El poeta romano Virgilio (70‑19 a.C.) gozó de una gran admiración en la Edad Media, no tanto por sus versos, sino por la reputación de poseer la sabiduría y el poder de un mago. A partir de los siglos XV‑XVI, esa admiración decayó y empezó a ser vilipendiado por supuestas artes mágicas. La portada de una edición ilustra claramente el cambio de percepción sobre la magia.
Entre 1500 y 1525 aparecieron en holandés, francés e inglés varias ediciones de la colección de relatos breves Virgilius. En ellas el poeta romano es el protagonista de historias antiguas y nuevas. El tono general es marcadamente negativo, aunque se percibe un sutil hilo de aprecio que ha acompañado a Virgilio durante siglos.
Gracias a su obra Eneida, fue considerado el poeta más importante de la Antigüedad y, además, profeta: en su cuarta Ecloga anuncia el nacimiento de un salvador y la llegada de una Edad de Oro, interpretación que se asoció al nacimiento de Cristo. Con sus Geórgicas demostró conocimientos en agricultura, medicina, astrología, filosofía y astronomía, consolidándose como erudito.
Aunque vivió antes de la era cristiana, se le veía como una alma naturalmente cristiana. La imagen positiva perduró durante la mayor parte de la Edad Media; por ejemplo, Dante lo elige como guía en su Divina Comedia (primer tercio del siglo XIV) para atravesar el Infierno. A partir de ~1150, surge una segunda dimensión: Virgilio como mago capaz de hazañas extraordinarias.
Así, según Alejandro Neckam en su De naturis rerum, Virgilio liberó a Nápoles de una plaga de sanguijuelas arrojando una sanguijuela dorada a un pozo. También evitó que la carne se estropeara sellando el mercado con una hierba y organizó un espectáculo de imágenes móviles en Roma para advertir sobre levantamientos en regiones periféricas. Estos automatas, populares en la literatura de la época, subrayaban su ingenio y dominio técnico.
De estos relatos nace la imagen de Virgilio como gran inventor, capaz de producir efectos “mágicos” mediante su conocimiento inigualable y la aplicación práctica de la tecnología. El tono es claramente elogioso.
Escuela
En los países germanoparlantes –aunque no está del todo claro por qué allí– circularon otras versiones. Wolfram von Eschenbach, en su Parzival (c. 1210), presenta a Virgilio como pariente del malvado mago Klingsor, quien aprisionó a cuarenta mujeres en su castillo encantado. En la Sängerkrieg auf der Wartburg del siglo XIII, un demonio disfrazado de mosca atrapada convence a Virgilio de liberarlo; a cambio, Virgilio recibe un libro escrito por el hechicero Zabulón para conquistar a los clérigos.
Jans Enikel, en su Weltchronik (c. 1280), describe a Virgilio como un hijo del infierno con conocimientos mágicos diabólicos, omitiendo deliberadamente la idea tradicional de profeta del nacimiento de Cristo. En el siglo XVI, ambas corrientes confluyen: se recuerdan tanto los milagros benévolos como su supuesta influencia en el desarrollo comercial y científico de Nápoles.
La portada de una edición del siglo XVI declara explícitamente que sus milagros se realizaron "behulpe des duvels" (con la ayuda del diablo). Se relata, con detalle, cómo Virgilio, mediante un engaño, se apodera de libros donde el diablo describe sus artes negras, concluyendo que el poeta se volvió arrogante, se perdió en el saber y se consideró igual a Dios.
El hecho de presentar la colección como una biografía anecdótica refleja la imagen deteriorada de Virgilio. Este género, popular en la época (por ejemplo, Tijl Uilenspiegel), ordena historias de personajes solitarios, dotados de poderes ocultos y de un humor a menudo malévolo, percibidos como diabólicos. Virgilio pasó a formar parte de esos "pícaros".
Influencia árabe
El cambio de valoración del mago Virgilio está estrechamente ligado a la más estricta aplicación de la doctrina eclesiástica sobre la magia. En el siglo XII, su estatus de mago se reforzó gracias a la llegada de tratados científicos árabes y traducciones de textos griegos que abordaban astronomía, astrología, alquimia, matemáticas, medicina y mecánica, disciplinas imbuídas de un aura mágica.
Eruditos occidentales como Guillermo de Auvernia y Alberto Magno desarrollaron un interés científico‑racional por la magia, distinguiendo entre magia alta (aprendida) y magia baja (popular). Consideraban la primera como ciencia blanca, sin origen demoníaco, mientras relegaban la segunda a la superstición.
Los relatos del siglo XII sobre el virtuoso inventor‑hechicero Virgilio son, por tanto, producto de la influencia árabe en las ciencias. Sin embargo, la Iglesia Católica siempre rechazó la magia. En el siglo XIII surgieron advertencias que calificaban los supuestos poderes de Virgilio como satánicos, consolidando la visión de que cualquier forma de magia era superstición y, si producía efectos, era por intervención del diablo.
Según esta perspectiva, los magos podían pactar con el diablo, que se manifestaba en catástrofes como plagas y hambrunas, castigos divinos para la humanidad pecadora. A partir del siglo XIV, agravados por guerras, la Gran Peste de 1348 y el creciente apocaliptismo, la Iglesia tomó medidas más contundentes contra la magia, considerándola herejía organizada bajo el liderazgo del diablo.
La Inquisición se volvió sistemática en la persecución de la magia, ya no como actos aislados paganos, sino como parte de un plan coherente del demonio. En 1427, Bernardo de Siena denunció profecías e invocaciones como adoración herética al diablo, llamando a quemar en la hoguera a brujas y magos.
Virgilio, muerto hacía siglos, no pudo ser quemado, pero su supuesto pacto con el diablo le costó una reputación cada vez más siniestra. Las narraciones posteriores le otorgan un carácter cada vez más demoníaco.