Historia antigua

Del choque de civilizaciones al choque de religiones

Del choque de civilizaciones al choque de religionesEl libro de Samuel Huntington, El choque de civilizaciones, se ha convertido en una referencia casi obligatoria para explicar los problemas internacionales, sobre todo desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, y particularmente en la relación entre “Occidente” e “Islam”. Es aquí donde empieza a percibirse un desplazamiento hacia un choque entre dos religiones, fenómeno que, sin embargo, no es nuevo… No obstante, desde la perspectiva (y los objetivos) de Huntington, hasta la propia noción de civilización y los retos que plantea hoy, la cuestión es mucho más compleja. Esa complejidad, como veremos, es la principal víctima de estos conceptos. Por ello, es necesario ir más allá de Huntington.

El choque de civilizaciones: ¿Huntington se equivocó?

Huntington era profesor de ciencia política, no historiador, y eso ya marca una diferencia importante. Su libro se basa en un artículo publicado en Foreign Affairs y tenía, en parte, la intención de orientar al Departamento de Estado de EE. UU. sobre el mundo posterior a la caída de la URSS a principios de los años 90. No analizaremos la obra completa, sino algunos de sus conceptos para mostrar que, en varios aspectos, resultó una caricatura.

Del choque de civilizaciones al choque de religionesSu visión se parece a la de su colega Francis Fukuyama, autor de El fin de la historia y el último hombre, que profetizó la victoria de la democracia y el liberalismo tras la derrota del bloque soviético. Huntington parte de un modelo donde las civilizaciones son la base: el mundo está compuesto por grandes conjuntos culturales e históricos, no por bloques políticos. Señala una reaparición de las identidades religiosas y define ocho civilizaciones principales: el Occidente (Europa occidental, EE. UU., Australia y Nueva Zelanda); el mundo ortodoxo (principalmente Rusia); el mundo islámico; el hinduista; el latinoamericano; el chino; el japonés; y el budista. Añade, con cierta dificultad, una civilización africana subsahariana, pero no menciona una civilización judía. No describe ni caracteriza estas civilizaciones, solo afirma que los conflictos futuros surgirán entre ellas, sobre todo entre sus estados más representativos. Sin embargo, rechaza la idea de una civilización universal, aunque algunos valores puedan ser compartidos. Señala que los principales peligros para Occidente provienen del Islam (sin un estado‑bandera) y de China, la primera por su peso demográfico y la segunda por su peso económico, agravados por la tendencia occidental a intervenir en el extranjero.

Ese riesgo, según Huntington, también se debe al declive de Occidente. Al final de su libro propone un nuevo modelo que, al rechazar el multiculturalismo y el monoculturalismo, debería devolver a Occidente su identidad, no solo cristiana.

La influencia de Braudel y la “casa llena de objetos”

Samuel Huntington adopta una visión culturalista y esencialista, en la que la civilización tiene un nacimiento y unas características propias que la cierran sobre sí misma. En este sentido hace una referencia abierta a Fernand Braudel (1902‑1985). La obra de Braudel que se cita es Gramática de las civilizaciones (1987, póstuma), basada en cursos de los años 60 y reeditada con frecuencia.

Braudel definía civilización a partir de varios criterios: territorio, demografía, modo de producción, estructuras estatales y cultura; un concepto que pretendía reunir culturas y sociedades bajo la idea de una “casa llena de objetos”. La civilización (o cultura) sería la suma de ese repertorio (los objetos de la casa y la propia casa). Esta visión agradó a muchos historiadores porque contrarrestaba la historia marxista, demasiado centrada en los eventos, y simplificaba la complejidad mediante explicaciones globales. La civilización llegó a convertirse en personaje, objeto de sentencias. Hoy esa idea se cuestiona porque construye totalidades cerradas y elimina la dialéctica.Del choque de civilizaciones al choque de religiones

Huntington, al no ser historiador, ignora la historia en tanto que la hace permanente y monolítica. Las civilizaciones, sin embargo, están en constante evolución y pueden cruzarse, algo que él no admite. Por eso es fácil criticar su enfoque.

Resulta también simplista reducir la discusión a un choque entre dos religiones, Islam y cristianismo.

