
Jesús anunció la llegada del Reino de Dios y realizó milagros. En su época fue percibido como un profeta, dentro de la larga tradición de los inspirados por la historia de Israel que la Biblia conserva. ¿Era, sin embargo, un profeta rebelde o más bien un taumaturgo benévolo? Hoy resulta complejo reconstruir al Jesús histórico entre las múltiples interpretaciones teológicas e históricas. Los Evangelios no son biografías; sus testimonios deben contextualizarse para servir como datos históricos, lo que implica reconocer su carácter teológico y su falta de realismo detallado.
Condenado tras un juicio legal
El método histórico se basa en la correlación de documentos. Para entender a Jesús es necesario volver a sus representaciones contemporáneas y situarlas en la realidad local de su tiempo. La razón de su condena, según la costumbre romana, quedó plasmada en la inscripción de la cruz: "Rey de los Judíos", título que Roma había otorgado a Herodes, último soberano de un estado judío independiente. Ese título sitúa a Jesús entre los pretendedores al trono que surgieron tras la muerte de Herodes, como los liderazgos de Atroges, Simón el Cananita o Judas el Galileo. La crucifixión era la pena por alta traición al Estado; por tanto, Jesús fue juzgado por la autoridad romana, como atestiguan rastros en el Evangelio de Juan. Si hubiera sido ejecutado por el Sanedrín por blasfemia, habría sido una ejecución sumaria, no una sentencia tras proceso legal.
También lee: Poncio Pilato, el controvertido juez de Jesús
Para la opinión romana, Jesús sólo se recuerda por su muerte, presentada como un hecho político. Los detalles de su vida desaparecen bajo capas simbólicas y reinterpretaciones. El calificativo "Nazareno" es ambivalente: puede referirse al pueblo de Nazaret o funcionar como designación mesiánica usada por los judíos. Su nacimiento se sitúa en un rango de diez años antes de la muerte de Herodes en 4 a.C., coincidiendo con el censo de Quirino de 6 d.C. La narración de un nacimiento milagroso en Belén sirve a los evangelios para presentar a Jesús como un nuevo Moisés o como cumplimiento de la profecía de Miqueas.
Roma teme a las revueltas
La ejecución de Jesús fue, ante todo, un acto político. ¿Respondía a la necesidad inmediata de mantener el orden o reflejaba el carácter revolucionario de su predicación? La represión romana era intermitente y se intensificaba durante grandes concentraciones, como la Pascua, cuando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén despertó sospechas. La administración romana observaba la posible reivindicación davídica que Jesús representaba, una línea que todavía se menciona bajo Domiciano a finales del siglo I d.C.
Si bien la condena fue romana, la iniciativa de arrestarlo provino de las autoridades judías. No fue su supuesta mesianidad (reconstrucción cristiana) lo que motivó al Sanedrín, sino su autoridad para reinterpretar la Ley y sus actos contra el Templo, como la expulsión de los mercaderes. Ese episodio es el motivo principal de su muerte según el Evangelio de Juan, comparable al caso de Jesús hijo de Ananías, entregado a Roma en 61 d.C. por profetizar la caída del Templo.
Un florecimiento de profetas
Identificar a Jesús como revolucionario implica inscribir su predicación dentro de un movimiento popular más amplio, cuyos líderes se autodenominaban profetas y realizaban milagros que rememoraban el Éxodo y la conquista de la Tierra Prometida: retiros al desierto, cruces del Jordán, derribo de murallas al estilo de Jericó. Estas figuras reunían a miles y proclamaban un cambio político‑religioso. Algunos historiadores los vinculan a una lucha de clases provocada por la expansión de latifundios y la empobrecimiento campesino en Galilea.
Sin embargo, los movimientos revolucionarios no coincidieron cronológicamente con Jesús, quien predicó en un periodo de relativa prosperidad y paz social.
Arqueológicamente, las lujosas mansiones galileas con baños de purificación y ánforas de vino kosher demuestran que la romanización no implicó idolatría ni des‑judaización. Los grupos insurgentes cesaron alrededor del 6 d.C. y no resurgieron hasta la formación de los zelotes en 54 d.C.
¿Un "Sócrates galileo"?
