Una noche de pompa y simbolismo
Los asistentes al evento lucían rostros nobles y serios, como los retratos del álbum Mariani. Vestidos de gala, fueron precedidos por una fila de acomodadores con pantalones cortos y cadenas de plata. Sables, cascos y chisteras relucían al son de la Marche solennelle de Massenet.
El recorrido de Loubet por el París de la exposición
El presidente francés, M. Loubet, cruzó el viejo París, una escena inspirada en la obra del artista y poeta Albert Robida, quien, en 1883, imaginó un futuro con aviones transatlánticos, televisión, diputados negros, abogadas y islas artificiales. La ciudad, para la ocasión, se había extendido hasta el Quai Debilly.
Desde el Trocadero, convertido en una ciudad árabe de blanco inmaculado, Loubet abordó un barco que lo llevó por el Sena hasta el Pont Alexandre, adornado con los leones emasculados de Dalou.

Escenarios y desfiles internacionales
Los muelles, normalmente llanos, se llenaron de torres, pináculos, cúpulas verdes y domos orientales. El cañón de los Inválidos tronó mientras todas las naciones desfilaban. Los estados más pequeños dieron el espectáculo más grande; Montenegro, por ejemplo, se destacó entre los participantes.
Tras un discurso sobre la fraternidad humana, Loubet inspeccionó los invernaderos de la Ciudad de París en el Cours-la-Reine y los pabellones, una vez más vinculando simbólicamente a Rusia con Francia.
El encuentro ruso-francés
Las palabras del presidente resonaron bajo el porche de una enorme casa dorada, similar a un kiosco turco o a los palacios de las Mil y una Noches. Sobre ella ondeaba el águila bicéfala que sostenía un cetro y un globo coronado por una cruz griega: la bandera del zar.
El embajador ruso recibía al presidente de la República; el príncipe Ouroussov observaba a Loubet. Los botines barnizados y las insignias presidenciales contrastaban con la sobriedad del traje de gala bajo la luz del día. Ciento treinta millones de rusos miraban a treinta y siete millones de franceses; cinco siglos de autocracia saludaban a veinticinco años de república.
Ouroussov, con su gran espada y presencia imponente, parecía sostener en sus manos una diminuta Francia, tal como los donantes de iglesias ortodoxas sostienen un monasterio entre sus dedos engarzados de anillos.
Alrededor, mantos y dalmáticas formaban mosaicos vivientes. El papa entregó a Loubet pan y sal sobre un lino rojo bordado; detrás, sonreía Arthur Raffalovitch, agente judío del Ministerio de Finanzas ruso.
Reflexiones políticas y satíricas
El texto critica los extraños vínculos políticos: la brutalidad de Bismarck alejó a Francia y Rusia, que ahora se abrazan por conveniencia. Francia había contratado a un gran defensor; el "muzhik" ruso estaba dispuesto a protegerla, aunque no podía apartar la mirada del tesoro republicano.
Se resaltan contrastes económicos y culturales: los rusos poseen vastas tierras pero siempre desean más; los franceses, según la sátira, cuentan sus recursos en centavos y no en rublos, y consideran a los judíos como iguales mientras critican su propio aristocrático estilo de vida.
El ambiente oficial, lejos de ser bello o gracioso, se vio teñido por el champán del Elysée que provocó una mueca en el príncipe Ouroussov. Los delegados rusos, con extrema cortesía, ocultaron una risa ante la pequeña figura del presidente francés y la aristocracia que, según el autor, nunca ha conocido la dureza del trabajo ni la verdadera igualdad.