El emperador Adriano (76‑138 d.C.) fue el primer monarca romano en lucir barba, abundante y rizada, como demuestran los numerosos bustos que aún se conservan.
Esta decisión estética obedecía al deseo de inspirarse en los griegos, a quienes Adriano admiraba y trataba de imitar en su estilo de vida. En la antigüedad, los griegos solían llevar barba, excepción que hizo Alejandro Magno al introducir la costumbre del afeitado.
Así, Adriano trasladó esa tradición a los palacios romanos, marcando tendencia entre sus sucesores. Lo que pocos sabían era que su barba ocultaba una amplia y antiestética cicatriz.