Al asumir el título de profeta, Jesús corría el riesgo de ser visto como opositor político. No era asceta; tras su bautismo volvió al mundo y predicó en Galilea de manera cercana, integrándose en la vida cotidiana. Sus milagros son, en su mayoría, actos de beneficencia (curaciones, resurrección) más que señales de castigo divino. Anunció el Reino de Dios como una realidad presente, no solo futura, lo que le otorga un lugar singular dentro del judaísmo.
Flavio Josefo lo describió como un hombre excepcional, maestro de muchos discípulos, aunque paradójicamente fue crucificado. En la tradición judía del siglo I, el "sabio crucificado" encajaba en el modelo del profeta perseguido. El mundo pagano también reflexionó sobre ese paradoja, comparándolo con filósofos como Sócrates o Pitágoras.
El erudito sirio del III siglo, Mara bar Sarapión, equiparó la muerte de Jesús a la persecución de filósofos griegos, mientras Voltaire lo llamó el "Sócrates galileo". Así, la imagen de Jesús como filósofo popular ha perdurado en la historiografía anglosajona, que a veces atenúa su faceta profética.
Predicando el perdón a los enemigos
En los Evangelios, Jesús multiplica enseñanzas concretas y usa aforismos de sabiduría popular. Se presenta como autoridad carismática que interpreta la Ley de Moisés sin pasar por los canales tradicionales. Modifica normas como el divorcio, los juramentos y la manutención, invirtiendo valores sociales basados en honor y vergüenza.
El mandamiento del amor mutuo ya existía como regla de oro en judíos y griegos, pero Jesús la amplió al predicar el perdón a los enemigos, rechazando la retaliación y la espiral de violencia. Su famosa frase "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" permite una lectura que evita la confrontación directa con la autoridad romana, al tiempo que invita a una crítica política desde una posición de lealtad al Imperio.
En suma, Jesús aparece como un profeta controvertido y maestro de sabiduría, un "judío marginal" según John P. Meier, un "hijo de Dios" carismático, heraldo del fin de los tiempos y taumaturgo benévolo. No se definió a sí mismo como Mesías, aunque sus contemporáneos lo reconocieron como tal. La investigación histórica reciente insiste en que no puede reducirse a un modelo único.
Para profundizar
Un judío determinado, Jesús. Datos históricos (4 volúmenes), J. P. Meier, Cerf, 2004‑2009.
La Biblia y la historia. Judaísmo, helenismo, cristianismo, M.-F. Baslez, Folio historia, 2003.
Una historia del Mesías, M. Hadas‑Lebel, Albin Michel, 2014.
Cronología
4 a.C. – Muerte del rey Herodes y nacimiento de Jesús.
6 d.C. – Judea se convierte en provincia romana; censo de Quirino.
28 d.C. – Derrota del tetrarca Herodes Antipas; muerte de Juan el Bautista.
30 d.C. – Posible fecha de la crucifixión bajo Poncio Pilato (alternativa: 33 d.C.).
66‑70 d.C. – Guerra judía contra Roma; destrucción del Templo.
70‑90 d.C. – Redacción de los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas (70‑80) y de Juan (90‑95); obra Antigüedades judías de Josefo.
c. 200 d.C. – Primer canon cristiano oficial, excluyendo los evangelios apócrifos del II siglo.
Israel en el siglo I: la época de los mesías
Jesús no fue el único mesías del siglo I. Flavio Josefo menciona al menos nueve figuras mesiáticas entre 4 a.C. y 66 d.C., entre ellas Simón el de Jericó, Atroges, Judas el Galileo, un líder zelote fallecido en 44 d.C., Theudas, un "profeta egipcio", Eleazar ben Dineus, Menahem y Simón Bar Giora, entre otros.
¿Dar al César lo que es del César?
En Marcos 12,17 Jesús responde a la pregunta sobre el pago de tributos: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". La interpretación varía: algunos ven una aprobación implícita del impuesto; otros consideran que el mensaje subraya que lo que pertenece a Dios no debe entregarse a un gobernante pagano. En Lucas 23,2 se citan acusaciones de que Jesús incitaba a no pagar tributo y se proclamaba Mesías y rey.