Una ciudad surgida del bosque
Al caer la tarde, la luz de los arcos eléctricos que iluminaban las amplias calles del campamento hacía creer a cualquiera que se acercaba, rodeado por el bosque de Mecklenburg, que allí se alzaba una gran ciudad. Así lo describió el periodista Albert Wacker cuando visitó, en febrero de 1915, el campo de prisioneros de guerra situado al oeste de Parchim para preparar un reportaje.
Orígenes y expansión
Instalado en octubre de 1914 sobre el antiguo campo de desfile de la caballería, el recinto albergó inicialmente a unas 400 personas en tiendas. Según informó el "Hamburger Fremdenblatt" en marzo de 1915, cuando Wacker estuvo allí, ya vivían 8.000 soldados aliados – franceses, belgas, rusos y civiles belgas. La cifra se disparó a medida que el ejército alemán avanzaba hacia el Marne, capturaba tropas enemigas y detenía a civiles. Con capacidad para 25.000 internos, el campamento de Parchim se convirtió en uno de los mayores de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. En su punto máximo, alrededor de 15.000 prisioneros habitaban unas 250 barracones de madera, mientras que la población de la propia Parchim era de apenas 9.000 habitantes.
Un “ciudad” moderna para su época
El campo contaba con luz eléctrica –algo que Parchim no tendría hasta 1922–, cocinas separadas por nacionalidad, talleres donde los prisioneros podían ejercer oficios y ganar algo de dinero, y espacios destinados a una iglesia y una sinagoga. Los internos organizaban actividades deportivas, representaciones teatrales y formaban una banda y un coro; grabaciones de este último se conservan hoy en los archivos sonoros de la Universidad Humboldt de Berlín.
Trabajo forzado y sufrimiento
A pesar de estas comodidades, los prisioneros estaban obligados a trabajos forzados en la tala, la agricultura y fábricas cercanas. Muchos fueron enviados a campos de trabajo en Schleswig‑Holstein y la actual Dinamarca para cortar turba y realizar labores pesadas, según descubrió el historiador local Gerhard Schmidt a través de postales de los internos.
El clima emocional era duro: la nostalgia, la depresión, las enfermedades y las heridas de combate cobraron su precio. Un total de 1.400 soldados fallecieron y fueron enterrados en el cementerio frente al campo, inaugurado en junio de 1916 tras una campaña de donaciones de los propios prisioneros. Allí reposan 735 soldados rusos zaristas; sus restos fueron exhumados y repatriados por los Aliados occidentales en la década de 1920.
Los “rojos” de la posguerra
En septiembre de 1920, tras la salida del último prisionero de guerra, el recinto recibió a unos 10.000 soldados del Ejército Rojo, algunos acompañados de sus familias, tras haber sido desarmados por los alemanes durante la guerra polaco‑soviética. Su presencia provocó protestas entre la burguesía parchimense, que temía una alianza entre los comunistas locales y los internos.
Las condiciones empeoraron: frío, hambre y brotes de tifus y fiebre maculosa provocaron unas 1.200 muertes. Un acuerdo con la Rusia soviética permitió la repatriación de los supervivientes hasta julio de 1921. Ese otoño, el Estado Libre de Mecklenburg‑Schwerin compró los barracones de madera para utilizarlos como material de construcción en nuevos asentamientos.
Del almacén al aeropuerto
Hoy, salvo por algunas piezas expuestas en el museo municipal y el monumento conmemorativo del cementerio, el recuerdo de este episodio queda relegado a la historia de Mecklenburg. En el antiguo terreno del campo se erigió el Aeropuerto Schwerin‑Parchim, una vasta zona poco utilizada que, en los últimos años, el inversor chino Jonathan Pang ha intentado convertir en un hub aéreo internacional.