Fundado a mediados de la Edad Media, el Imperio Otomano fue un Estado musulmán de origen turco que, en su apogeo (siglos XV‑XVI), dominó gran parte del Mediterráneo Oriental y Asia Occidental. Su fundador fue Osman I, un guerrero del siglo XIII que gobernó una pequeña zona de Anatolia; el nombre "otomano" proviene de su propio nombre. En 1453, bajo el sultán Mehmet II, los otomanos tomaron Constantinopla y la convirtieron en su capital. El máximo esplendor llegó bajo el sultán Suleimán I, el Magnífico, para luego declinar frente al ascenso de las potencias europeas. En 1923, tras la Primera Guerra Mundial, surgió la República de Turquía sobre los restos del imperio.
Orígenes y primeras conquistas
Los selyúcidas, descendientes de una tribu de turcos oghuz, llegaron al bajo Syr Darya a finales del siglo X. Bajo Alp Arslan (1063‑1073) derrotaron al ejército bizantino en la batalla de Manzikert (1071) y los nómadas turcos se expandieron hacia Asia Menor. Süleyman ibn Kutulmish (1077‑1106) fundó el Sultanato de Rum con capital en Nicea (1081). Tras la invasión mongola de 1243, el sultanato entró en una larga decadencia.
Según la leyenda, alrededor de 1230 Ertoğrul, líder de una rama de los oghuz, recibió del sultán Kaykubad I la región fronteriza de Söğüt (río Sakarya) para proteger a los selyúcidas del Imperio Bizantino. En 1280 su hijo Osman heredó el mando y, en julio de 1302, derrotó a los bizantinos, fundando un emirato que abarcaba el noroeste de Anatolia. Por ello, Osman es considerado el primer miembro de la dinastía otomana.
Al morir Osman (c. 1326), su hijo Orhan Gazi expandió el territorio: tomó Bursa (1326), que se convirtió en la primera capital otomana, y posteriormente Nicea (1331) e Ínsigo (1337). En 1354, a petición del usurpador bizantino Juan VI Cantacuzeno, los otomanos cruzaron el estrecho de los Dardanelos y se establecieron en Gallípoli.
Dominio otomano en Asia Menor
Con el reinado de Murad I (1359‑1389) la política expansionista continuó. Tras la captura de Edirne (1371) los otomanos iniciaron la conquista de los Balcanes: derrotaron a Luis I de Hungría en la batalla del Maritsa (1363), trasladaron su capital a Edirne (1365) y avanzaron contra Serbia. La victoria en Kosovo (1389) incorporó a los serbios al dominio otomano.
Bayezid I (1389‑1402) amplió el imperio en Anatolia, completó la conquista de Serbia y Tesalia, y sitió Constantinopla. En 1396 venció a una cruzada cristiana en Nicópolis. Sin embargo, la llegada inesperada de Tamerlán obligó a Bayezid a enfrentarse a él; fue derrotado y capturado en la batalla de Ankara (1402), lo que desencadenó una guerra civil entre sus hijos.
Mehmed I (1413‑1421) restableció el orden en Anatolia, mientras que Murad II (1421‑1451) retomó la expansión: obligó al Imperio Bizantino a pagar tributo (1424), tomó Salónica (1430) y derrotó a la coalición cristiana en Varna (1444). Su hijo, Mehmed II (1451‑1481), puso fin al Imperio Bizantino con la caída de Constantinopla en 1453.
Apogeo bajo Suleimán el Magnífico
El 29 de mayo de 1453, después de un asedio de siete semanas, el sultán Mehmet II conquistó Constantinopla, rebautizándola como Estambul. En los años siguientes se añadieron Trapezus (1461), Bosnia (1463), Crimea (1475) y Albania (1476‑1478). Bajo Selim I (1512‑1520), conocido como "el Terrible", el imperio se convirtió en la potencia dominante del mundo musulmán, anexando Persia safávida, Siria, Egipto y la Meca, y proclamándose califa.
El máximo esplendor llegó con su hijo Suleimán I (1520‑1566), el "Magnífico". Conquistó Belgrado (1521), venció a Hungría en Mohács (1526) y sitió Viena (1529). El dominio otomano abarcó Asia (Anatolia, Armenia, Georgia, Azerbaiyán, Kurdistán, Mesopotamia, Siria, Hejaz), África (Egipto, Argel, Túnez, Trípoli) y gran parte de los Balcanes europeos. La flota otomana controlaba gran parte del Mediterráneo.
