Historia antigua

El tren, un medio de transporte de clase relativa

El tren, un medio de transporte de clase relativa
Vagón de tercera clase, de Honoré Daumier, 1862. Galería Nacional de Canadá, Ottawa – WIKIMEDIA COMMONS

El 15 de septiembre de 1830 una máquina cambió la vida cotidiana de millones de personas: la locomotora de vapor, que arrastró los primeros vagones durante los 48 km entre Manchester y Liverpool a una velocidad vertiginosa de 35 km/h. El novelista británico Charles Dickens describió este suceso como la transformación más profunda de la experiencia humana desde las grandes migraciones de pueblos.

El viaje en el Orient‑Express

El ferrocarril revolucionó la comunicación y abrió el interior a un modo masivo, rápido y rentable de viajar, tanto de pasajeros como de mercancías. En Estados Unidos conectó la costa este con la oeste a través de las Grandes Llanuras; en Alemania creó el eje Berlín‑Hamburgo, que después se extendió a Colonia y Múnich, impulsando la reunificación del país; en el Imperio austrohúngaro la línea Viena‑Budapest unió las capitales de la monarquía dual y se convirtió en tema de los poemas de Valéry Larbaud; y en Rusia la ruta San Pedroburgo‑Moscú sirvió de escenario para la novela más conmovedora de la literatura rusa, Anna Karénina de Tolstoi.

Para la aristocracia europea el tren se convirtió en una forma de entretenimiento cultural. Surgieron trenes transcontinentales de lujo, como el famoso Orient‑Express, inaugurado en 1883. La primera clase ofrecía placeres exclusivos: comida exquisita preparada en una cocina a bordo y servida en el comedor por camareros de impecable presencia; una bodega bien surtida que permitía servir vinos de alta calidad en copas de cristal que brillaban junto a la cubertería de plata; compartimentos espaciosos y privados, iluminados por la noche y con vistas panorámicas de piso a techo durante el día, calefacción adecuada en invierno y ventilación excelente en verano.

La invención de la estación

El tren materializó la situación social de la época: las clases acomodadas viajaban con velocidad, comodidad y elegancia. Ese mismo ritmo influyó en la arquitectura de las nuevas estaciones urbanas. Como muestra Monet en su serie La Gare Saint‑Lazare, la combinación de hierro, acero y cristal dotó a las estaciones de una apariencia moderna. Se crearon salas de espera de primera clase que replicaban el confort de los vagones; en la Gare de Lyon, París, una de esas salas se conserva bajo el nombre de “Train Bleu”, ahora famoso restaurante.

Los asientos de seda y los bancos de madera no solo reflejan la variedad de condiciones de los viajes en tren; también simbolizan la brecha social entre viajeros de primera y tercera clase.

En los vagones de tercera clase, sin embargo, la experiencia era muy distinta. Allí se sentaban las personas con escasos recursos, a veces para emigrar a países que ofrecían un futuro mejor y, en otras ocasiones, para desplazarse desde los suburbios —poblados por familias que habían llegado del campo— hasta los centros urbanos donde se concentraban los empleos. En 1864, el realista Honoré Daumier plasmó El vagón de tercera clase para denunciar las condiciones de estos viajeros, comparables a las de los pasajeros de cubierta inferior en los barcos o, hoy, a ciertos medios de transporte público; una nueva promiscuidad social que obligaba al contacto constante con desconocidos.

Un efecto colateral de los vagones de tercera clase era el consumo de alcohol fuerte para combatir el frío que se colaba por las rendijas de las ventanas, ya que la calefacción era prácticamente inexistente. En Inglaterra, el whisky, bebida de los obreros irlandeses que trabajaban en los rieles, hornos o vagones de carga, sustituyó al gin, que entonces era la bebida de la alta sociedad. En otros países, los destilados de orujo impregnaban los pasillos de los vagones con su característico olor en las primeras horas del día.

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