Una chispa que encendió la persecución
Todos han escuchado el fin de los Caballeros Templarios: el proceso judicial, la ejecución de Jacques de Molay en la hoguera y su famosa maldición. Sabemos que la persecución fue iniciada por el rey Felipe IV de Francia, "el Hermoso", con la colaboración del papa Clemente V. Sin embargo, la verdadera chispa que provocó la acción contra la Orden tiene nombre: Esquieu de Floyran.
El contexto político y económico
Tras la pérdida de los territorios en Tierra Santa, los templarios vieron mermados sus ingresos. Algunas órdenes intentaron organizar nuevas cruzadas, pero la Europa del siglo XIV estaba agotada: Francia e Inglaterra luchaban por Aquitania, la papalía perdía influencia en Sicilia frente a Aragón y los reinos se mostraban reacios a financiar una empresa tan costosa.
El conflicto entre Felipe IV y el papa Bonifacio VIII, que culminó con la captura del pontífice en Anagni, dejó al trono francés con la necesidad de reforzar su autoridad y sus arcas. Cuando Clemente V sucedió a Bonifacio, buscó la reconciliación con Felipe, aceptando instalarse en Poitiers a cambio de nombrar a nueve cardenales franceses y anular las bulas contra el rey.
Para Felipe, la alianza papal tenía dos objetivos claros: obtener el respaldo papal para frenar el creciente poder de la Orden del Temple y cancelar las enormes deudas que había contraído con ella desde el rescate del rey Luis IX en la Séptima Cruzada.
Los templarios, ricos por su expansión territorial y su innovadora política financiera –que incluía la recaudación de impuestos y la gestión de depósitos–, representaban una independencia incómoda para la monarquía.
El plan de los templarios y la frustración de Molay
El gran maestre Jacques de Molay, elegido en 1292, buscó aliados en la corte papal, Aragón, Inglaterra y Chipre. En 1305 viajó a Francia con la intención de convencer a Felipe de financiar una nueva cruzada, pero los reyes no estaban dispuestos a ceder el liderazgo militar.
Al mismo tiempo, se barajaba la fusión de todas las órdenes militares bajo un líder carismático, una idea que el papa pretendía discutir en Poitiers en 1306. Sin embargo, los templarios y los hospitalarios, enemigos acérrimos, se negaron rotundamente.
Esquieu de Floyran: el denunciante inesperado
Poco se sabe del pasado de Esquieu, nativo de Béziers. Mientras cumplía una condena por asesinato, compartió celda con un ex‑templario condenado a muerte, quien le reveló supuestos ritos secretas: blasfemia contra Cristo, sodomía, profanación de cruces y adoración de Baphomet.
Esquieu llevó esas acusaciones al rey Jacobo II de Aragón, quien las desestimó y lo expulsó. En 1305, sin embargo, encontró acogida en la corte francesa, donde el canciller Guillermo de Nogaret vio la oportunidad de atacar a los templarios y apoderarse de su inmensa fortuna.
La redada del 12 de octubre de 1307
Con la crisis financiera que asolaba a la Corona –devaluación de la moneda, impuestos excesivos y expropiación de comerciantes lombardos y judíos–, Felipe IV aceptó el plan de Nogaret. El 12 de octubre de 1307 se envió una orden sellada a todo el reino indicando que debía abrirse ese mismo día. Se arrestó a todos los templarios, se confiscaron sus bienes y se encarcelaron 140 caballeros, incluido Molay.
Los trucos de Nogaret consiguieron confesiones bajo tortura, lo que ganó el apoyo de los Estados Generales y la autorización papal mediante la bula Pastoralis praeminens. La Corona francesa perseguía a los individuos; la Corona papal atacaba a la orden como entidad.
En 1314, tras más confesiones, se dictó sentencia: el gran maestre y varios de sus seguidores fueron quemados en la hoguera. La orden fue oficialmente disuelta por la bula Vox in excelso, tras la presión de Felipe IV.
El destino de Esquieu
El 28 de enero 1308, Esquieu escribió al rey Jaime II de Aragón recordándole que, si volvía con pruebas, sería recompensado. En la carta, preservada en los archivos de la Corona de Aragón, declaraba: «Qu'il soit manifeste à votre royale Majesté que je suis l'homme qui a révélé les faits concernant les templiers au Seigneur Roi de France».
No se conoce si el monarca cumplió su promesa, pero Esquieu acabó como prior de Montfaucon, dependiente de la abadía de San Marcial (Limoges). Su nombre quedó registrado como el colaborador necesario que encendió la chispa de la persecución templaria.