Historia antigua

Desarrollo de la batalla

Desarrollo de la batalla

En medio del caos general, el cónsul se muestra sereno. A pesar del pánico que se extiende entre las filas, intenta poner orden siempre que el tiempo y el lugar lo permiten. Donde puede hacerse oír, exhorta a los soldados a no retroceder y a luchar, recordándoles que no basta con deseos o rezos: se necesita coraje y valor.

El estruendo y la confusión hacen imposible escuchar consejos y órdenes. Los combatientes están tan desorientados que apenas reconocen sus insignias, su rango o su posición. Muchos apenas piensan en tomar sus armas; para ellos, las armas son una carga, no una protección.

En esa oscuridad, el oído supera a la vista: se escuchan gemidos de heridos, el choque de espadas contra cuerpos y armaduras, y gritos que combinan amenaza y miedo. Los rostros y ojos de los romanos se vuelven hacia esos sonidos.

Algunos, al intentar huir, son arrastrados a grupos de combatientes y quedan atrapados allí; otros, al regresar al combate, son rechazados por una tropa de fugitivos. Finalmente, rodeados por la montaña y el lago a un flanco y por el enemigo al frente y a la retaguardia, los soldados comprenden que su única esperanza es su propia armadura y su propia valentía.

Así nace una nueva forma de lucha, distinta de las batallas organizadas por legiones o cohortes. El azar agrupa a los combatientes y el valor individual determina quién queda en la primera línea y quién se queda atrás. El fervor y la entrega son tan intensos que, mientras la tierra tiembla, los ríos se desbordan y los deslizamientos de tierra arrasan montañas, ninguno de los luchadores se percata del desastre que ocurre a su alrededor.


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