
Fuente: femme-dans-la-publicite
El avance tecnológico
Con el fin de la guerra y la solución de los problemas monetarios, la década de 1950 marcó la aparición del modelo ideal de la ama de casa feliz, asistida por una infinidad de máquinas de lavar y cocinar. La tecnología invadió la vida cotidiana, sustituyó tareas domésticas y ahorró tiempo. Después del conflicto, las bases técnicas estaban más avanzadas; la modernización se extendió tanto a la industria como a la economía, impulsando al sector público y privado. El sector primario cayó drásticamente, gracias a la mecanización del campo y a la modernización de las explotaciones agrícolas, mientras los servicios empezaban a ocupar el espacio rural.
Europa se abre al mundo
El progreso tecnológico permitió a Europa exportar e importar producción en masa; la moda se convirtió en consumo masivo. Las fronteras se abrieron y el comercio se internacionalizó, aumentando la productividad. Siguiendo el modelo estadounidense, en 1963 se inauguró el primer hipermercado en la región parisina. Francia empezó a compararse con Estados Unidos y se intensificaron los intercambios internacionales de productos franceses.
El nacimiento de la sociedad de consumo
Esta apertura comercial fue sinónimo de un creciente consumismo. Los precios bajaban, los salarios subían y, bajo el modelo americano, se redujeron los costes de fabricación. La abundancia se convirtió en el nuevo criterio de éxito social, impulsada por la prensa y la publicidad que mostraba a la ama de casa satisfecha. El desempleo quedó en un segundo plano; parecía haber trabajo para “todos”. Así, la gente compraba una y otra vez, mientras los productos se volvían cada vez más sofisticados. La sociedad de consumo se afianzó, la publicidad inundó los espacios y el gasto constante se volvió la norma. Ya en los años treinta gloriosos empezábamos a sobreconsumir y a generar residuos.
El fin de los años gloriosos
Durante esas tres décadas los precios siguieron cayendo y los salarios subiendo, lo que provocó una fiebre de compras. En los años setenta, la oferta ya no alcanzaba a la demanda; los precios tuvieron que subir para equilibrar la economía. Esa inflación marcó el final de la bonanza: el PIB cayó más del 5 % y el desempleo volvió a crecer mientras las empresas sustituyeron mano de obra por máquinas, priorizando la cantidad sobre la calidad. La emigración rural (1945‑1975) llevó a una crisis de vivienda en las grandes ciudades.
En 1973 se produjo el primer choque petrolero, sacudiendo la sociedad de consumo. En Suiza se introdujeron los “domingos sin coche” para reducir el consumo de petróleo. El temor a la escasez y la pobreza volvió a crecer. Aunque la pobreza nunca desapareció tras la guerra, se mantuvo silente. En los años ochenta reapareció bajo la forma de los sin techo (SDF), reflejando la dependencia de mano de obra barata e inmigrante que había mantenido bajos los precios.
Una “revolución invisible”
Los treinta años gloriosos fueron la edad de oro, donde todo parecía posible, hasta que el exceso de gasto superó la capacidad productiva. Tras la mejora de las condiciones de vida, la reducción de la jornada laboral y unas vacaciones más largas, el consumismo mostró su lado dañino: los salarios crecieron más rápido que la producción, provocando una fuerte subida de precios. Ese aumento marcó tanto la gloria como el final de la prosperidad de aquellas décadas.