Arquímedes, el genio de la Antigüedad
Arquímedes de Siracusa (287 a.C.) es, sin duda, el matemático más destacado de la época clásica. Nacido en la ciudad siciliana cuando aún era una colonia griega, sus aportes abarcan la geometría, la mecánica y la hidráulica. A pesar de su fama, los detalles de su vida son escasos; su biografía escrita por su amigo Heracleides se perdió, y lo que sabemos proviene de fragmentos y de relatos de historiadores bizantinos como Juan Tzetzes.
Se cree que estudió en Alejandría junto a contemporáneos como Conón de Samos y Eratóstenes, pues Arquímedes menciona a Conón como amigo en Sobre la esfera y el cilindro y dedica otras obras a Eratóstenes.
Las defensas de Siracusa
Durante la Segunda Guerra Púnica, cuando las legiones romanas sitieron la ciudad, Arquímedes ideó ingeniosos dispositivos defensivos, según relatan Polibio, Plutarco y Tito Livio. La famosa leyenda de los espejos que incendiaban barcos enemigos probablemente se basa en el uso de fuego griego, pero la historia destaca su ingenio militar.
El general romano Marco Claudio Marcelo había ordenado que se respetara la vida de Arquímedes, pero la ciudad cayó en 212 a.C. y el matemático murió a manos de un soldado. Plutarco ofrece tres versiones: que fue asesinado mientras dibujaba un diagrama, que fue atacado por intentar proteger sus instrumentos o que fue muerto por codicia.
Según una leyenda posterior, sus últimas palabras fueron «Noli turbare circulos meos» (“No molestes mis círculos”), aunque no hay evidencia documental.
Arquímedes consideraba que su mayor descubrimiento era demostrar que el volumen y la superficie de la esfera equivalen a dos tercios del cilindro que la contiene.
El entierro y el olvido
Marco Marcelo organizó el entierro de Arquímedes en una tumba familiar, con la ayuda de los ciudadanos y las legiones. Con el paso del tiempo, tanto sus obras como los detalles de su vida fueron olvidados. Polibio, que escribió unos 70 años después, es la primera fuente que menciona la toma de Siracusa y la muerte del matemático.
El descubrimiento de Cicerón
En 75 a.C., Cicerón, entonces cuestor en Lilybea (Sicilia), escuchó en Roma que la tumba de Arquímedes llevaba una inscripción. Al preguntar a los siracusanos, le respondieron que no sabían nada al respecto. Decidido a comprobarlo, Cicerón se dirigió a la zona de la puerta de Agrigento, donde se encontraban numerosos sepulcros antiguos.
Allí descubrió una pequeña columna oculta entre la maleza; al despejar el terreno, emergieron una esfera y un cilindro, símbolos de la famosa demostración de Arquímedes. Inmediatamente ordenó que se limpiara el lugar, reprochando a los siracusanos haber olvidado a su ilustre ciudadano.
Como señala George F. Simmons en Calculus Gems: Brief Lives and Memorable Mathematics (1992), «Los romanos mostraban tan poco interés por la matemática que el gesto de Cicerón al restaurar la tumba de Arquímedes quizá sea la contribución romana más memorable a la historia de la matemática».
Tras el hallazgo, la tumba permaneció sin ser perturbada durante siglos, aunque su ubicación y la identidad exacta de su ocupante se perdieron nuevamente, probablemente entre los siglos IV y V d.C.
Reencuentros posteriores
A partir del siglo XVIII, numerosos pintores representaron la escena del descubrimiento cicerónico, basándose en una tumba de la necrópolis de Groticcelli en Siracusa. Hoy ese sepulcro, señalizado como «tumba de Arquímedes», es un lugar de peregrinación, aunque los arqueólogos lo datan como una construcción romana de dos siglos después de la muerte del matemático.
En los años 60 del siglo XX, durante la construcción del actual Hotel Panorama (Rua Necropoli Grotticcelle 33), se halló otra tumba que aún se exhibe en uno de sus patios. Algunos expertos la atribuyen a Arquímedes, mientras que otros piensan que pertenece a Agatocles, tirano de Siracusa (317‑289 a.C.). En este caso, la esfera y el cilindro originales ya no existen.