Historia antigua

Laro, el héroe reinventado

Laro, el héroe reinventado

En el siglo I d.C. surge un nuevo héroe en la literatura. Silio Italico escribió Púnica, poema épico sobre la Segunda Guerra Púnica (218‑201 a.C.) que narra los enfrentamientos entre cartagineses y romanos. En un momento clave de la obra aparece un guerrero extraordinario:

La escena se sitúa durante el asalto romano al campamento de Hanno en 207 a.C. Allí Laro aparece como mercenario al servicio de los cartagineses. Silio describe su encarnizado combate contra Lucio Cornelio Escipión, quien finalmente, con gran esfuerzo, logra abatirlo. Esa es la única referencia antigua a este personaje singular.

Laro, el héroe reinventado

El autor y los bárbaros

¿Existió realmente Laro? Lo más probable es que no. Púnica, aunque bien documentada históricamente, es obra puramente literaria, un épico al estilo de la Ilíada o la Eneida, donde poderosos guerreros deciden el destino del mundo. Para construir su universo, Silio utilizó nombres exóticos, históricos y mitológicos, mezclando elementos de distintas épocas para embellecer su relato. En la mayoría de los casos, Laro no es más que un recurso narrativo atractivo.

En realidad, no había cantabros en la Segunda Guerra Púnica; ni romanos ni cartagineses habían tenido contacto significativo con esos pueblos. Cuando Silio escribió su poema, dos siglos después, la Guerra Astur‑Cantabria (29‑19 a.C.) acababa de concluir, consolidando el dominio romano en la Hispania septentrional. Ese conflicto se presentó como la gran hazaña militar de Augusto, retratando a los cantábricos como los bárbaros por excelencia. Por eso el poeta introdujo personajes del norte y los describió como feroces y salvajes, una imagen fácilmente reconocible para su audiencia, aunque anacrónica. Laro es, pues, un mito concebido por la imaginación poética en un contexto político concreto.

Laro, el héroe cantábrico

Durante siglos Laro quedó prácticamente olvidado, mientras figuras como Viriato o los numantinos se convirtieron en auténticos héroes nacionales. Incluso en el siglo XIX, cuando los pueblos cantábricos empezaron a ser vistos como símbolos románticos de independencia, Laro pasó desapercibido, pues su única hazaña era haber luchado como mercenario al servicio de los cartagineses, una civilización tradicionalmente vilipendiada en la tradición española.

Laro, el héroe reinventado

De repente, el personaje resurgió. Los Cantábricos, obra de Joaquín González Echegaray (1966), se considera un trabajo pionero de la historiografía académica sobre la Antigüedad de la región. En él, Laro adquiere un papel destacado, llegando a especular sobre la apariencia física de su pueblo: "parece, entonces, que el cantábrico era alto y corpulento, lo que permite asimilarlo a un tipo racial más nórdico que al mediterráneo, bajo y nervioso" (p. 123). Aunque el autor reconoce su carácter literario, la tentación de imaginar a los cantábricos como gigantes del norte, usando a Laro como prototipo, resultó más fuerte.

Ese libro fue solo una muestra inicial. En las décadas siguientes, Laro emergió a nivel regional. Obras científicas y divulgativas mantuvieron la tendencia a idealizarlo, mientras cómics y novelas históricas lo convirtieron en un ícono popular, omitiendo su condición de mercenario y retratándolo como líder de la resistencia anti‑romana. Incluso su nombre empezó a circular entre los recién nacidos cantábricos. ¿Cómo puede un personaje literario olvidado transformarse en un héroe de tal magnitud?

Laro, el héroe reinventado

Un momento propicio

Las fechas son clave. La popularidad de Laro se disparó entre los años 60 y 80, época de la Transición democrática. No fue el único: Corocotta, otro supuesto héroe cantábrico, fue "inventado" por Adolf Schulten. Ese periodo resultó fundamental para la investigación del pasado remoto de la región, su recreación en literatura y cine, y su conmemoración en monumentos públicos. Los resultados científicos y creativos fueron valiosos, pero también lo fueron sus implicaciones políticas.

El redescubrimiento de Laro está estrechamente ligado a la construcción de la Comunidad Autónoma de Cantabria. En el proceso de crear el régimen autonómico de 1978, las regiones con escasa tradición nacionalista, como Cantabria, necesitaban recursos históricos que legitimaran su identidad frente al centralismo franquista y la competencia de otras comunidades. Rescatar cualquier figura del pasado, por tenue que fuera, se volvió esencial para el proyecto político.

Laro, el héroe reinventado

La resistencia cantábrica contra la conquista romana era un hecho digno de celebración, pero carecía de un héroe individual que sirviera de referente. En los poemas de Silio se encontró al líder singular que se necesitaba. En un entorno ideológico que alimenta este tipo de mitos, Laro se consolidó en la imaginación colectiva como símbolo ancestral de la cultura cantábrica. El héroe, convenientemente reinventado, encontró así su nueva misión.

Bibliografía

  • Aja Sánchez, J. R., et al. (eds.) (2008). Los cantábricos en la Antigüedad: historia versus mito. Santander: Universidad de Cantabria.
  • González Morales, M. R. (1992). «Racines: la justificación arqueológica de los orígenes regionales en la España de las comunidades autónomas», en T. Shay y J. Clottes (eds.), The limitations of archaeological knowledge. Liège: Marcel Otte‑Universidad de Lieja, pp. 15‑28.
  • Núñez Seixas, X. M. (2005). «Inventar la región, inventar la nación: sobre los neo‑regionalismos autónomos en España en el último tercio del siglo XX», en C. Forcadell Álvarez y A. Sabio Alcutén (eds.), The scales of the past. Huesca‑Barbastro: Instituto de Estudios Altos Aragoneses‑UNED, pp. 45‑80.