siglo XII. Con el aumento del comercio y los contactos internacionales, la gente empezó a pensar en términos de “nosotros” y “ellos”. Además, una teoría médica antigua, de moda en la época, explicaba las diferencias entre pueblos por la geografía y el clima, presentando el carácter nacional como innato.

En el siglo XII se produce una explosión de estereotipos étnicos en la Europa occidental. De pronto aparecen relatos sobre la embriaguez inglesa, la agresividad alemana, la sed de sangre de Brabante o la arrogancia francesa. Según el obispo francés Jacobus van Vitry, los estudiantes parisinos se insultaban habitualmente por su origen étnico.

No sólo los estudiantes: caballeros de la cruzada, cortesanos y monjes también atribuían rasgos negativos a los demás. Estos prejuicios aparecen en poesía lírica, novelas caballerescas, cartas, dichos, rimas, obras históricas, tratados geográficos y manuales de enseñanza. Listas en lengua vernácula describen a los griegos como traidores, a los irlandeses como salvajes y a los sarracenos como astutos. ¿De dónde surgió entonces esta necesidad de clasificar a los pueblos?

El siglo XII, a menudo llamado Renacimiento, vivió un florecimiento cultural, social, religioso, político y económico. Las ciudades se expandían, las torres góticas dominaban el horizonte y los campesinos conquistaban tierras salvajes. Además, el saber árabe llegaba a Europa a través de centros como Toledo y Palermo, impulsando la alfabetización y la competencia basada en los clásicos. Los nuevos intelectuales, a quienes llamaban “modernos”, se consideraban diminutos sobre los hombros de gigantes, según el filósofo Bernard de Chartres.

En este contexto dinámico, la conciencia étnica se intensificó. El contacto con el “otro” fomentó la percepción de rasgos culturales y sociales propios, un aspecto relacional de la identidad que lleva a clasificar a grupos mediante imágenes generalizadas.

Historia de la humanidad

Los estereotipos étnicos ya existían antes del siglo XII. Hay fuentes que relatan disputas entre monjes romances y germánicos que se acusaban mutuamente de hablar “sonidos bárbaros” en los monasterios fronterizos. También aparecen vicios (y a veces virtudes) étnicos en manuscritos sobre la creación y el fin del mundo: celos de los judíos, perfidia de los persas, sabiduría de los griegos.

Hasta el siglo XII, estas listas se basaban en la Biblia y servían para reflexionar sobre el papel de cada nación en la historia de la salvación cristiana. Después aparecen ejemplos contemporáneos: ingleses ebrios, normandos depredadores y, como una temprana forma de orientalismo, sarracenos inmersos en la lujuria.

La movilidad creciente y el desarrollo del aparato estatal reforzaron la autoconciencia étnica. Además, la teoría climática y humorista, de origen médico, proporcionó una supuesta base científica a la caracterización de los pueblos.

Temperamento innato

A partir del siglo XI, el conocimiento árabe —filosófico, matemático y médico— se tradujo al latín. Las teorías médicas griegas, ampliadas por los eruditos árabes, sustentaban la idea de que los pueblos poseían un temperamento innato.

Los médicos dividían al ser humano en cuatro humores: flema (flemático), sangre (sanguíneo), bilis amarilla (colérico) y bilis negra (melancólico). Estos fluidos dependían de la interacción de los elementos (agua, aire, tierra y fuego) y de cualidades (frío, calor, humedad y sequedad). La ubicación geográfica, la estación y la posición de los astros también influían. Ya en la antigua teoría climática, se asignaba a poblaciones enteras un humor dominante. Los que habitaban la zona templada (para los griegos y romanos el Mediterráneo; para el siglo XII, el noroeste de Europa) disfrutaban del equilibrio más armonioso y, por tanto, del carácter más deseable.

Desde el siglo XII, los intelectuales aplicaron este conocimiento a los pueblos vecinos, llegando a afirmar que ciertos grupos heredaban un temperamento innato: los judíos serían melancólicos, los eslavos flemáticos y los alemanes sanguíneos. El clima templado de la región noroeste europea —especialmente alrededor de París— se consideraba el más propicio para el “temperamento ideal”. Estas ideas se difundieron entre la nobleza y, más tarde, en la cultura popular.

“Los alemanes son una porquería”

Los estereotipos étnicos a menudo se usaban para justificar conquistas o colonizaciones. Por ejemplo, escritores del siglo XII como Gerald de Gales, Bernardo de Claraval y el Papa Adriano IV describían a los irlandeses como un pueblo atrasado, incapaz de controlar sus deseos, perezoso y, en última instancia, no verdaderamente cristiano. Imágenes similares circulaban sobre los pueblos escandinavos.

Pero los prejuicios también servían como herramienta de poder dentro de los grupos sociales. Durante las cruzadas, los caballeros se insultaban mutuamente: los franceses eran arrogantes, los alemanes demasiado agresivos y rudos, e incluso se escuchaba la frase “Los alemanes son una porquería” atribuida al normando Ralf de Caen tras un ataque turco en el asedio de Antioquía (1097‑1098).

Esta tensa cooperación, sumada a la presión de operar en territorio extranjero, reforzó la conciencia étnica. Cada ejército aspiraba a ser la milicia elegida por Dios, apropiándose de ideales cortesanos y civilizatorios para presentarse como guardianes de la Iglesia. Los franceses del norte, por ejemplo, se autoproclamaban la vanguardia divina, valientes e inteligentes.

Cuando el monje anglo-normando Guillermo de Malmesbury (principios del siglo XII) describió esta rivalidad en términos climáticos, su posición quedó asentada: “Vosotros, los francos, sois gente de regiones moderadas, dispuestos a derramar sangre sin temer a la muerte, pero siempre con razón”.

En el siglo XIII, esa reivindicación de razón y cortesía se tradujo en ambiciones políticas. El monje francés Guillermo de Nangis vinculó los tres pétalos del fleur‑de‑lis con la fe, la sabiduría y la fuerza militar de Francia. El pensador político Pierre Dubois, a finales del siglo, sostuvo que la monarquía francesa debía asumir el título imperial, entonces en manos alemanas, para gobernar una cristiandad universal.

Consecuencias

El paso de la introspección monástica sobre virtudes y vicios a los estereotipos “nos‑otros” con base médica tuvo importantes repercusiones. En el siglo XIII, a grupos religiosos‑étnicos como judíos y sarracenos se les atribuyó un carácter hereditario, endureciendo actitudes hostiles. Su supuesta “disposición” para integrarse al cristianismo se cuestionó, y tras conversiones forzadas aumentó la desconfianza y la violencia, pues seguían siendo vistos como cristianos “defectuosos”.

En la Baja Edad Media, cuando la teoría médica impregnó la sociedad, surgieron ideas sobre la armonía del cuerpo político: una comunidad equilibrada médicamente. Las minorías étnicas y religiosas, consideradas elementos corruptores, amenazaban esa armonía, lo que podría explicar el aumento de la violencia contra ellas. Este fenómeno merece investigaciones más profundas.

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