Comisión pontificia y confesiones
El 22 de diciembre de 1313 se nombró una comisión pontificia compuesta por tres cardenales y juristas del rey de Francia. Su misión era decidir el destino de los cuatro dignatarios de la Orden del Temple. Ante la comisión, los acusados reiteraron sus confesiones.
Sentencia en la fachada de Notre‑Dame
El 11 o 18 de marzo de 1314 los cuatro templarios fueron conducidos al atrio de Notre‑Dame de París para que se les leyeran las sentencias. Allí Jacques de Molay, Gran Maestro de la Orden, Geoffroy de Charnay, tutor normando, Hugues de Pairaud, visitante de Francia, y Geoffroy de Goneville, tutor de Poitou‑Aquitania, fueron condenados a prisión perpetua.
Rechazo de la confesión y segunda condena
Molay y Charnay proclamaron su inocencia, alegando que habían mentido a los jueces de la Inquisición. Fueron declarados reincidentes y sometidos a una nueva pena. Según la crónica latina de Guillaume de Nangis:
«Cuando los cardenales creyeron haber puesto fin al asunto, de repente dos de ellos —el gran maestro y el maestro de Normandía— se defendieron obstinadamente del cardenal que había pronunciado el sermón y del arzobispo de Sens (Philippe de Marigny), revocando su confesión y todo lo que habían admitido».
Ejecutación en la isla de los Judíos
Al día siguiente, Felipe el Hermoso convocó a su consejo y, sin atender a los cardenales, condenó a los dos templarios a la hoguera. Fueron llevados a la «isla de los Judíos» para ser quemados vivos. Geoffroi (o Godefroi) de París, testigo ocular, relató en su crónica métrica (1312‑1316) las palabras del maestro:
«Veo aquí mi juicio: morir libremente me conviene; Dios sabe quién está equivocado, quién ha pecado. Pronto recaerá sobre los que nos condenaron injustamente: Dios vengará nuestra muerte…».
Molay, proclamando su inocencia y la de la Orden, invocó la justicia divina, señalando que el verdadero tribunal era el celestial. Los condenados pidieron girar sus rostros hacia la catedral de Notre‑Dame para rezar. Murieron con la mayor dignidad, como señaló Guillaume de Nangis:
«Los vimos tan resueltos a soportar el fuego, con una voluntad tal que despertaron la admiración de todos los que presenciaron su muerte».
Repercusiones legales
La decisión real fue tan apresurada que después se descubrió que la pequeña isla donde se erigió la pira no estaba bajo jurisdicción real, sino bajo la de los monjes de Saint‑Germain‑des‑Prés. El rey tuvo que confirmar por escrito que la ejecución no afectaba los derechos de los monjes sobre la isla.