La Conferencia de Potsdam (17 de julio al 2 de agosto de 1945) reunió a los jefes de Estado y de Gobierno de EE. UU., la URSS y el Reino Unido para decidir el futuro de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Joseph Stalin y Winston Churchill, veteranos de conferencias aliadas anteriores, volvieron a estar presentes, mientras que Harry Truman sustituyó a Franklin D. Roosevelt, fallecido el 12 de abril. El verdadero protagonismo, sin embargo, recaerá sobre el nuevo presidente estadounidense y el líder soviético. Frente a un Ejército Rojo que controla la mayor parte de Europa Central, Truman contaba con un activo decisivo: la bomba atómica, probada un día antes.
Potsdam: la última de las grandes conferencias aliadas
Celebrada en una Alemania devastada por bombardeos y combates, la conferencia de Potsdam cerró una serie iniciada en Teherán (noviembre‑diciembre de 1943). Estas reuniones tripartitas (Teherán, Yalta, Potsdam) tenían como objetivo fijar planes comunes de los grandes poderes y sentar las bases de los tratados para el mundo de posguerra. Revelaron el balance de poder y las crecientes tensiones entre Moscú, Londres y Washington, al tiempo que consolidaron el papel cada vez más relevante de la Unión Soviética.
En Yalta, febrero de 1945, Stalin parecía estar en una posición dominante. El Ejército Rojo ya se perfilaba como vencedor en la carrera por Berlín (aunque Eisenhower lo impediría) y Roosevelt, muy debilitado, aceptó muchas de las demandas soviéticas. A pesar de la firme resistencia de Churchill, el presidente estadounidense aún albergaba la esperanza de una evolución democrática del régimen soviético y confiaba en que la futura ONU moderaría cualquier expansión comunista. Estas concesiones serían el legado que Truman tendría que gestionar en Potsdam.
Organizando el mundo de posguerra
El primer tema que abordaron los Tres Grandes en Potsdam fue el futuro de Alemania. Los aliados se propusieron desmilitarizar el país, incluso sacrificando su infraestructura militar‑industrial. Alemania quedó dividida en cuatro zonas de ocupación (estadounidense, británica, francesa y soviética) y sus fronteras se trasladaron mayormente al oeste, siguiendo la línea Oder‑Neisse a favor de Polonia, mientras la URSS se quedó con la parte oriental. Estos cambios territoriales desencadenaron enormes movimientos poblacionales: alrededor de 11 millones de alemanes fueron expulsados de los territorios orientales.
Dentro de la nueva Alemania, los Tres Grandes se comprometieron a una política enérgica de desnazificación y al enjuiciamiento de criminales de guerra, con los juicios de Núremberg como episodio emblemático. Se desmanteló el poder económico mediante la des‑cartelización y se descentralizó el sistema político. La desarme, junto con la desnazificación y la división, formaron los “cuatro D” que garantizaban que Alemania no volvería a ser una potencia belicista.
Otro asunto central fue Japón. El Imperio del Sol Naciente, en guerra con los aliados desde diciembre de 1941, buscaba todavía una solución negociada, contando con la neutralidad soviética en Asia. Lo que Tokio desconocía era que en Yalta Stalin se había comprometido a entrar en la guerra junto a EE. UU. La URSS estaba preparando una formidable fuerza militar en su Extremo Oriente para ocupar Manchuria y el norte de Corea.
Esta perspectiva inquietó a Washington. Aunque la derrota de Japón ya era segura, sobre todo por la inminente utilización de bombas atómicas, EE. UU. quería mantener el control sobre el Lejano Oriente y temía que Moscú apoyara a los comunistas chinos, cuya tregua con los nacionalistas de Chiang Kai‑Shek era frágil.
El 26 de julio, los Tres Grandes emitieron un ultimátum a Japón, exigiendo su rendición incondicional bajo la amenaza de una destrucción inmediata. Aunque la bomba atómica no se menciona explícitamente, su existencia influyó decisivamente en la presión ejercida y en la relación entre la URSS y EE. UU.
De Potsdam a la Guerra Fría
A pesar de la aparente cordialidad oficial, las relaciones entre estadounidenses y soviéticos en Potsdam ya no eran tan francas como en Yalta. Truman, novato en política exterior, no compartía el optimismo rooseveltiano respecto a Stalin.
Un elemento revelador de la nueva configuración internacional fue la desaparición del protagonismo británico. Churchill inició la conferencia, pero la concluyó Clement Attlee, líder laborista que había ganado las primeras elecciones generales desde 1935. Con la partida de Churchill, el Reino Unido quedó relegado a un papel subordinado, concentrándose en la modernización económica, social y la descolonización. Marcó el fin de varios siglos de aventuras imperiales británicas.
En definitiva, con la declaración final firmada el 2 de agosto de 1945, se cerró el capítulo de la Segunda Guerra Mundial. La división de Alemania y el destino de Japón prefiguraron, en muchos aspectos, las características de la Guerra Fría que se avecinaba.
Bibliografía
– Historia de las relaciones internacionales 1945‑1962, Charles Zorgbibe, Éditions Hachette, París, 1995.
– 1945, de Yalta a Potsdam, de ilusiones a la Guerra Fría, Arthur Funk, Editions Complexe, 1999.
– La caída de Berlín, Antony Beevor, 2002.