El siglo V d.C. marcó una época de cambios profundos en Europa occidental. El Imperio Romano desaparece del tablero, dejando sus provincias occidentales en manos de los pueblos bárbaros. En "Walking Through History" hemos tratado varias veces la situación en la Península Ibérica, pero rara vez nos hemos adentrado en los acontecimientos de las Islas Británicas. Hoy, con El Druida de Steven A. McKay como hilo conductor, exploraremos ese siglo oscuro –oscuro por la escasez de fuentes, pero apasionante para cualquier amante de la historia.
Las historias de Hispania y Britania comparten grandes similitudes cuando el poder romano se retira. La romanización había avanzado más de sur a norte en ambas provincias, aunque con mayor claridad en Britania, donde Roma nunca logró someter a los pueblos del norte y optó por erigir dos murallas: la Antonina al norte y la famosa Muralla de Adriano un poco más al sur. Detrás de esas barreras se encontraban poblados que conservaban sus tradiciones ancestrales, las cuales moldearían la sociedad posterior a la caída del Imperio.
A partir del año 410, Roma se vuelve un recuerdo para los habitantes de las Islas Británicas. Su estilo de vida no cambió drásticamente, pero su sistema económico y político sí. El Imperio ya no podía sostener su vasta extensión; los recaudadores dejaron de enviar impuestos a la capital y la circulación de monedas se detuvo. Con Galia devastada por los pueblos germánicos, Britania quedó aislada y quedó a merced de los poderes locales que emergían.
La invasión germánica de Britania abrió la puerta a nuevas comunidades independientes que comenzaron a luchar por su cuenta. Los impuestos fueron recaudados por estas nuevas autoridades, que con el tiempo se consolidarían en los reinos que, aunque en conflicto entre sí, se unirían contra los invasores: sajones, jutos y ánglos, todos pueblos germánicos que eligieron las Islas Británicas como su destino.
Contexto histórico de "El Druida"
Steven A. McKay es un prolífico autor de novelas históricas que reside en los alrededores de Glasgow, Escocia. Apasionado por la Edad Media, en El Druida se adentra por primera vez en el sombrío y turbulento siglo V.
La trama se sitúa en los orígenes del Reino de Strathclyde, un territorio medieval que se extendía entre las murallas de Adriano y Antonina. Ya en el siglo V aparece mencionado en fuentes irlandesas alrededor del actual río Clyde, que atraviesa Glasgow. Su origen se atribuye al pueblo pre‑romano de los Damnonii, descrito por el geógrafo griego Estrabón en el siglo II a.C. como asentado en esa zona.
En el año 430, la niña Catia, de ocho años y hija del rey Damnonii Carótico, es secuestrada por un grupo de sajones. Bellicus, el druida del pueblo, es encargado de perseguir a los invasores y rescatar a la princesa. Con este sencillo argumento, McKay nos lleva a un fascinante recorrido por la Britania del siglo V.
Los sajones, uno de los pueblos germánicos, habitaban al norte de la actual Alemania y al sur de la península de Jutlandia. Su llegada a Britania se extiende entre los siglos V y VI d.C., coincidencia que el autor refleja al describir al contingente que rapta a la niña como una avanzada de la gran invasión sajona.
Escenario y ambientación
El mayor acierto de la novela es su ambientación. Las ciudades romanas aparecen más pobladas al sur que al norte; decenas de pequeños pueblos conservan costumbres pre‑romanas. Los caminos romanos, ya deteriorados, son peligrosos y poco mantenidos en los últimos años del dominio romano, al igual que los fuertes que bordean la Muralla de Adriano, ahora abandonados.
McKay también destaca la "casa larga", residencia típica de los líderes de las comunidades del norte de Europa, precursor de los castillos medievales. Era el centro de reunión donde reyes y nobles acogían a sus seguidores, compartían comida, cerveza y hidromiel. Estas construcciones, conocidas entre los vikingos como "enclaves centrales", aparecen descritas con gran detalle.
Personajes principales
El druidismo ha sido mencionado por autores clásicos como Aristóteles, Julio César o Plinio el Viejo. Sin embargo, la falta de escritura propia de los celtas y la persecución tanto por parte de los romanos como de los primeros reinos cristianos hacen que la figura del druida se sitúe entre historia y leyenda.
Un druida era el sacerdote de la comunidad celta: dirigía ceremonias religiosas, realizaba sacrificios, impartía justicia, educaba a los jóvenes y aconsejaba a los líderes políticos. Dotado de gran sabiduría, transmitía tradiciones, contaba historias y cantaba himnos en la "casa larga".
En El Druida, el protagonista es Bellicus, druida al servicio del rey Carótico. Al principio puede resultar abrumador: alto, inteligente, hábil guerrero y, según la novela, muy exitoso con las mujeres. Sin embargo, McKay lo humaniza con destellos de vulnerabilidad y dudas, logrando un personaje creíble.
Entre los personajes secundarios destacan los sajones Horsa y Aldred, la eterna dicotomía entre el bien y el mal; Hard, un centurión romano que simboliza el declive del Imperio y ayuda a humanizar al druida; Nostril, esposa del rey Carótico cuya infidelidad atraviesa la trama; la valiente Catia, la niña secuestrada; y los leales perros Cai y Eolas, compañeros de Bellicus.
Algunos personajes “históricos” aparecen entre comillas, como el rey Carótico, mencionado en fuentes cristianas posteriores, y las figuras legendarias de Arturo y Merlín, que comparten parte del camino con Bellicus, iluminando la tenebrosa quinta centuria.
Epílogo
El viaje de Bellicus va de norte a sur. En el norte, los pictos amenazan a los aliados de Roma, que, sin estar sometidos, actúan como freno a los llamados "bárbaros". Conservan sus costumbres, lo que se refleja en los Damnonii, donde el druida sigue siendo una figura respetada y temida.
Al avanzar hacia el sur, el druida se adentra en territorios más hostiles: el cristianismo, ya arraigado en la Britania romanizada, se presenta como el principal enemigo de los druidas, reduciendo su influencia y exponiéndolo a mayores peligros.
Para cerrar, McKay nos lleva al icónico círculo de Stonehenge, una de las grandes maravillas de las Islas Británicas. Construido hace casi 5.000 años, sigue fascinando tanto a los habitantes del siglo V como a los del siglo XXI. Aunque la novela no profundiza en su origen, uno no puede evitar imaginar a un gran druida como maestro constructor de aquel enigmático monumento.