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El canon negro: la amarga realidad tras la historia oficial

El canon negro: una visión crítica de la historia holandesa

En 2006 un comité dirigido por el académico neerlandés Frits van Oostrom presentó el llamado canon de la historia de los Países Bajos, una selección de cincuenta “ventanas” que, según ellos, todo ciudadano debería conocer. Siete años después, el historiador Chris van der Heijden considera que ese canon es excesivamente positivo y, como respuesta, ha elaborado lo que denomina el canon negro.

La línea que separa lo correcto de lo incorrecto en la historia es siempre difusa. La historia es subjetiva y, por definición, una interpretación del historiador. El pasado no es blanco o negro, sino una masa gris de momentos gloriosos y otros menos brillantes. La tarea del historiador no es juzgar, sino ofrecer una visión equilibrada. Ese es precisamente el objetivo del trabajo de van der Heijden.

Según él, del canon oficial sólo dos de las cincuenta ventanas son claramente negativas: la esclavitud y la masacre de Srebrenica. No es casualidad; el proyecto fue financiado por el gobierno con la intención explícita de reforzar un sentimiento positivo sobre el país.

Van der Heijden señala que toda historiografía nacional tiende a partir de su propia perspectiva y a presentarse bajo una luz favorable. España, Francia, Inglaterra o Estados Unidos siguen el mismo patrón: los gobiernos y la opinión pública intentan minimizar los episodios oscuros y resaltar los gloriosos. No es irracional, es una tendencia humana, sobre todo en épocas de nacionalismo intenso, como el siglo XIX y gran parte del siglo XX.

El canon holandés, según el autor, nace de esa lógica, que hoy resulta obsoleta. Por eso propone un “paso atrás” necesario: un canon negro que, frente a la dulzura del canon oficial, muestra el sabor ácido de la historia.

¿Qué incluye el canon negro?

En él aparecen los episodios menos atractivos: la esclavitud, la ejecución de Johan van Oldenbarnevelt, el trabajo infantil (no solo la resistencia contra él, como en el canon “blanco”), la colaboración con la persecución de los judíos y otros hechos que el canon oficial apenas menciona.

¿Es necesario?

Desde el punto de vista teórico, van der Heijden tiene razón: presentar solo lo positivo genera una visión desequilibrada. El pasado holandés no se compone únicamente de momentos gloriosos. Sin embargo, tras numerosas series de televisión y debates sobre la esclavitud y la guerra, gran parte del público ya conoce esos hechos. El proyecto también refleja la cultura de modestia neerlandesa: no buscamos monumentos grandiosos ni orgullo ostentoso.

El canon oficial lleva siete años y apenas se utiliza en la enseñanza. Surge entonces la pregunta: ¿cuál es el objetivo de revivir el debate sobre la culpa colectiva nacional? ¿Buscar una historiografía honesta o simplemente reabrir viejas heridas? Tal vez la reflexión hubiera sido más oportuna antes.