Contexto de la Primera Cruzada
En 1096, la Primera Cruzada se dirigió contra los territorios controlados por los selyúcidas en Asia Menor. Uno de los primeros objetivos fue la ciudad de Nicea, capital del Sultanato de Rum, situada en la orilla oriental del lago de Bizancio.
Situación en la Europa occidental
El crecimiento demográfico, favorecido por un clima más cálido y avances agrícolas, provocó escasez de alimentos en la Europa occidental. Al mismo tiempo, el Imperio Romano Germánico y la Iglesia estaban inmersos en la polémica de la investidura, lo que aumentó la influencia de los monasterios y de los clérigos educados. Este ambiente generó un fervor religioso que motivó a miles de campesinos a unirse a la cruzada popular, un ejército improvisado que partió antes que los nobles.
El Sultanato de Rum y sus problemas internos
Tras la muerte del sultán Malik‑Shah, el Sultanato de Rum se vio envuelto en luchas sucesorias y en la aparición de gobiernos locales, como los de los danismaníes. El sultán Seljuki y los danismaníes mantenían una relación hostil, y ambos estaban más preocupados por sus conflictos internos que por la amenaza de los cruzados.
Estrategia durante el asedio de Nicea
Los cruzados, liderados por Godofredo de Bouillón, tomaron la ciudadela de Nicea mientras el resto del ejército seguía al mando de los nobles. El emperador bizantino Alejo I Comneno, que había enviado una flota para apoyar la campaña, se encargó de bloquear el suministro de agua y de establecer una base terrestre. Bohemundo I de Tarento organizó el aprovisionamiento por mar y por tierra.
Ante la presión bizantina, el sultán Kilij Arslan solicitó refuerzos, pero al ver el gran número de cruzados decidió retirar sus tropas y aconsejó a Nicea que se rindiera.
Ruptura entre cruzados y Bizancio
Mientras los cruzados esperaban la capitulación, Alejo I contactó secretamente con los defensores de Nicea para persuadirlos de rendirse al Imperio Bizantino. Los habitantes de la ciudad, temerosos de ser saqueados por ambos bandos, aceptaron la rendición a los bizantinos, no a los cruzados.
Los cruzados percibieron la maniobra como una traición; el emperador incluso envió infantería para impedir que se llevaran botín, mientras aseguraba que la victoria había sido suya. Este episodio alimentó el resentimiento entre los cruzados y los bizantinos, que se intensificaría en las cruzadas posteriores.
Conclusión
El asedio de Nicea muestra cómo los intereses políticos y militares de los cruzados y del Imperio Bizantino chocaron, pese a haber compartido un objetivo común contra los selyúcidas. La rendición a los bizantinos y la posterior tensión marcaron el inicio de una relación conflictiva que influiría en el desarrollo de las cruzadas siguientes.