En la tarde del jueves 13 de septiembre, los centinelas franceses que cruzaban el Col de l'Argentière hacia Lombardía divisaron una nube de polvo: los suizos marchaban para atacar. La batalla de Marignano estaba a punto de iniciarse, pese a los intentos de evitarla.
El inevitable acuerdo suizo
Una semana antes se había sellado un pacto: por 150.000 ecus en efectivo, los mercenarios suizos aceptarían regresar a su tierra. Francia vació sus arcas, entregando 400 kg de oro y plata en cubertería preciosa. Sin embargo, el cardenal de Sion, Mathias Schiner, advirtió a la guarnición suiza en Milán que aquel tratado era una trampa que amenazaba sus ambiciones italianas. La tradición militar suiza, forjada tras dos siglos de lucha contra la hegemonía de los Habsburgo, se basaba en el servicio militar obligatorio.
Italia en el siglo XVI
Al igual que los Países Bajos, Italia era la región más desarrollada y poblada de Europa en el siglo XVI, aunque estaba fragmentada en veinte pequeños estados. Sólo cinco tenían peso real: Nápoles, Milán, Florencia, Venecia y los Estados Pontificios. Sus rivalidades invitaban a las grandes potencias—el Sacro Imperio, España y Francia—a intervenir en busca de conquistas. Los suizos, habituales mercenarios, servían al duque de Milán en 1515 y empezaban a albergar aspiraciones imperialistas.
Francisco I, nuevo Aníbal
Francisco I, apenas veinte años, buscaba demostrar su valía. Tras ascender al trono (sobrino de Luis XII), retomó las reclamaciones francesas sobre Milán. Reclutó un ejército formado por nobles franceses, aventureros gascones y navarros, lansquenetes alemanes y la "banda negra" holandesa. Para financiar la campaña aumentó impuestos y obtuvo préstamos, incluso pagando la neutralidad del ambicioso Enrique VIII de Inglaterra. Cruzó los Alpes por la ruta más difícil, transportando cañones con poleas por senderos de cabra cerca de Montgenèvre, una hazaña comparada con los elefantes de Aníbal.
Una "batalla de gigantes"
Al iniciar la contienda, los franceses retrocedieron bajo la presión suiza. El rey, sin armadura, fue herido por una pica. Bayard, el "caballero sin miedo", destacó una vez más, lanzando al enemigo una afrenta: «¡Malditos traidores, volved a vuestras montañas a comer queso!». Tras caer su caballo, se levantó y volvió al combate. Al caer la noche, pese a la bravura y los cientos de cuerpos, el resultado seguía siendo incierto. Durante la madrugada, los franceses bajo el mando de Galiot de Genouillac dispararon sin cesar, diezmaron a los suizos, que sin embargo contraatacaron. Un grito veneciano—«Marco! Mark!—se escuchó entre el caos.
El desenlace
La derrota obligó a los suizos a firmar, el 29 de noviembre, un tratado de "Paz Perpetua" con Francia, precursor de la neutralidad suiza que perduraría. Francisco I, sin embargo, subestimó el poder de la artillería, lo que le costaría la derrota en Pavía diez años después. En Marignano optó por equipar a sus caballeros con armaduras medievales, rindiendo homenaje a Bayard y a la nobleza menor que se entregaba ciegamente a la causa real.
Las Guerras Italianas
1494 – Carlos VIII reclama el Reino de Nápoles y lo conquista rápidamente, pero se retira tres meses después.
1495 – Batalla de Fornovo: la carga heroica de la caballería francesa destaca a Pierre Terrail, señor de Bayard.
1498 – Luis XII conquista Milán y, junto a Fernando de Aragón, intenta apoderarse de Nápoles.
1512 – Batalla de Ravena: muere el joven y brillante Gastón de Foix; los franceses abandonan el norte de Italia.
1515 – Francisco I logra la victoria en Marignano (14 de septiembre). Aproximadamente 13 000 suizos y 2 000 franceses mueren; el ejército total no supera los 30 000 hombres.
1521 – Carlos V reabre hostilidades; sin el apoyo de Enrique VIII, los franceses pierden Milán y Bayard muere en 1524.
1525 – Batalla de Pavía: derrota de Francisco I, quien queda prisionero en Madrid y paga rescate, cediendo Flandes y Aragón a Carlos V.
1536 – La guerra se reduce a escaramuzas; Blaise de Monluc destaca en el asedio de Siena (1554).
1559 – Fin de las Guerras Italianas con la Paz de Cateau‑Cambrésis, que sella el fin de las ambiciones francesas en Italia.
Armas de fuego
Tras la adopción del polvo de pólvora chino, las armas de fuego aparecieron en la Guerra de los Cien Años (Crecy, 1346) y explotaron en el siglo XVI. El arcabuz, precursor del rifle, era pesado y de manejo lento; los cañones de bronce, aún más letales, dominaban los campos. Estas innovaciones cambiaron la prioridad táctica: la infantería pasó a ser más importante que la caballería, y la estrategia superó al valor individual. Dado su alto costo, el dinero se convirtió en el verdadero músculo de la guerra.