Organización y administración
El sultán ejercía autoridad absoluta, pero la administración otomana se destacó por su pragmatismo y tolerancia. El imperio se dividía en provincias gobernadas por beylerbeys y sanjak-beys, mientras que territorios como Hungría, Valaquia, Moldavia, Crimea y la Meca disfrutaban de una considerable autonomía bajo sus propios gobernantes locales.
Los otomanos permitieron a los pueblos conquistados conservar su lengua, religión y costumbres. Sin embargo, reclutaron niños cristianos para formar el cuerpo de los jenízaros, y exigieron tributos especiales a los no musulmanes.
Las finanzas del imperio eran sólidas; bajo Solimán el Magnífico se mantuvo un ejército de casi 300 000 hombres y se fomentó la cultura y las artes. No obstante, la élite gobernante estaba compuesta mayormente por esclavos y extranjeros que ascendían por mérito, lo que más tarde generó tensiones internas.
El "período de desastres"
Tras la muerte de Suleimán, el Imperio comenzó a sufrir reveses. La victoria cristiana en la batalla de Lepanto (1571) frenó la expansión naval otomana, aunque no alteró su dominio en tierra. En el siglo XVII los jenízaros se rebelaron con frecuencia, limitando el poder de los sultanes. La pérdida de rutas comerciales frente a Portugal y el descubrimiento de América redujo los ingresos otomanos.
En 1683, el intento de asedio a Viena fue derrotado por la coalición liderada por el rey polaco Juan III Sobieski. Las derrotas sucesivas culminaron en la firma del Tratado de Karlowitz (1699), que cedió gran parte de los Balcanes a Austria y Venecia.
Declive y desmembramiento
A partir del siglo XVIII, Rusia se convirtió en la principal amenaza, anexando Crimea (1783) y ganando influencia en el Mar Negro. Las reformas de Selim III (1789‑1807) intentaron modernizar el ejército, pero la oposición de los jenízaros llevó a su derrocamiento.
El nacionalismo griego y los levantamientos balcánicos obligaron a las potencias europeas a intervenir. El Tratado de Adrianópolis (1829) reconoció la independencia de Grecia y la autonomía de Serbia, y concedió a Rusia el libre tránsito por el Danubio y el Mar Negro.
Tras la Guerra de Crimea (1853‑1856), el Tratado de París garantizó la integridad territorial otomana, pero la intervención europea continuó. Revuelta drusa (1860), rebeliones en los Balcanes (1875‑1878) y la presión de los grandes poderes culminaron en el Tratado de Berlín (1878), que redujo drásticamente el territorio otomano.
La crisis financiera obligó al sultán Abdülhamid II (1876‑1909) a aceptar una constitución en 1876, aunque la suspendió en 1878. Los pogromos contra armenios (1894‑1896) y la pérdida de Creta y del Golfo Pérsico intensificaron la decadencia.
El "hombre enfermo de Europa" y la Primera Guerra Mundial
El movimiento de los Jóvenes Turcos (1908) restauró la Constitución y llevó a la destitución de Abdülhamid II. El nuevo gobierno, liderado por Enver Pasha, arrastró al imperio a la Primera Guerra Mundial del lado de las Potencias Centrales. Tras la derrota en los Dardanelos (1915) y el armisticio de Mudros (1918), el imperio quedó reducido a Anatolia.
En 1919, Mustafa Kemal (Atatürk) encabezó la resistencia nacional, rechazó el Tratado de Sèvres (1920) y, tras la victoria contra Grecia, firmó el Tratado de Lausana (1923). El 29 de octubre de 1923 se proclamó la República de Turquía y, en 1924, se abolió el califato, último vestigio del Imperio Otomano.
Bibliografía
History of the Ottoman Empire, Robert Mantran. Fayard, 2003.
The Ottoman Empire and Europe, Jean‑François Solnon. Tempus, 2017.
The Divan of Istanbul: A Brief History of the Ottoman Empire, Alessandro Barbero. Payot, 2014.