El papel de la flota ateniense en la rivalidad con Esparta
Durante gran parte del conflicto, la principal ventaja de Atenas frente a Esparta era su poderosa armada, que le permitía compensar la temible infantería espartana. Sin embargo, tras el juicio por blasfemia contra Alcibíades, su más destacado marino, que desertó para evitar la condena, el equilibrio se modificó. En 405 a.C., la flota comandada por el navarca Lisandro logró revertir la superioridad ateniense y obtuvo una victoria aplastante en la batalla anfibia de Aegospótamos, marcando el inicio del fin de la Guerra del Peloponeso.
Fases de la Guerra del Peloponeso
El conflicto, que comenzó en 431 a.C., duró más de un cuarto de siglo y se dividió tradicionalmente en cuatro etapas:
- Guerra arquidámica: los atenienses frustraron repetidos intentos de invasión espartanos.
- Paz de Nicias: cinco años de tregua acordada.
- Segunda fase: favorecida a Esparta tras las victorias en Mantinea y Siracusa.
- Guerra de Decelia (o de Jonia): último episodio, en el que se enmarca la batalla de Aegospótamos.
Caída de la thalassocracia ateniense
La crisis de la supremacía marítima ateniense se agudizó tras el desastre siciliano, que destruyó gran parte de su flota y sus recursos humanos. Los cuatro estrategos que comandaban la campaña en Sicilia terminaron muertos o traicionados (Alcibíades pasó a Esparta; Demóstenes y Nicias fueron ejecutados; Lamaco murió en combate). Además, la política ateniense sufrió un golpe: el gobierno pasó de una democracia a una oligarquía, reduciendo el Consejo de los Quinientos y favoreciendo a una minoría.

La ofensiva espartana en Decelia
Confiados en la victoria, los espartanos, bajo el consejo de Alcibíades, invadieron Attica en 413 a.C. y ocuparon la estratégica ciudad de Decelia, situada entre Beocia y Atenas. Desde allí construyeron un fuerte en una garganta y bloquearon el flujo de plata de las minas de Laurio, asfixiando la economía ateniense. Además, capturaron ganado y liberaron a unos veinte mil esclavos que los atenienses habían tomado.
Atenas, obligada a depender del suministro marítimo, siguió confiando en su flota, aunque reducida, como su única defensa contra Esparta. Por ello, el rey espartano Agis II buscó alianzas con los sátrapas persas Tisífanes y Farnabazo II, a pesar de que formalmente Persia y Esparta estaban en guerra (la Paz de Calias de 449 a.C. sólo había sido firmada entre Persia y Atenas).

Intervención persa y revueltas en Asia Menor
Dario II enfrentaba problemas internos, como el intento de golpe de Amorgo, sátrapa de Lidia, apoyado por Atenas. Persuadido, el rey persa apoyó a Agis II con dinero a cambio de que los griegos de Asia Menor, mayormente pro‑atenas, abandonaran sus ciudades. Así, ciudades como Quíos, Lesbos, Eubea, Mileto, entre otras, cambiaron de bando, quedando sólo Samos fiel a Atenas.
Alcibíades: traidor y estratega
Alcibíades jugó dos bandos. Desconfiado en Esparta, contactó con la oligarquía ateniense que buscaba su ascenso en 411 a.C. La ciudad estaba polarizada entre moderados y extremistas; estos últimos, pro‑espartanos, fueron perseguidos. Finalmente, en 410 a.C., se restauró la democracia bajo el liderazgo de Cleón, que rechazó cualquier negociación con el enemigo.
En 410 a.C., bajo presión del ejército, Alcibíades fue reinstalado como navarca. No llegó a tiempo para las batallas de Cinoso y Abido, pero sí a la de Cízico, donde capturó la mayor parte de la flota enemiga. Tras esa victoria, Atenas rechazó la paz solicitada por Esparta y recuperó el control del Helesponto.

El ascenso de Lisandro
Lisandro, de la dinastía heraclídea, llegó a ser navarca de la flota peloponesia y derrotó a Alcibíades. Más tarde fue sustituido por Calicrántidas, quien también mostró gran capacidad en 406 a.C., bloqueando a Conón en Mitilene.
Los atenienses, para financiar una nueva flota, impusieron impuestos a sus aliados y fundieron el tesoro de la Acrópolis. Calicrántidas, confiado, dejó una escuadra en Mitilene y salió con unas 120 trirremes para enfrentar a los atenienses. En la batalla de Arginusas, Conón logró romper el bloqueo, pero la derrota espartana fue tan severa que sólo una tormenta evitó la aniquilación total; Calicrántidas murió en la contienda.

La decisiva batalla de Aegospótamos
En 405 a.C., la flota espartana sitió Lampsaco en el Helesponto para cortar el tráfico ateniense. Los barcos de Conón, sin puerto cercano, se anclaron en la desembocadura del río Aegospótamos. Durante cinco días intentaron provocar un enfrentamiento, pero Lisandro los eludió. Alcibíades, que se encontraba en la zona, aconsejó a los atenienses que usaran el puerto de Sesto y ofreció la alianza de los tracios, pero sus recomendaciones fueron ignoradas.
Conón, decidido a salir al mar, envió una escuadra de treinta barcos bajo el mando de Filócle para atraer a los espartanos. Según Diodoro de Sicilia, Lisandro respondió rápidamente, capturó y destruyó esa avanzada antes de que el resto de la flota ateniense pudiera zarpar. Xenofonte narra una versión ligeramente distinta: Lisandro atacó después de otro día sin combate, cuando los atenienses estaban en la playa buscando provisiones.
Sea cual sea la versión, la derrota fue catastrófica: aproximadamente tres mil hombres y la mayor parte de la flota se perdieron. Conón logró escapar con solo nueve barcos y se refugió en Chipre. Sin una armada, Atenas quedó indefensa.

Consecuencias y el fin de la guerra
La flota peloponesia avanzó sin oposición, siendo recibida en Bizancio y Calcedonia; sólo Samos resistió y fue sitiada. La noticia del desastre naval llegó a Atenas, que se preparó para un asedio. Lisandro, en un movimiento estratégico, concedió a las guarniciones atenienses un pase seguro para regresar a la ciudad, con el objetivo de agotar los recursos al concentrar a la población dentro de sus murallas.
En 404 a.C., la hambruna forzó a los atenienses a rendirse. Se acordó la demolición de las murallas del Pireo y de las Long Walls, la entrega de la mayor parte de la flota (solo quedaban unas doce naves), la pérdida de posesiones ultramarinas y la reintegración de los exiliados. Atenas tuvo que unirse a la Liga del Peloponeso bajo dominio espartano.
Se instauró el régimen de los Treinta Tiranos, una oligarquía pro‑espartana liderada por Critias, que garantizó la supremacía lacedaémona en el mundo helénico. Xenofonte resume poéticamente el final de la guerra.