Historia antigua

Irene de Atenas: la primera emperatriz bizantina que gobernó con su propio nombre

Introducción

Irene de Atenas (c. 752‑803) fue una princesa de la ilustre familia sarantapecho, una dinastía influyente de la Grecia central. Huérfana de niño, su única ventaja fue una extraordinaria belleza que llamó la atención del emperador Constantino V, quien la envió a Constantinopla para casarse con su hijo, el futuro León III.

Orígenes y matrimonio

El matrimonio fue complicado porque Constantino V era iconoclasta, mientras que Irene defendía la veneración de imágenes. Aun así, la unión se consumó y dio a luz a León III en 771, quien reinó brevemente (771‑780) y mostró una política más tolerante hacia los iconófilos, aunque el imperio siguió oficialmente bajo la iconoclasia.

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El supuesto “show de novias”

Algunos historiadores han sugerido que Irene pudo haber sido elegida mediante un «show de novias», una costumbre de exhibición de jóvenes hermosas que se extendió desde Bizancio a China y, más tarde, a Rusia. No existen pruebas documentales, y algunos expertos consideran que el relato es una invención de cronistas del siglo IX.

Regencia y política

Tras la muerte de León III, Irene se convirtió en regente de su hijo Constantino VI, que apenas tenía nueve años. Para afianzar su poder, sustituyó a los altos funcionarios por leales a ella, rechazó la propuesta de co‑regencia de Anthousa (hermana de León) y buscó alianzas con el Papa y la princesa franca Rotruda, hija de Carlomagno.

Durante su regencia, Irene restauró el culto a los íconos mediante los concilios de Constantinopla (786) y Nicea (787) y acercó temporalmente al imperio al papado. Sin embargo, su hijo buscó emanciparse y, apoyado por una rebelión armenia, derrocó a su madre en 797.

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Golpe de Estado y último reinado

En 797 Irene tomó el poder mediante un golpe, obligó a Constantino VI a huir y, tras su captura, le cegó los ojos. Con el emperador incapacitado, Irene se proclamó basileus, el título masculino, convirtiéndose en la primera mujer del mundo que gobernó el Imperio Bizantino con ese nombre.

Su gobierno compitió con el de Carlomagno, quien fue coronado emperador por el Papa en ausencia de un emperador masculino en Constantinopla, lo que irritó a los bizantinos.

Caída, exilio y legado

En 802 una nueva conspiración de patricios y eunucos depuso a Irene, sustituyéndola por su logothetista financiero Nicéforo I. Fue enviada al exilio en Lesbos, donde se vio obligada a hilar lana para subsistir. Murió allí en 803.

Aunque su fin fue humilde, Irene es recordada principalmente por haber restaurado el culto a los íconos y haber sido la única mujer en la historia del imperio que ostentó el título de basileus, precediendo a la emperatriz bizantina posterior.