Del conflicto de clases al choque de religiones

Esta visión basada en civilizaciones no es exclusiva de pensadores “occidentales”. Los jihadistas, y otros actores de distintas “civilizaciones”, también la adoptan. Osama bin Laden, tras los atentados del 11‑S, declaró estar de acuerdo con las tesis de Huntington, afirmando que el conflicto sería entre religiones y tendría carácter eterno, abarcando desde ataques terroristas hasta actos antisemitas en las calles.

La simplicidad y el poder persuasivo de estos conceptos han atraído a historiadores, políticos y editores. Desde 2001 han proliferado obras que usan la idea del choque de civilizaciones y, sobre todo, del choque de religiones. Un ejemplo es J.P. Redhead, autor de Un choque de religiones: la larga guerra entre Islam y cristianismo (622‑2007) (2007). Redhead sostiene que el conflicto es permanente desde 622 y que la referencia religiosa es la única necesaria, ignorando contextos demográficos, económicos o políticos. Su visión se asemeja a la de Huntington, reducida al plano religioso y plagada de simplificaciones.

Del choque de civilizaciones al choque de religiones

Hoy esa hipótesis se ha convertido en un verdadero dogma para muchos autores, mientras que hace unos años el foco estaba en las relaciones de producción: hemos pasado de “la lucha de clases” al “choque de religiones” (F. Micheau).

Las guerras de religión y la llegada de la civilización

Es indudable que han existido guerras religiosas, pero suelen desarrollarse en contextos donde el pluralismo es insostenible y, en la mayoría de los casos, por razones sociales y económicas, y en un espacio limitado. Aunque el discurso religioso resulta efectivo, no son las culturas o civilizaciones las que hacen la guerra, sino entidades políticas. Por ejemplo, el islamismo puede considerarse un “partido político” con una ideología que no es exclusivamente religiosa.

También debemos analizar el sentimiento de superioridad de la civilización occidental (aunque no sea la única) y el propio concepto de civilización. Deriva del latín civitas y se remonta a Erasmo (1536), quien definió los códigos de civilidad como “el paso de una situación primitiva al progreso”. En la época del Renacimiento y del “peligro turco”, Europa se autoproclamó portadora de la civilización. Bonaparte, al prepararse para la campaña de Egipto (1798), afirmó que iría a “llevar la civilización a Egipto”. Al final de su obra, Huntington define civilización como una mezcla de alta moral, buen nivel de vida y, curiosamente, un elevado nivel religioso, una definición más amplia que la de la civilización occidental, a la que él no considera universal.

Ese punto conecta con otro debate actual: la creciente hostilidad de países islámicos y asiáticos hacia un Occidente que percibe sus valores como universales, lo que se interpreta como forma de imperialismo. De ahí surge el problema de la existencia de valores universales (derechos humanos, derechos de la mujer, libertad de conciencia, etc.) frente al peligro del relativismo cultural.

Conceptos simples, eficaces… y peligrosos

Un ejemplo reciente del éxito de estas ideas es la polémica en torno a Sylvain Gouguenheim y su obra Aristóteles en Mont Saint‑Michel. Su tesis, que compara la civilización europea con el islam mediante una dicotomía basada en el Corán y la Biblia, sostiene que solo la civilización greco‑cristiana está abierta al conocimiento.

Debemos mirar críticamente estos conceptos: son demasiado simplistas, generan clichés y, aunque resultan efectivos, son fórmulas peligrosas que movilizan fácilmente. Los vemos a diario en los medios y en la retórica política; todos los problemas se explican bajo el prisma de “civilización” y religión, dejando de lado factores sociales, económicos, demográficos, etc. Es mucho más sencillo manipular a las masas unificando conceptos como religión y civilización en un relato “fácil de entender”. El verdadero enemigo es la complejidad, y con ella la ciencia y el conocimiento.

Artículo inspirado en una conferencia de Françoise Micheau, profesora de Islam medieval en la Universidad París I Panthéon‑Sorbonne.

Bibliografía

- Artículos sobre los griegos, los árabes y nosotros (ver en particular “Making and unmaking the history of civilizations” de B. Dufal, p. 317‑358) y sobre el caso Gouguenheim.

- S. Huntington, The Clash of Civilizations, Odile Jacob, 2007.

- F. Fukuyama, The End of History and the Last Man, Flammarion, 2008.

- F. Braudel, Grammar of Civilizations, Flammarion, 2008.