historia historica

¿Nos estamos cansando de la democracia?

Las elecciones municipales se celebrarán el 19 de marzo. La consultora TNS‑Nipo calcula que menos de la mitad (un 42 %) de los electores elegibles tiene intención de acudir a las urnas. La disposición a votar en política local lleva años decayendo. ¿No estaremos ya hartos de tanto deliberar y co‑decidir?

Cuando el gabinete De Jong abolió el voto obligatorio en 1970, la participación en las municipales cayó de forma brusca. En 1966 más del 90 % de los votantes acudía a las urnas; en 1970 esa cifra se redujo a alrededor del 70 %. Con ese 70 %, los políticos habrían estado bastante satisfechos en la víspera del 19 de marzo. Sin embargo, TNS‑Nipo prevé una participación históricamente baja, de solo el 42 %, y sus pronósticos suelen coincidir con los resultados reales.

El interés por la política municipal es tradicionalmente menor que el que genera una elección al Parlamento. No es sorprendente: las votaciones nacionales tratan temas de gran calado —¿hacia dónde queremos llevar al país?, ¿cuántos solicitantes de asilo admitimos?, ¿cómo distribuimos la riqueza?, ¿qué velocidad máxima permitimos en las autopistas?—, mientras que en los municipios los asuntos son más cotidianos y la cobertura mediática es mucho menos espectacular.

Aun así, la baja participación en las municipales preocupa a la política nacional. Los líderes de los principales partidos ya han señalado su inquietud, y el descenso constante desde los años setenta ya no se puede calificar de «incidente». ¿Acaso nos estamos cansando de tanto deliberar y co‑decidir, incluso en asuntos que no nos apasionan?

Fatiga metálica

«La política tiene gran parte de la culpa de que la gente se aleje de ella», afirma Gijs van Oenen, profesor asociado de filosofía práctica en la Universidad de Erasmus. «En los años 70 y 80 el Estado empezó a delegar sus competencias a empresas privadas, pensando que podían hacerlo mejor (transporte, electricidad, etc.).»

«Cuanto más externaliza el gobierno, menos queda de la política como espacio colectivo. La «machinabilidad» se vuelve individual: los ciudadanos creen que pueden resolver todo por sí mismos.»

Van Oenen, dentro del proyecto NWO "Democracia Contestada", ha acuñado el concepto de «fatiga metálica interactiva». Según él, los años 60 y 70 marcaron el final de un largo proceso de emancipación que, partiendo de la Ilustración, buscó liberar a todos de la subordinación. Ahora vemos que esa liberación también tiene un lado oscuro.

En su libro *¡No ahora! La sociedad interpasiva*, el autor sostiene que la emancipación ha generado «demasiado de lo bueno». La abundancia de opciones produce estrés de elección, como los famosos dilemas de los treinta y tantos. En un documental reciente una joven confesó que su mayor miedo es «no poder aprovechar al máximo mi potencial», una preocupación que hace poco tiempo habría parecido impensable.

El caballo que se niega

La democracia es la consecuencia política de esa emancipación completa. Por eso, el exceso de libertad también afecta a la democracia. Van Oenen advierte que la participación constante se ha convertido en una obligación que agota a los ciudadanos.

Si no estamos dispuestos o no podemos participar en todo momento en la discusión y decisión de las normas que nos rigen, producimos una especie de rechazo, comparable a un caballo que se niega a saltar un obstáculo. Esa sobrecarga conduce a la "tragedia de la emancipación exitosa".

Los intentos de los políticos por "acortar la brecha entre ciudadanos y política" pueden ser contraproducentes. «Hay ya muy poca distancia entre ambos», señala Van Oenen. Acercar la política eleva las expectativas y, cuando no se cumplen, genera una mayor desilusión electoral. Además, elimina la ilusión de culpar al fracaso político en otros; si la política falla, sentimos que hemos fallado nosotros mismos.

Los populistas a menudo venden la idea de que la política posee un poder casi mágico, que basta con contar con líderes capaces para lograrlo. Sin embargo, esa visión individualista de la "fabricabilidad" de la sociedad termina por sobrecargar al individuo y a la democracia.


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