Historia antigua

Alemania en 1900: la potencia industrial y cultural

Alemania en 1900: la potencia industrial y cultural

Dos revelaciones aparecen en la Exposición Universal de París: dos pueblos invictos, llenos de energía, relámpago y una fortuna hasta ahora inadvertida: Alemania y Japón.

El Reichspalast, con su aspecto rústico y sus torres de madera verde y amarilla, oculta una explosión de método, ciencia y trabajo; es la mayor estrategia práctica y el mejor "empaque" empresarial de la época.

Una presencia omnipresente

En los pasillos de la exposición, los alemanes aparecen por doquier: grandes señores, profesores con gafas, observadores y vendedores ambulantes.

De la tradición a la industria

Mientras la generación francesa de Renan, Taine, Claude Bernard o Sainte‑Beuve mantenía el culto a Goethe y Winckelmann, en Alemania se vivía una historia distinta: puertos, cementeras, siderurgias… Bienvenido a la Germania de 1900.

Alemania en 1900: la potencia industrial y cultural
«¿Has visto a los alemanes? ¡Son prodigiosos! Allí ponen el aire en botellas y fabrican frío», comentan los visitantes.

El entusiasmo se dirige a los primeros experimentos con oxígeno líquido y a los gigantescos transatlánticos como el Deutschland de Hamburg‑America, que acaba de batir el récord de cruzar el Atlántico en cinco días y ocho horas.

Los millonarios estadounidenses alquilan camarotes a precios exorbitantes en estos leviatanes diseñados por ingenieros alemanes.

Según los folletos, Alemania aumenta repentinamente su flota: treinta‑y‑ocho acorazados y ciento doce torpederos.

Arte y diplomacia

Como gesto de cortesía, el emperador envía a París sus pinturas favoritas: La partida a Culière, El estandarte de Gersaint y Los actores, de Watteau.

Esta audacia política y comercial recuerda a los faroles de Nagasaki; ahora el foco está en Kobe y sus altos hornos. ¿Contra quién se dirige este empuje? Loti ya lo había anticipado: «Nadie».

Una visión del futuro

Estos pueblos se forjan una nueva vida, ignorando los temores de fin de siglo, la neurosis o la degeneración. Se aferran a su fe y tradición, y aspiran a la grandeza.

Se repite la profecía del monje Hehnin: el rey Guillermo II será el último Hohenzollern y el nuevo siglo se abrirá con una gran guerra.

Lejos de aferrarse al pasado, Alemania presenta un arte decorativo vital que golpea con fuerza al arte francés. Tras la exposición, París abandona el prerrafaelismo y mira hacia Múnich en busca de síntesis, masa, número y economía.

Influencia en París

Todo París corre a la sección óptica alemana, a los instrumentos de precisión, a los tejidos de Crefeld y Elberfeld, a la industria química, a los laboratorios, a los establos de Hanover y a la retrospectiva de uniformes alemanes desde el siglo XVII. Incluso la fábrica de porcelana de Berlín y la bandera de la marina aparecen como atractivos.

La exposición se extiende hasta el anexo de Vincennes; ninguna otra nación ha logrado traducir en productos tan abundantes el sudor del hombre.

Los señores mayores, sentados en sillas de ruedas entre válvulas, volantes y reguladores, comentan con la cabeza sacudida:

Alemania en 1900: la potencia industrial y cultural
«Nuestra exposición es un sedán comercial», dijeron, recordando que el Kaiser se ocupaba personalmente de todo.

«¡Qué grande es!», exclamaba el león europeo, apodo que Marcel Prévost le dio al Kaiser, quien supuestamente visitó París incognito y cenó en Paillard.

El eco oriental

Japón aparece como el eco oriental de la gran voz que canta en el Rin un himno al trabajo, a la patria y a la guerra que ennoblece. ¿Podrá un pueblo entero morir como Sada Yacco, que cada noche se desploma bajo los castaños del Cours‑la‑Reine?

Tras los pantallas doradas de los Goncourt y los admiradores de Mallarmé, surgen preguntas sobre las placas de armadura y las calderas que se exhiben.

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