Elegancia monocromática sin excesos: el estilo de Władysław II Jagiełło
Ser rey era una tarea agotadora: dignidad, sabiduría, guerras, diplomacia… y, por supuesto, la necesidad de vestir impecablemente. Los registros reales conservados nos revelan que la dinastía jagellónica tenía gustos muy definidos en ropa y tejidos.
Jagiełło, el monarca lituano que subió al trono de Polonia en 1386, prefería la sobriedad. Los archivos indican que no llevaba piel de oso atada a una cuerda. Sus trajes, tanto para fiestas como para el día a día, estaban confeccionados en los mejores materiales – lino de alta calidad, seda, terciopelo y satén – y predominaba la paleta de gris y negro, con escasas apariciones del blanco.
En su vida cotidiana, el rey usaba túnicas largas y cortas teñidas de gris o negro. En invierno, esas prendas estaban forradas con pieles de comadreja o marta. Para la caza y la equitación llevaba un caftán corto y una capa del mismo tono, así como un conjunto totalmente negro.
Los accesorios eran esenciales: gorros de fieltro gris o negro, sombreros de paja con forro de tafetán en verano, guantes de seda bordados con perlas para el calor y guantes forrados de piel para el frío. En calzado alternaba botas de punta alargada, botas de cuero con hebillas y sandalias.
El impacto de la princesa italiana Bona Sforza
Hasta finales del siglo XV la moda en la corte polaca era bastante recatada. Todo cambió en 1518 cuando la princesa italiana Bona Sforza llegó a Polonia y provocó una verdadera revolución estilística.
Las mujeres polacas vestían blusas delicadas bajo sus vestidos, con cuellos modestos y bordados discretos. Bona, en cambio, mostraba con orgullo su escote y adoptó los escotes profundos típicos de la moda italiana del Renacimiento.
Entre los objetos que trajo de Italia destacan 115 camisas, 12 camisones y 120 pañuelos, todos bordados con seda de colores. También importó alrededor de veinte vestidos de brocado, terciopelo y satén azul, adornados con placas de oro, gemas y bordados intrincados. El traje con el que se casó, de satén azul con un bordado de abejas doradas, simbolizaba su laboriosidad y dejó una impresión imborrable en la corte.
Sigismundo Augusto: el rey‑fashionista
Desde una perspectiva moderna, Sigismundo Augusto podría describirse como un metrosexual, pero sus contemporáneos lo consideraban un rey que debía lucir majestuoso. Su guardarropa era un despliegue de riqueza: trajes húngaros, italianos, españoles y alemanes confeccionados en terciopelo, seda y los mejores paños, forrados con pieles de sable, lince y zorro negro.
Los inventarios de la cámara real registraban cada pieza con detalle: túnicas, calzones, capas, espadas, cinturones, birretes y demás accesorios. En sus primeros años el rey prefería colores vivos, pero tras la muerte de su esposa Bárbara adoptó casi exclusivamente tonos negros y grises, combinados con lujosas cadenas de oro.
Incluso sus sirvientes, guardias y el bufón Stańczyk fueron obligados a vestir de negro, siguiendo la moda del monarca. Los sastres de la corte producían ropa de origen italiano, húngaro, alemán y español, y la abundancia de pufs, guantes, sombreros y pañuelos hacía que la riqueza jagellónica pareciera infinita.
Fuentes
- Urszula Borkowska, La dinastía Jagellónica en Polonia, PWN, Varsovia, 2011.